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27 de abril de 1954
Curación de la diabetes
Pilar Urbano
El hombre de Vila Tévere
Otra intervención de extraordinario protagonismo de Dios había ocurrido unos años antes, en Roma, a la hora del almuerzo, el 27 de abril de 1954, cuando Escrivá, tras sufrir un shock anafiláctico por el efecto de una dosis de insulina retardada, esté clínicamente muerto durante quince minutos... Álvaro del Portillo le da la absolución in artículo mortis: el Padre ya ha perdido el conocimiento, y está caído de bruces sobre la mesa del comedor de la Villa Vecchia, agarrotado y rígido como un cadáver. Después de enrojecer y amoratarse, su rostro ha ido tomando un color terroso y cerúleo; todo el cuerpo se le ha contraído y, extrañamente, ha menguado de tamaño. Por la mente de Josemaría -según él mismo relatará después- pasa en un instante toda la secuencia de su vida: la dialéctica entre su barro humano y la gracia divina. Llega a tener conciencia de haber muerto. "Estuve muerto", dirá sin paliativos cuando, pasado el tiempo, se refiera a ese insólito suceso.
El hecho más sorprendente y científicamente inexplicable no fue tanto -con serlo- que sobreviviese a tal gravísimo shock y sin quedarle lesión cerebral ninguna, sino que saliera de ese episodio mortal completamente curado.
Que Josemaría Escrivá padecía diabetes mellitus desde 1944, es un hecho médicamente diagnosticado, registrado, atendido y certificado. Que la diabetes no tiene curación, es otro hecho. Que en este caso clínico, con nombre y apellidos, en un día concreto y a una hora determinada, la diabetes desapareció para siempre y de modo repentino, es también otro hecho, verificado por varios médicos especialistas; entre ellos, el propio doctor Carlo Faelli, que tenía a Escrivá como a su "enfermo más grave".
Es a partir de entonces cuando Escrivá comentará -agradecido por agraciado- que ya se había acostumbrado a la sed insaciable, a las llagas, al cansancio continuo, a los estallantes dolores de cabeza... y que se siente liberado "como si hubiera salido de la cárcel". Ha estado muerto, y vive. Se siente liberado, sí. Pero, sobremanera, se siente endeudado con el "divino jugador" que a veces, desconcertantemente, a Sí mismo se hace trampas... para que el otro gane esa partida.
Por eso, aún sin llenarse la boca hablando de episodios milagrosos, dos meses después, el 27 de junio, conversando con un grupo de hijas suyas en España, en Los Rosales, Escrivá les asegurará bien convencido:
- La historia de la Obra se tendría que escribir de rodillas, porque es la historia de las misericordias de Dios.
Ciertamente, el quid de la santidad es una cuestión de confianza: lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él. No es tanto el "yo hago", como el "hágase en mí".