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19 de abril de 1939
Lola Fisac
Ana Sastre
Tiempo de caminar
Hay una mujer que permanecerá leal a lo largo de este tiempo: se llama Lola Fisac. Allá, en su luminoso y plano campo de Daimiel, ha conocido la existencia de la Obra a través de su hermano. En septiembre de 1935 van a someterla a una intervención quirúrgica. Le anima saber que el Fundador de la Obra, que ha tenido noticia de la operación, rezará por ella.
Meses más tarde, cuando se declara la guerra civil en España, su hermano Miguel ha de ocultarse en su casa de Daimiel para escapar a una muerte segura. El Padre le escribe desde la Legación de Honduras en 1937. Y, para no comprometerle, dirige las cartas a su hermana. Lola va conociendo incidencias relacionadas con la Obra a través de estas líneas que llegan habitualmente de un refugio a otro. Y en mayo de 1937, don Josemaría le dice: «me gustaría mucho que llegaras a ser nieta mía». Con este laconismo, por imperativo de la censura de guerra, le pregunta si quiere unirse a una tarea que exige coraje y amor grandes, como para cruzar el mundo por Dios y buscarle en el trabajo de cada día.
Y Lola, que conoce poco más que el contenido de esta carta, sabe que va a intentarlo. Y que lo desea con todas sus fuerzas. Escribe a vuelta de correo:
-Abuelo, de lo que me dice le contesto que sí.
El 19 de abril de 1939, terminada la guerra, don Josemaría viaja hasta Daimiel y habla personalmente con ella. La entrevista tiene lugar en la mañana del 20. El Padre abre el horizonte de la Obra y la amplitud de sus apostolados. La luz de los campos recién germinados pone contrapunto en las palabras del Fundador: la mies empieza a crecer y Jesucristo llama a nuevos obreros. Allá lejos, los molinos manchegos juegan con el aire.
Dios escucha y acepta la afirmación de una entrega a su servicio.
Más adelante viaja a Madrid. Junto a doña Dolores y Carmen, aprenderá multitud de cosas en relación con el trabajo de administración de la Residencia de Diego de León.