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9 enero 2027

Una familia cristiana

9 de enero de 1904
Una familia cristiana

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

Pocas semanas antes de su muerte, tratando de dar el justo enfoque a su existencia, manifestaba un hondo sentido de la Providencia divina al decir: El Señor me ha hecho ver cómo me ha llevado de la mano. Entre los años que van de 1902 a 1975 hay, para él, una fecha culminante: el 2 de octubre de 1928, día de la fundación del Opus Dei. Este hecho sobrenatural marcó su vida de tal manera que, en cualquier referencia autobiográfica, se refleja la conciencia imborrable de una misión personal. Así, al describir su venida al mundo:

Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo.

Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe.

Nació Josemaría a última hora de un día de invierno, hacia las diez de la noche. Por esta razón, un tanto humorísticamente, calificaba sus primeros momentos como pasos de "noctámbulo", pues había comenzado a vivir teniendo toda una noche por delante. Aunque en ese dicho apuntaba, más bien, una velada alusión a la larga noche de oscuridades que, durante años, envolvió su misión espiritual. La siguiente noticia que hay de la vida de san Josemaría es la de una grave enfermedad y su curación. En 1904 san Josemaría enfermó gravemente y quedó desahuciado por el médico que le atendía. Don Álvaro contaba el 9-I-77: "Tenía san Josemaría unos dos años, cuando se puso tan enfermo que se moría. Los médicos le desahuciaron: uno, que era homeópata -al que escucharon los Abuelos por la amistad que les unía-, y el médico de cabecera. Los dos estaban de acuerdo en que no había nada que hacer; tanto que el médico de cabecera dijo al Abuelo: - Mira, Pepe, de esta noche no pasa". En una tertulia en Roma (1-I-88) don Álvaro contó: "Se ha encontrado también a la niñera que tenían los Abuelos cuando san Josemaría, con dos años de edad, estuvo muy enfermo. Está totalmente sorda, pero el Señor le ha conservado muy bien la cabeza y recuerda todo con precisión: la enfermedad de san Josemaría; el apuro de la Abuela, que exclamaba: ¡el primer hijo varón, y se me muere...!; cómo lo ofrecieron a la Santísima Virgen y el niño se curó repentinamente...". Recordaba don Álvaro en una tertulia: "Realmente, la curación del Padre de aquella enfermedad fue una gracia extraordinaria. Por eso, la Abuela y el Abuelo, los dos juntos, cumplieron la promesa de ir con su hijo en peregrinación a la ermita de la Virgen de Torreciudad, y agradecer así el favor, tan grande, recibido de nuestra Madre del Cielo".

Muy cerca de una torre de señales abandonada, se encuentra la ermita de Torreciudad, recientemente restaurada, en la que se veneraba una imagen de la Virgen (una talla de madera del siglo XI) conocida bajo la advocación de Nuestra Señora de Torreciudad. El lugar, abrupto y desolado, está situado en las estribaciones del Pirineo aragonés. A comienzos de este siglo, cuando doña Dolores, llevando al pequeño Josemaría en sus brazos en acción de gracias a la Virgen por haberle curado, fue en peregrinación a Torreciudad, la ermita sólo era accesible a pie o a lomos de mula. El camino era empinado, estrecho y peligroso, flanqueado de zarzas y espinos. El nuevo santuario, inaugurado en 1975 con un funeral por el alma del Fundador del Opus Dei, ha sido visitado desde entonces por cientos de miles de peregrinos.

San Josemaría contaba al respecto en 1971: "Mi madre me llevó en brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó mucho miedo porque era un camino muy malo". La Abuela lo ofreció a la Virgen y prometió ir a Torreciudad con el niño si se curaba. San Josemaría se curó y la Abuela cumplió su promesa. Fue con el Abuelo, montada en un burro, desde Barbastro a Torreciudad. Alguna vez comentó don Álvaro que en aquella época, el camino era tan malo y peligroso, que el sacerdote que atendía la Ermita de Torreciudad tenía permiso de guardar los santos óleos para atender a los peregrinos que ocasionalmente, por lo peligroso del camino, se despeñaban y quedaban muy mal heridos. Para los Abuelos el viaje no debió haber sido sencillo. San Josemaría oyó con frecuencia el relato de este suceso e, invariablemente, la Abuela siempre terminaba haciendo el mismo comentario: "...para algo grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo...".