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6 de abril de 1970
De romería a Torreciudad
Pedro Casciaro
Soñad y os quedareis cortos
[El Padre también] dijo que esperaba de Torreciudad un derroche de gracias espirituales (...) que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesonarios para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y -renovadas las almas- confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo: la paz os doy, la paz os dejo. Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace participar del amor creador de Dios; y Dios no fracasará en esos hogares, cuando El les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de los intereses divinos.
Al marcharme de Torreciudad, pocos días después, comprendí que aquella novena que hicimos en la Villa, hacia siete años, había continuado abierta, y que la habíamos cerrado aquel día 28, con aquella entrañable y sencilla ceremonia.
Me confesé en el mismo confesonario que utilizó nuestro Padre y aquel día, y también durante el siguiente -fiesta de San Pedro y San Pablo- medité mucho en la gloria accidental de nuestro Fundador en el Cielo, al ver hecho realidad su deseo de que muchas almas honrasen a la Virgen en aquel lugar y se purificasen con el sacramento de la penitencia. ¡Qué alegría tendría, en el Cielo, viéndonos cumplir la manda a la Virgen a don Álvaro -su sucesor-, a don Javier, y a sus tres hijos mexicanos...!