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30 de marzo de 1957
Tiene un sentido nupcial de la muerte
Pilar Urbano
El hombre de Villa Tevere
Alguien ha corrido una de las cortinas de lona azul, para celar la restallante luz, sol de membrillo, que entra por las ventanas. Andan mediados el día y el mes de marzo de 1957. En la Gallería del fumo, un grupo de hombres jóvenes -diez, doce- charlan tomando café. El Padre está con ellos. Acaban de comer. Dentro de un rato, cada uno volverá a su trabajo. Es la tertulia.
La conversación informal, inconexa, no desemboca hoy en ningún tema de singular relieve. Se habla, pues, de todo y de nada. Quizás ése mismo que se levantó a correr las cortinas toma la iniciativa de poner un disco, un disco de Mila Pizzi, la ganadora del Festival de San Remo, en allegretto vivace suenan los primeros compases de la canción. Es un aire popular, gracioso, cascabelero, pegadizo, incluso con ciertas caracolas melódicas. Todos, más o menos, conocen esa música. Y a Escrivá le gusta mucho. Enganchó su atención desde la primera vez que la oyó:
Aprite le finestre al nuovo sole:
è primavera, è primavera
lasciate entrare un poco d'aria pura...
"Abrid las ventanas al sol nuevo: Es primavera, dejad entrar un poco de aire puro, con la fragancia de los jardines y de los prados en flor: ¡Es primavera, fiesta del amor!"
Ya entonces sorprendió a los que estaban con él diciéndoles: "me gustaría oir esa canción, cuando esté muriéndome".
Escrivá rara vez usa el verbo morir. Cuando lo hace, emplea la forma castellana, mucho más recia, con su entrañable carga reflexiva: "Morirse". Al hablar de su propia muerte, no parece que la imagine como algo rápido, repentino, que vaya a sobrevenirle de sopetón; sino como un proceso lento, fatigoso, un trance duro. Se diría que presiente el dolor de arrancarse. Tal vez por ello no dice "cuando yo muera", ni siquiera "cuando yo me muera", sino "cuando esté muriéndome". Imagina la muerte como una descoyuntura. Como una acción fuerte y dolorosa: el "agon", la agonía. Una lucha que le exigirá vencer resistencia, un combate definitivo, para el que siempre anda entrenándose, "porque se trata -dice- de ganar la última batalla".
Ahora, sentado en un sillón, casi de espaldas al ventanal corrido de la Gallería, escucha esa canción y, a tramos, la canturrea en italiano:
Ya se ha abierto la primera rosa roja.
¡Es primavera, es primavera!,
también la primera golondrina ha regresado,
y revuela por el cielo límpido:
viene a anunciar el tiempo bello:
muchachos y muchachas enamorados,
abrid las ventanas al sol nuevo,
a la esperanza, a la ilusión,
¡es primavera, fiesta del amor!
Ha ido recorriendo los rostros de quienes están allí, en la galleria del fumo: Álvaro del Portillo, Javier Echevarría, Joaquín Alonso, Julián Herranz, Giuseppe Molteni, Juan Cox, Hon Eus, Dick Rieman, Bernardo Fernández Ardavín, Severino Monzó... Aquí se detiene.
Severino es un joven alto y fornido. Sacerdote, Doctor en Económicas y en Derecho Canónico, que además de todo eso, canta muy bien. El Padre le dirige una sonrisa pícara y, como quien fija un appuntamento, una cita para un día muy lejano, le dice:
- Tú me la cantarás...sin lágrimas.
Sin lágrimas. En más de una ocasión ha dicho a sus hijos que, después de su muerte, no quiere "ni una corbata negra". Y si le gusta esa tonadilla primaveral es porque sugiere la alegría de los jóvenes que marchan hacia la cita con el amor. La canción habla expresamente de una cita la luna già a fissato appuntamento. Por ahí va su sentido de la muerte: será el apasionado encuentro de dos enamorados.
- Hace poco mientras despedía a un matrimonio joven se me escapó decirles: pedid por mí, para que sea buen hijo de Dios y alegre hasta morir, aunque morir ...-para nosotros- es ir de bodas. Sin desear la muerte, cuando se nos diga ecce sponsus venit, exit obviam ei!, ¡sal que viene el esposo, que viene Él a buscarte!, pediremos la intercesión de la Virgen en aquellos momentos tremendos de separación del cuerpo y el alma -dolorosísimos, porque el alma está hecha para estar unida al cuerpo- y ¡saldremos gozosos al encuentro del que ha sido el amor de nuestra vida!
Está claro que Escrivá tiene un sentido nupcial de la muerte. Por eso le vienen a la mente esas palabras, "¡que viene El Esposo a buscarte!" ¡"Salidle al encuentro!", del Evangelio, donde se relatan precisamente unas bodas. Y la misma cancioncilla popular de Nina Picci lo pone en evidencia. Josemaría tan aficionado a cantar "canciones de amor humano a lo divino" ha debido de hacer su oración más de una vez paladeando esas estrofas, parecen banales, pero guardan una asombrosa semejanza con ciertos tramos del más bello libro de amor que se haya escrito jamás: el Cantar de los Cantares.
En efecto, la tonadilla italiana describe la llegada del buen tiempo a los prados en flor, las noches de plata, el nuevo sol radiante, el aroma de los jardines, el volteo de las palomas primaverales que anuncian el tiempo bello... Y, de modo insistente, invita ¡aprite le finestre!, a abrir ventanas para que entre el amor.
Y en el Cantar de los Cantares se ve: "¡la voz de mi Amado! Viene saltando por los montes, brincando por los collados. Se parece al corzo y al cervato. Vedle, detrás de la pared, mirando por las ventanas... Me dice mi amado: ¡levántate deprisa, amiga mía, hermosa mía, y vente al campo! Porque ya pasó el invierno, se fue la lluvia y en los prados despuntan y se abren las flores, las rosas. Ha llegado la primavera, el tiempo bello, la hora de la poda, la voz de la tórtola... Levántate, amiga mía, ven, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos...
Es ciertamente una llamada, una cita, un appuntamento para un encuentro enamorado.