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17 marzo 2027

Traslado de Zaragoza a Madrid

17 de marzo de 1927
Traslado de Zaragoza a Madrid

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

La fuerte centralización administrativa, el crecimiento de la población y otras circunstancias históricas hicieron de la capital de España punto de cita de todo el país. A Madrid acudían aventureros y parásitos, y gente honrada. Unos buscaban pan y trabajo. Otros, poder, fama o riqueza. También emigraban a la capital sacerdotes de otras diócesis. Tal volumen alcanzó la afluencia de clérigos a la Corte, que la Santa Sede se vio obligada a intervenir. A través de la Nunciatura Apostólica se envió una circular a todos los prelados españoles en los siguientes términos:

«Los graves perjuicios que está sufriendo la capital de esta Monarquía, con motivo de reunirse en ella los Sacerdotes de conducta menos regular y ordenada de las diferentes Diócesis de España, han puesto a la Santa Sede en la precisión de prohibir, como efectivamente prohíbe, a todos los Ordinarios de este Reino que en lo sucesivo den dimisorias a los Sacerdotes de su jurisdicción para esta Villa y Corte de Madrid y su Diócesis, a menos que haya razones especiales para ello, y se haga previa inteligencia con el Ordinario de dicha Diócesis».

Esta medida prohibitiva, con objeto de contener el establecimiento de los sacerdotes extra-diocesanos en Madrid, es de 1887. En años posteriores hubo de ser nuevamente recordada a los prelados españoles, porque como decía otra circular de 1898: «no han desaparecido los graves inconvenientes que aconsejaron las referidas disposiciones». En 1909 el Sínodo Diocesano de Madrid elevó esas disposiciones a rango de ley. Los sucesivos prelados tuvieron que recordar, una y otra vez, que el sacerdote que necesitara trasladarse a la diócesis de la Corte para residir en ella debería presentar el permiso de su Ordinario y obtener, además, el beneplácito del Obispo de Madrid.

En medio de estas problemáticas gestiones recibió don Josemaría carta del p. Cancer —Segovia, 9-III-1927—, en que jubilosamente le decía:

«Mi querido amigo: Podemos ya cantar un Te Deum? Creo que sí. Para que entiendas la carta, te diré que supe casualmente que en la Iglesia de S. Miguel de Madrid, cerca de la calle Mayor, de la Jurisdicción del Excmo. Sr. Nuncio y regentada por P.P. Redentoristas, que tienen allí casa había una misa fija diaria de 5,50 y que para obtenerla sólo era precisa la licencia del Sr. Nuncio. Vi el cielo abierto, al saber esto; pues la gran dificultad para ir a Madrid, aun supuestos buenos informes, era la licencia de este Prelado, según me parece, te dije. Pues mira cómo el Señor allana el camino».

Verdaderamente llovida del cielo se presentaba la solución a su problema, porque la Pontificia Basílica de San Miguel no dependía del Obispo de Madrid sino que caía bajo la jurisdicción del Nuncio. Y, como se verá, el Prelado de Madrid-Alcalá era extremadamente riguroso en las concesiones de permiso a los extradiocesanos.

Adjunto a la carta del padre Prudencio Cancer venía un escrito del Rector de San Miguel al claretiano, aclarándole algunos puntos: «Desde luego el Sr. Sacerdote por V. recomendado puede obtener licencias del Sr. Nuncio Apostólico para celebrar en esta Iglesia [...]. No es una capellanía, pero sí tiene garantía suficiente de que no le faltará celebración y estipendio mientras permanezca en Madrid.

Para obtener esas licencias del Sr. Nuncio, debe traer en orden las licencias ministeriales de su Prelado propio. Además documento autorizándole vivir en Madrid con su beneplácito. Su Excelencia desea también que el Prelado en ese mismo documento diga por lo menos una palabra que indique el buen comportamiento del sacerdote. Esto es lo que se exige siempre y con esto puede venir con toda tranquilidad».

Don Josemaría tuvo que tomar una urgente resolución; y más teniendo en cuenta lo que al final de su escrito añadía el Rector de San Miguel: «Si puede venir pronto lo recibiríamos desde ahora». Luego de tratar el asunto en familia decidieron que, en tanto el sacerdote se establecía en Madrid y les encontraba casa, su madre y hermanos se irían a Fonz a vivir con el tío Teodoro.

La primera gestión por realizar era conseguir permiso del Arzobispo para ir a Madrid a cursar los estudios del doctorado, así como proveerse de cartas comendaticias. Don Josemaría expuso con franqueza al Prelado el deseo de hacer el doctorado en Derecho, y su firme determinación de atender a las obligaciones propias de su ministerio, por encima de todo. El 17 de marzo se le concede permiso por dos años para estudiar en la Universidad de Madrid; y, cinco días más tarde, obtiene las cartas comendaticias pertinentes.

Una vez conseguidas estas autorizaciones, pasó a ocuparse de los trámites académicos. Previo pago de las tasas correspondientes, retiró su título de Licenciado en Derecho y tramitó el traslado del expediente personal a la Universidad de Madrid. Las tasas importaban 37 pesetas, suma equivalente a una semana de gastos mínimos familiares. (En Madrid, la vida era aún más cara. El estipendio por misa a celebrar en San Miguel era insuficiente para mantener a una persona. De ello se hacía cargo el claretiano al considerar que «con 5,50 no puede vivir una familia»).

Uno de esos días se tropezó Josemaría con un condiscípulo y hablaron de su marcha a Madrid.

— «¿Qué harás en Madrid?», le preguntó éste.

— Me colocaré de preceptor o trabajaré dando clases, respondió el sacerdote.

Don Josemaría ya había pensado en el modo de obtener el necesario complemento económico. Con todo, el amigo creyó obligado a aconsejarle sobre este punto, pues la enseñanza exigía, además de conocimientos y método pedagógico, simpatía en el trato social y don de gentes. No es que Josemaría careciese de tales dotes, sino que tenía fama de no claudicar sus principios morales ante los convencionalismos de la vida social, especialmente por tratarse de un sacerdote, que no debía dar la más mínima ocasión de escándalo.

Alrededor del 20 de marzo las cosas se complicaron. La curia diocesana le notificó, de improviso, un destino en la parroquia de Fombuena durante la Semana de Pasión y Semana Santa; esto es, del 2 al 18 de abril.

Por otro lado, y en las mismas fechas, el Rector de San Miguel reclamaba urgentemente su presencia: «Si pudiera venir pronto —le decía por carta— se lo agradecería por ser este tiempo en el que más necesitamos de sacerdotes».

Todo estaba saliendo demasiado a pedir de boca como para que el diablo no enredase el asunto. Una ocasión tan propicia, teniendo prácticamente resuelto el permiso de residencia en la Corte, no volvería a repetirse. ¿Se presentaría en la curia a rechazar el encargo de Fombuena? Gracias a Dios, fue a consultarlo con su madre; y, siguiendo el consejo de doña Dolores, aceptó ese destino temporal:

Pocas veces se ha metido mamá en mis cosas, pero, cuando lo ha hecho (en mi primera Misa, en mi marcha a Fombuena) parecen las suyas sugerencias de Dios. Siempre acertó.

En adelante nadie tendría pretexto para acusarle de falta de interés en el ejercicio de su ministerio ni de lealtad a la diócesis. En cuanto a la oportunidad, ¿si Dios le ofrecía ese puesto en Madrid, no sería capaz de guardárselo por dos o tres semanas? Escribió, pues, al párroco de Badules, del que dependía Fombuena, y al Rector de San Miguel, del que dependía su futuro puesto.

La carta de contestación recibida de Madrid no tiene fecha. En ella se disculpa el Rector, por no haberse apresurado a contestar, e insiste en la urgencia del caso y en la impaciencia con que se le espera:

«Mucho agradecería a V. no retardara más su venida que hasta el tiempo que me indica, pues necesitamos su misa. Le esperamos, pues, los primeros días de la semana de Pascua».

La respuesta del párroco es mucho más explicativa y campechana, aunque en sus largas parrafadas muestra una singular despreocupación por el uso de las comas:

«Badules 26 Marzo de 1927.

S. D. José Mª Escrivá. Zaragoza.

Muy Sr. mío y afmo. compañero: Recibo la suya en que me dice que viene V. a servir la parroquia de Fombuena, desde el 1º hasta Pascua y en contestación a ella debo decirle que ya le tengo buscado hospedaje de lo que hay allí lo mejor y de más confianza pues en la misma casa está hospedada la Sra. Maestra que es sobrina de un párroco y de toda confianza la casa es la del Sr. Juez de aquel pueblo persona sencilla lo mismo que toda su familia. El viaje se hace por la estación de Cariñena donde se pide billete para Daroca que está combinado con un auto que espera en Cariñena la llegada de los viajeros y allí se monta guardando el billete del tren que no se hace más que enseñarlo a la salida de la estación y después lo piden en el auto, y aunque el billete es hasta Daroca, al llegar a Mainar se apea uno y allí está el peatón que viene por aquí y después a Fombuena el cual estará ya a la vista cuando se apee V. y podrá venir montado pues lleva caballo y podrá traerle si lleva alguna cosa como maleta, maletín, etc. En esos días no será mucho el quehacer predicar alguna plática el Domingo y viernes de Dolores y Semana de Pasión el Viernes Santo doctrina para niños y niñas de 11 a 12 celebrar por la mañana Misa y alguna confesión que no pasarán de las diez o doce ningún día y por la tarde novena, rosario y nada más de todos modos cuando venga le daré más detalles, el pueblo es pequeño y malo pero 15 días los pasará bien, para más tiempo no.

Es todo cuanto puede decirle este su afmo. compañero que le saluda y tendrá mucho gusto en conocerle

Leandro Bertrán

Párroco»

Información que redondea con los avisos de la postdata:

«Como el viaje es largo pues se sale a las 9 de ésa y se llega aquí a las tres procure ponerse algo de merienda para el camino [...].

Puede V. venir el Sábado día 2 para celebrar allí el Domingo de Pasión».