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20 de abril de 1936
Llegada a Valencia
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
El lunes, 20 de abril, acompañado de Ricardo F. Vallespín, llegó a Valencia. Por la tarde se entrevistó don Josemaría con Mons. Lauzurica, y le dejó las Instrucciones y otros escritos sobre la Obra. El martes Monseñor invitó a comer a sus visitantes madrileños. Les trató con calurosa cordialidad y prometió hablar con el Arzobispo para concederles oratorio semipúblico en el futuro centro que instalasen en Valencia.
«Así es que, en agosto o a fines de julio, vendremos a instalar la Casa de San Rafael de Valencia», escribía Ricardo. Allí, en Valencia, habló el Padre con un joven estudiante, Rafael Calvo Serer, que pidió la admisión en la Obra después de un largo paseo charlando juntos por la calle.
A partir de esas fechas sucede algo totalmente inesperado, porque no hay página en los Apuntes de la que no se escapen ayes y tristezas: las comuniones del sacerdote son frías; no sabe rezar bien ni un avemaría; le parece que Jesús está de paseo y le deja solo; se encuentra descontento de sí, sin ganas de nada; sin poder coordinar ideas; algo cojo, con reuma, a pesar del calor; sin fuerzas para hacer una mortificación; con hambre de unos días de remanso, porque ve que el Señor le lleva lo mismo que a una pelota: tan pronto arriba, tan pronto abajo, y siempre a golpes. Ut iumentum!...
Todo este largo rosario de pruebas y padecimientos espirituales, le cogieron debilitado en sus fuerzas físicas, erosionaron terriblemente su resistencia. Así, sin recargar las tintas, se lo explicaba en carta de principios de mayo al Vicario General: Siento necesidad de ser muy sencillo con V., Padre. —Naturalmente, estoy gordo y flojo, muy cansado.
Dos días después charló confidencialmente con don Pedro Poveda, que también había pasado anteriormente por esa situación. Don Pedro le recomendó lo mismo que había aconsejado antaño don Francisco Morán: el descanso, y mejor aún en la cama. Y siguió el consejo, como escribe poco más tarde:
Fui a casa de mi madre, y estuve todo el día en cama, sin hablar ni ver a nadie, y mejoré algo de momento. Es agotamiento físico: en estos ocho meses últimos he hablado, entre pláticas, meditaciones y charlas de S. Rafael, trescientas cuarentaitantas veces, la vez que menos media hora. Encima, la dirección de la Obra, dirección de almas, visiteos, etc. Así se explica que haya momentos terribles en los que me fastidia todo, hasta lo que más amo. Y el demonio ha hecho coincidir este decaimiento fisiológico con mil pequeñas cosas.
Bien consideradas, no eran tan pequeñas las contradicciones que le cayeron encima aquella temporada: le acababan de anunciar la incautación por el Estado de la iglesia y convento de Santa Isabel, que las monjas tendrían que desalojar; empezaban a llegarle críticas, habladurías y murmuraciones; no hallaba dinero para la compra de la nueva casa; se le terminaban las licencias ministeriales; padecía un fuerte ataque de reuma...