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27 enero 2027

Comienzos de la Sección de Mujeres

27 de enero de 1942
Comienzos de la Sección de Mujeres

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

En cuanto don Josemaría regresó a Madrid se ocupó de terminar la instalación del piso de la calle de Villanueva, 15 (después 13), que se había alquilado en el mes de septiembre y adonde fueron a vivir Álvaro e Isidoro Zorzano; y luego de mucho buscar dieron con otro pequeño piso, en el que vivían un grupo de personas que cursaba estudios de doctorado o ya ejercían su profesión. Dicho centro se instaló en una casa de la calle Núñez de Balboa, 116. Ese genérico concepto de "instalación" incluía el problema del servicio doméstico, es decir, la tarea de atender la administración de cada centro. Ocupación que el Fundador había definido esencialmente como apostolado de los apostolados, por su gran repercusión y eficacia en las actividades apostólicas de la Obra.

En 1942, y en los años que siguieron, eran contadísimas las mujeres de la Obra en aquel primer centro de Jorge Manrique. Tan patente era el desigual desarrollo de las dos vertientes apostólicas —la de hombres y la de mujeres— que en el curso de retiro que hizo a solas don Josemaría en noviembre de 1941 se resolvió, animado por una secreta esperanza, a dedicar una buena parte de su actividad sacerdotal a la labor de la Obra con mujeres, que presiento —escribe— ha de tener muy pronto un buen empujón, por el número y por la formación. Durante algunos años se enfrentó inevitablemente con la desigualdad numérica de los elementos componentes de la Obra. Y don Josemaría, armado de fe, en lugar de poner freno al creciente progreso de los centros para varones —Diego de León, Jenner, Villanueva, Núñez de Balboa, El Cubil— intentó, como pudo, que sus hijas realizaran, desde Jorge Manrique, la gran tarea que les correspondía en todos los centros de la Obra como apostolado específico.

Sobradamente conocía el Fundador los principios por los que se regía ese apostolado de los apostolados: lo primero, el servicio que se hacía a toda la Obra; detrás vendrían los demás apostolados variadísimos de sus hijas. No era precisa mucha perspicacia para darse cuenta de que aquella situación de desequilibrio entre el número de hombres y el de mujeres invitaba a una cautelosa prudencia. Por eso, la decisión de don Josemaría de seguir adelante con la expansión de la Obra en aquellos momentos, sin detener su desarrollo, fue un acto de plena confianza en Dios.

Se esforzaba el Padre en aclararles que estaban comenzando. Les pedía fe y audacia: Con sólo media docena de mujeres que sé que me seréis fieles, llenaremos el mundo de luces de Dios, de fuego divino. Tened fe en Dios, y un poco de fe en este pobre pecador, les suplicaba. Era el inicio de la labor y, precisamente por eso, las primeras debían estar dispuestas a todo. Más adelante, con el desarrollo de los apostolados, sólo se ocuparía profesionalmente de las labores domésticas un pequeño porcentaje de las mujeres de la Obra. Habrá —les decía el Padre— hijas mías Catedráticos, Arquitectos, Periodistas, Médicos... Pero, por de pronto, todas tendrían que encargarse también de la administración de los centros de la Obra en Madrid.

A lo largo de los cursos académicos 1941-1942 y 1942-1943, don Josemaría, con la ayuda de su hermana Carmen, libró la batalla de la formación de las nuevas administradoras de los centros y residencias de la Obra en Madrid, en todo lo referente a las tareas domésticas. Lo peor de todo eran las prisas; y el mayor obstáculo la falta de tiempo. Tuvieron, por tanto, que aprender sobre la marcha.

Tía Carmen se impuso esta obligación con Lola, Nisa, Encarnita y alguna otra. Carmen, vigilante y repartiendo consejos a todas, sin meterse en terrenos que no le incumbían, enseñaba y arrastraba con el ejemplo. Y el Padre, con la autoridad que le correspondía, animaba y exhortaba a sus hijas para irlas formando, con mucha paciencia y sin dejar de corregirlas. Tenía don Josemaría excelentes condiciones pedagógicas, aunando, a la vista del caso concreto, la teoría con la práctica. De modo que cada lección era una enseñanza inolvidable. Las lecciones versaban sobre los menesteres y las operaciones más variadas y vulgares. El Padre, siempre en guardia, les enseñaba a ejecutar con la mayor perfección posible, y por amor a Dios, cualquier trabajo, por insignificante que pudiera parecer. Quería que sus hijas aprendieran a ser fieles en lo pequeño, en las tareas corrientes de cada día, porque ése es el camino para santificar toda nuestra existencia, les decía.

Se tomaba el Padre la molestia, por ejemplo, de enseñarles —como enseñaba también a los hombres— a cerrar una puerta con cuidado; es decir, a cerrarla sin golpazo y con amor de Dios. A vista de la persona interesada y con la puerta abierta empuñaba el picaporte, hacía girar luego suavemente la manilla y aproximaba, sin violencia, la hoja de la puerta hasta cerrarla, sin dar golpes. Luego soltaba suavemente la manilla para que encajase debidamente, evitando que entrara al resbalón. De igual forma, la operación inversa.

El Padre solía acompañar las lecciones prácticas de alguna palabra amable, de una sonrisa y, por dentro, con oración. (Es muy de sospechar que estos ingredientes pedagógicos procedían de la educación y buenos modales aprendidos en el hogar de Barbastro. Recordó siempre con agrado don Josemaría las lecciones aprendidas de sus padres. Si le pedían algo de niño —traer un objeto, por ejemplo—, y no ponía atención al acercarlo, o mostraba desgana, o lo entregaba precipitadamente, para irse a jugar, el padre o la madre le enseñaban los buenos modales. «Así se entregan los guantes al rey» —le decían—: con una sonrisa, con deferencia, sin precipitarse, con atención).

Así tuvieron que muchos detalles. Encarnita, sin pretender ser exhaustiva, ni mucho menos, hace una lista con un montón de observaciones y variedad de quehaceres:

«Aprendimos el tono humano que debían tener nuestras casas; limpias, puestas con buen gusto y con detalle; evitando la tacañería, pero sin lujos y cuidando las cosas para que duren. Nos dejó muy claro que para el oratorio todo debía, siempre, parecernos poco. Aprendimos que los cuadros debían estar bien colocados; que los muebles no debían rozar las paredes; a cerrar bien las puertas; a poner armonía y gracia, tanto en la colocación de unas flores, como en un adorno que estuviera sobre una mesa o en una vitrina. Nos explicaba cómo, al entrar en una habitación teníamos que ser observadoras y darnos cuenta enseguida de lo que estuviera torcido, estropeado o roto. Todo esto era preciso extremarlo en el cuidado de lo relacionado con el oratorio: colocación de candeleros o del mantel para que fuera igual de largo por cada uno de los lados del altar, que estuviera la persiana baja cuando hubiera luz eléctrica... También nos insistía en que no debía haber más luces encendidas que las necesarias en cada momento.

Nos habló de las flores que se ponían sobre el altar: estarían colocadas directamente allí, entre los candeleros, fuera del mantel, pero siempre sin recipiente con agua que las conserve: así se consumirían plenamente —sin nada que les alargase la vida— para el Señor»

En aquella labor educativa resultaba sorprendente la fecundidad de don Josemaría al formular los principios teórico-prácticos, por los que debían regirse. Eran otras tantas reglas de oro donde se compendiaba algún aspecto concreto del espíritu de la Obra, aplicado a la administración de los centros. Consistían estas reglas en frases fáciles de recordar, o lo suficientemente pintorescas como para que no se cayesen de la memoria. Si escaseaba la comida y sus hijas e hijos se plegaban a las restricciones, el Padre exigía mayor confianza. Dios velaría por sus hijos: Si nosotros no le faltamos —les decía—, Él no nos faltará. Pero sin la presunción de que les iban a llover las cosas del cielo, como el maná del desierto: Hay que poner todos los medios humanos, como si no hubiera sobrenaturales, y después una fe tan grande como si las cosas dependieran sólo de Dios.

A las mujeres que tenían que dirigir a las empleadas del hogar en sus tareas domésticas, les aconsejaba, si es que querían que todo marchase bien, que fuesen ellas por delante en los servicios desagradables. En cuanto al modo de vivir la pobreza, les mostraba dónde y cómo ahorrar: manejar con cuidado los objetos frágiles, reparar cuanto antes los desperfectos, alargar la vida de los instrumentos de servicio. En una palabra, comportarse con dignidad, sin pobretería, pero con sacrificio, haciéndose a la idea de que eran madres de familia numerosa y pobre, conscientes de que la riqueza del Opus Dei es que sepamos vivir pobres.

Gustaba el Padre de verlas serenas y optimistas, rindiendo en su trabajo, con orden y eficacia. Y, si querían evitar parones y altibajos, les daba un remedio infalible:

A veces da gusto veros funcionar —decía a sus hijas con orgullo—: marcha bien vuestra vida interior, trabajáis constantemente, hacéis apostolado. Pero de repente hay como un frenazo y reducís la marcha. Y, ¡eso no puede ser! Vuestra vida tiene que tener un ritmo uniforme, como el tic-tac de un reloj. Para conseguirlo, el secreto es cargarla con la cuerda del amor de Dios.

En fin, tenían que revestir el cumplimiento de sus faenas con una nota de discreta elegancia, porque la buena Administración ni se ve ni se oye.

Ni qué decir tiene que no parecía sencillo poner en práctica un estilo de vida así. Sin embargo, pronto las aprendieron de la mano del Padre en gran medida, pero también gracias a los muchos percances, errores y equivocaciones cometidos. A tales contratiempos, algunas de ellas los denominaban "desastres"; y el Padre, tomándolos por el lado positivo, los calificaba de "experiencias". Pequeños desastres se produjeron, como sucede en todo lugar y, para que no se repitiesen en el futuro, se hacían fichas de experiencias, para ir ganando terreno y no caer dos veces en el mismo hoyo. Grandes desastres tampoco faltaron, sucediendo que el mayor de ellos dio lugar a la mejor de las experiencias.

Discurría plácidamente el curso académico 1942-1943 en la Residencia de Jenner cuando al hijo del dueño se le ocurrió casarse. Esto, naturalmente, no tenía por qué alterar la vida de los estudiantes. Pero el propietario del inmueble, aprovechando tan feliz motivo, presentó demanda judicial de desahucio, alegando que necesitaba los pisos ocupados por la Residencia, que estaban en alquiler, como vivienda para la nueva familia.

La entrevista con el abogado del dueño de la casa hizo ver que, de llevar el asunto a pleito, la sentencia sería desfavorable. Don Josemaría decidió, por tanto, actuar con rapidez, antes de que la situación empeorase. Una mañana temprano, acompañado de Amadeo de Fuenmayor, se fue a ver al propietario. La conversación, cortés, no prometía gran cosa, pues el dueño se aferraba a la ley y no estaba dispuesto a hacer concesiones, a pesar de que se le insistió en los graves inconvenientes que sufrirían medio centenar de personas en pleno curso...

De pronto, don Josemaría cambió de táctica y le dijo en tono diferente:

— ...Soy un sacerdote de Jesucristo... Y no puedo consentir que tengan que abandonar la Residencia en pleno curso cincuenta estudiantes cuya alma me ha sido confiada.

«A partir de ese momento —refiere Fuenmayor—, cambió enteramente el giro de la entrevista. Y entonces, como si resumiera una larga negociación que hubiera alcanzado un punto final satisfactorio, el Padre añadió con gran autoridad y suma sencillez: O sea que, mañana se reunirán su abogado y el mío y redactarán un documento con las cláusulas siguientes... Y dictó una tras otra las cláusulas, que al día siguiente di a conocer a los dos abogados».

Como garantía del cumplimiento de las condiciones acordadas se entregó un cheque y la Residencia continuó funcionando hasta el verano, que era cuando acababan las clases. Entre tanto, obligados forzosamente a un traslado, don Josemaría vio que con ello se le presentaba la ocasión de ampliar la capacidad de la Residencia. Además, sería la primera Administración completa e independiente, algo así como una administración piloto.

Acompañado de tía Carmen, el Padre llevó a las que iban a encargarse de los trabajos de la Administración en la futura Residencia a visitar la tumba de los Abuelos en el cementerio de la Almudena. Ante los restos de doña Dolores pidieron por las necesidades de la nueva empresa, continuación de la de Jenner, a cuyo servicio tan generosamente se había entregado la Abuela.