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4 marzo 2027

Consagración del oratorio de la Santísima Trinidad

4 de marzo de 1957
Consagración del oratorio de la Santísima Trinidad

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

Por aquellas fechas se habían terminado varios oratorios. El día anterior se consagró el altar de Santa María en la Sacristía; y a la mañana siguiente el de la Capilla de Reliquias. Por la tarde del 4 de marzo, Mons. Antonio Samoré consagró el altar de la Santísima Trinidad, del oratorio del Padre, a cuya ceremonia asistió un reducido grupo de alumnos del Colegio Romano, representando a los de cada Región. Por ese motivo la consagración del altar de Pentecostés se retrasó hasta la noche de ese mismo día, que fue el día en que se conoció el diagnóstico de la enfermedad de cáncer de tía Carmen.

El 4 de marzo de 1957 supieron el diagnóstico de la enfermedad de Tía Carmen. Ese 4 de marzo fue una fecha inolvidable en Villa Tevere. Mons. Samoré fue invitado a consagrar el altar del oratorio de la Santísima Trinidad, donde el Padre celebraría habitualmente la Misa. Ese mismo día se terminó la instalación del oratorio del Consejo General, cuyo altar fue consagrado por el Padre. Antes de esta consagración dirigió unas palabras a sus hijos, allí reunidos:

Nuestra Madre, el Opus Dei, está en un completo desarrollo, extendiéndose por todo el mundo, con una maravillosa pobreza. Y a Jesús le hemos preparado este tabernáculo, que es el más rico que hemos podido hacer. Y en él, hemos querido que constaran aquellas palabras suyas: consummati in unum, de tal manera que los corazones de todos nosotros, como antes y ahora y luego, hasta siempre, sean un mismo corazón. Para que se hagan verdad las palabras de la Escritura: multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una.

Con las palabras añadidas sobre el dintel de la puerta del Sagrario, el Fundador quiso, expresamente, llamar la atención sobre la importancia de la unidad. En las homilías, en las tertulias, o por carta, hacía considerar a sus hijos en qué consistía esa unidad. A los pocos meses de consagrar el altar les escribía:

En el sagrario del oratorio del Consejo General, he hecho poner estas palabras: consummati in unum, ¡todos —con Jesucristo— somos una sola cosa! Que, metidos en la fragua de Dios, conservemos siempre esta maravillosa unidad de cerebro, de voluntad, de corazón. Y que Nuestra Madre, por la que llegan a los hombres todas las gracias —canal espléndido y fecundo—, nos dé con la unidad, la claridad, la caridad y la fortaleza.

El Fundador veía a sus hijos integrados en unidad; unidos, a pesar de la distancia física; nunca solos ni disgregados; fuertes, con la fortaleza de la caridad de Dios:

Ninguno de vosotros está solo, ninguno es un verso suelto: somos versos del mismo poema, épico, divino. Y a todos nos importa que se conserve siempre íntegra esta unidad maravillosa, esta armonía, que nos hace fuertes y eficaces en el servicio de Dios, ut castrorum acies ordinata, como un ejército en orden de batalla.

Hablo ahora al oído a cada uno de vosotros: acuérdate, hija o hijo mío, de que tu debilidad, y la debilidad de los otros, y mi misma debilidad, estando nosotros consummati in unum, se unen en la caridad de Dios, y se hacen fortaleza grandísima: porque el hermano ayudado por su hermano es como una ciudad amurallada, frater qui adiuvatur a fratre quasi civitas firma!