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6 de marzo de 1948
Los primeros años de Villa Tevere
Pilar Urbano
El hombre de Villa Tevere
Un día, paseando por alguna zona de la casa con uno de sus hijos, el marino Rafael Caamaño, le explica cómo muchas de las soluciones arquitectónicas o decorativas han sido tomadas de otros ambientes, en diversos lugares, callejeando por Roma, o viajando por Italia. "No se trata -le dice- de ser originales, sino de conseguir las cosas bien hechas". Y después, como riéndose porque algunos puedan creer que esa casa tiene ínfulas de gran mansión, agrega con expresión divertida:
- Hemos copiado tantas cosas bonitas de un sitio y de otro, que aquí todo tiene antepasados y genealogía... Además, cuando algo se copia, se puede mejorar, más barato y con menos defectos.
Escrivá sigue las obras de cerca, en fase de planos y ya en construcción. Sube a los andamios con los arquitectos o con los albañiles. A veces, en días no laborables, va con sus hijas para que ellas disfruten "viendo con la imaginación" dónde estará esto y lo otro... No es "su" casa. Es la casa de todos, la casa de una gran familia que irá creciendo al paso divino, al audaz y a veces sobrecogedor paso ¡zancada! de Dios.
En una de esas visitas, les muestra un crucifijo que han colocado en el chiostrino. Su deseo era que, mirando la imagen, moviese a la contrición. Se detiene y lee unas palabras de Pedro a Jesús, que el Padre ha querido que se reprodujeran sobre una cartela: Domine, Tu omnia nosti, Tu scis quia amo te. -¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!
Y, después, en voz baja, casi como una interjección irreprimible, se les escapan tres sílabas:
- ¡Y mucho!
Viven la incomodidad, la estrechez, la austeridad. Durante largas temporadas, el mucho frío en invierno y el calor sofocante en verano. Y el hambre. Sin eufemismos ni engañabobos que disfracen la verdad, el propio Padre lo comentará con sus hijos:
- Aquí no os podéis hacer comodones. Vivís humanamente mal... ¡gracias a Dios!, aunque hace años vivíamos mucho peor. Os he contado tantas veces que muchos hermanos vuestros han pasado hambre conmigo: no un día, ni dos, sino temporadas largas. No teníamos ni un céntimo.
Pero, pasado el tiempo, ni uno sólo recordará esas penurias. Cuando, ya curtidos por los años, evoquen aquellas estancias romanas, sólo sabrán hablar del inmenso cariño del Padre, tierno y recio, hacia cada uno, "llamándonos y conociéndonos por nuestros propios nombres, por nuestros nomignolos familiares: Pepele, Pilé, Chiqui, Babo, Quecco... porque eso éramos, y eso somos: una bella y grande familia".