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6 febrero 2027

Apuros económicos de don Álvaro

6 de febrero de 1949
Apuros económicos de don Álvaro

Pilar Urbano

El Hombre de Villa Tévere

Don Álvaro da la cara, solicitando créditos, firmando letras, pidiendo dinero prestado.

El propio Álvaro del Portillo ha contado algo, no todo, de esas dificultades con que topaban para costear los materiales de las obras y, semanalmente, pagar a los obreros su justo salario:

- La primera vez pudimos pagar sin problemas, porque habíamos ahorrado algo de dinero; pero la segunda ya no. Y empezamos a buscar por toda Roma gente que nos prestase la suma necesaria. Una persona se ofreció, pero al día siguiente vino diciendo que había que hipotecar la finca, cosa completamente desproporcionada para la cantidad que pedíamos. Habíamos perdido un día. Se acercaba el sábado, y debíamos pagar a los trabajadores por encima de todo.

Por fin, hablamos con el abogado Merlini, que tenía una perilla muy simpática y era un hombre muy piadoso, muy bueno y un competente jurista. Él nos había ayudado en la compra de la casa y en muchas otras gestiones. Esta vez, dijo, por casualidad tengo un dinero que me ha dejado un cliente y del que puedo disponer durante un año. Nos lo prestó sin intereses, y dio para pagar dos semanas.

Después, el Señor hizo que pudiéramos ir arreglándonos a base de letras y de equilibrios. Era desnudar a un santo para vestir a otro: una locura, una fuente de sufrimientos. ¿Y cómo pagamos? Es un milagro. No se sabe cómo, pero pagábamos siempre.

Don Álvaro cae enfermo. Tiene cuarenta grados de fiebre. El Padre se acerca a la cabecera de su cama y, viéndole tan mal y tan preocupado porque "llega el sábado... y la hora de los salarios", le pregunta:

- Alvarico, hijo ¿y qué pasa... que puede pasar, si por una vez no les pagamos, y esperamos hasta que tengamos el dinero?

- ¿Qué puede pasar?... A mí, ir a la cárcel no me importa. Pero está por medio la honorabilidad de la Obra.

- Pues, entonces... levántate y ve a buscar ese dinero donde sea.

Mientras aguardaba el regreso de don Álvaro, Josemaría Escrivá había ido, como tantas veces, a pedir a sus hijas una batida intensa de oraciones por esa gestión. Se le veía profundamente afectado:

- ¿Seré yo un canalla?... A Álvaro lo estoy matando... Pero no tenemos otra solución: él es el único que puede ir a los bancos y dar la cara y resolverlo. Con una partecica, sólo con una partecica, de lo que él lleva sobre sus hombros, yo ya me habría muerto...

Después, para quitar hierro a la tensa situación, agrega con su buen humor de siempre:

- La enfermedad que tiene mi hijo Álvaro se le curaría enseguida, si sobre el hígado le pusiéramos un buen fajo de liras... O mejor: ¡de libras esterlinas!

Al rato, Del Portillo vuelve de la calle. El Padre sale a su encuentro:

- ¿Lo traes?.

- Sí, Padre.

- ¿Y cómo lo has conseguido?

- Como siempre, Padre: obedeciendo.