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12 de abril de 1946
Ejercicios espirituales a Franco
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
El me han encargado es una discreta alusión a la autoridad de don Leopoldo, que preparó los ejercicios espirituales que don Josemaría dio en el palacio de El Pardo a Franco y a su esposa, del 7 al 12 de abril de 1946. Salen a relucir aquellos ejercicios, con ocasión de una anécdota desconectada ya de los sucesos y circunstancias del pasado. En 1946, España vivía una paz muy frágil, amenazada por presiones del exterior. Ante el riesgo de nuevos conflictos, la nación cerró filas, a la defensiva, colocándose al lado de los poderes constituidos, y buena parte de todos los ambientes significativos prodigaba alabanzas y elogios a la figura del Jefe del Estado.
Y sucedió uno de aquellos días que el sacerdote preguntó a Franco:
— ¿Es que no ha pensado nunca, Excelencia, en que puede morirse en cualquier momento?
Pasaron unos días y, charlando don Josemaría con don Leopoldo, salió a relucir la conversación con Franco y don Leopoldo le interrumpió:
— «Usted no hará jamás carrera».
Pero volviendo ahora al hilo del discurso, la reacción más corriente al reflexionar sobre las postrimerías es la de una sacudida inevitable y, tras ella, el desasosiego al comprobar la fugacidad de la vida y lo corto que se hace el placer. Meditación de la que se servían no pocos predicadores con objeto de provocar un sobresalto en el alma, para encaminarla luego dócilmente a la conversión, convencidos de que cuanto más se reavivara el terror a la muerte y al infierno, tanto más fácil sería conseguir la enmienda.
Quienes acusaban a don Josemaría de desviacionismo, en cuanto al recurso de las postrimerías, esto es, de eliminar truculencias y evitar impresiones efectistas, no andaban muy desacertados. Por las notas que tomaron y conservaron toda su vida algunos que asistieron a los cursos de retiro predicados por don Josemaría, se ve que el sacerdote tocaba el tema de los novísimos de manera diáfana y con mucha sobriedad; pero, sobre todo, con notable libertad de espíritu y siempre de modo muy positivo, respetando los moldes tradicionales.
Don Ángel Suquía, que llegaría a ser cardenal arzobispo de Madrid, asistió a los ejercicios dados por don Josemaría en 1939 en el Seminario Diocesano de Vitoria, y describe en cuatro rasgos su "impresión" de aquella tanda. El predicador —dice— es «un hombre sobrenatural en todo». Su característica es ser «hombre de fe». Señala después algunos de los temas desarrollados, entre los que destaca la obediencia a los Superiores, «punto céntrico de sus ejercicios», impregnados del «amor a Cristo que respiraban todas sus frases».
En el clima sobrenatural creado por su palabra y sentimientos, metía don Josemaría aires de novedad, como observaba otro de los ejercitantes, un joven profesor universitario:
«Para mí fue como un nuevo descubrimiento; aunque ya llevaba bastante tiempo dirigiéndome con el Padre, me produjo una gran impresión ver que junto a los temas clásicos y fundamentales de toda meditación cristiana, se incorporaban a la vida sobrenatural las virtudes humanas, la alegría, la amistad, la generosidad, y sobre todo el trabajo como una parte de la vocación cristiana».
Don Josemaría trataba el tema de los novísimos con seriedad; sin pavores ni temor, con mesurada prudencia, de modo que el recuerdo que dejaba en la imaginación de los asistentes era de un sereno equilibrio. Sus palabras, al discurrir sobre la muerte o el juicio de Dios, iban siempre empapadas de esperanza en la vida eterna.
Los "ejercicios de muerte", con su obligada secuela de crudas realidades, se basaban en buena parte sobre el hecho ineluctable de que la existencia del hombre se desprende, seca y muerta, del árbol de la vida. Jamás dejó don Josemaría de insistir en esta verdad. En Camino escribe:
¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad: un día, la hoja caída serás tú.
En los ejercicios, don Josemaría enfrentaba imaginativamente al participante con el juicio de Dios, despojándole antes de falaces recursos, para mostrar después el infierno que aguarda a los pecadores no arrepentidos. No escamoteaba estas verdades. No estaba en sus manos rebajar las tintas ni mitigar las consecuencias:
Hay mucha propensión en las almas mundanas a recordar la Misericordia del Señor. —Y así se animan a seguir adelante en sus desvaríos.
Es verdad que Dios Nuestro Señor es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo: y hay un juicio, y Él es el Juez.
Hay infierno. —Una afirmación que, para ti, tiene visos de perogrullada. —Te la voy a repetir: ¡hay infierno!
Lo que realmente separaba los "ejercicios de vida" de lo que algunos llamaban "ejercicios de muerte" no era tanto la presentación de la descarnada realidad de las postrimerías como el modo de fundamentarlas. Para don Josemaría eran estímulos que animaban a crecer en amistad con Dios. Su raíz no era el miedo sino el amor filial que nos lleva a nuestro Padre-Dios.
Cuando se le acusaba de dar "ejercicios de vida", apartándose de los métodos tradicionales, don Josemaría entraba en cuentas consigo mismo y exclamaba: — ¿Y de qué podría predicar yo sino de esa vida eterna a la que estamos llamados?
Trataba de presentar la muerte sin espantos, con objetividad, como paso obligado por Dios, que espera a los suyos a la otra ribera de la existencia. Rasgaba así el sudario tremebundo con que se suele embozar a la muerte, para mostrarla, en cambio, en su justo sentido y proporción:
No tengas miedo a la muerte. —Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. —No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. —¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!
El buen cristiano, llegada su última hora, ha de revestirse de esperanza, de paz y de alegría. Y cuenta un testigo que en 1942, dando el Padre un curso de retiro a gente joven de la Obra, les recordaba el reciente fallecimiento de Antonio Moreno, uno de los primeros miembros del Opus Dei en Valladolid. Todos presenciaron con estupor que, dirigiéndose al Señor en el sagrario, don Josemaría le decía con confianza: Aquí nos tienes, escoge a los que quieras llevarte.
Después de la muerte viene el juicio. El predicador inspiraba entonces en el ejercitante arrepentido aquel rayo de luz con que el Obispo de Ávila, don Santos Moro, consoló a don Josemaría en momentos de tribulación, en 1938, cuando le afligía pensar en la estrecha "cuenta" que le pediría Nuestro Señor:
«No, para ustedes —le escribía el Obispo— no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús».
Porque, ¿qué otra cosa viene a ser la muerte sino tránsito a la Vida donde nos espera el Juez con los brazos abiertos, si hemos perseverado en su amistad?