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12 de junio de 1974
En el santuario de Nuestra Señora de Luján
Ana Sastre
Tiempo de Caminar
El 12 de junio suena el mejor repique de campanas en el carrillón de Luján. El Padre acude al Santuario de la Patrona de Argentina, Paraguay y Uruguay. El coche ha hecho con rapidez los sesenta kilómetros que le separan de Buenos Aires.
Monseñor Escrivá de Balaguer, don Álvaro y don Javier se arrodillan para rezar el Santo Rosario. Desde las naves, centenares de personas contestan a una sola voz. Se han reunido hoy los que desde la primera hora vinieron a esta siembra de trabajo y esperanza; también, los que han respondido a la llamada de Cristo a través del espíritu de la Obra en Argentina. Y muchos amigos que les acompañan en esta visita a la Señora de Luján.
Después de firmar en el libro de visitantes de honor, pasan al camarín de la Virgen por detrás del Altar Mayor. También está repleto de gente. Un sacerdote de la Basílica se aproxima al Padre. Se pone a su disposición para cualquier cosa que desee. No tiene más que pedir.
El Fundador le da un abrazo y, mirando hacia arriba, donde está la imagen de la Virgen, expresa su única petición: -«Dígale que la quiere mucho».
En Buenos Aires, todos esperan poder ver y oír al Padre en alguna de las grandes reuniones que se han concertado. No resultó fácil encontrar locales adecuados. Gentes de toda condición desbordaron los cálculos previstos: profesores, cirujanos, amas de casa, empleados, futbolistas, artistas, repartidores de periódicos, empleadas del hogar, estudiantes... Cada uno preguntará, desde su lugar de oficio, las cuestiones cruciales del cristianismo en la sociedad actual. Nadie escuchará una respuesta complicada o teórica. Todos reciben ese aliento de vida cotidiano, de simplicidad maestra, que el Padre sabe impartir.
«Quiero comenzar diciéndoos que sois muy oportunos. Habéis traído a Escrivá de Balaguer a hablar a la sede de los escribanos».
El Padre hace un juego de palabras con su apellido -Escrivá- y el nombre de la Sala donde habla hoy, el Colegio de Escribanos.
«Y yo aprovecho para recordaros que cada uno de vosotros -yo también- hemos de levantar un acta. Un acta sobre algo que los cristianos debíamos saber, y practicar, y tener en cuenta constantemente, y que olvidamos: que Dios Nuestro Señor no está lejos de nosotros; está junto a nosotros y en nosotros».