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18 enero 2027

Visita al santuario de Loreto

18 de enero de 1948
Visita al santuario de Loreto

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

El 3 de enero de 1948 fue en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Loreto; y una semana más tarde salió de Roma en coche, acompañado de don Álvaro, con intención de visitar la Universidad Católica de Milán y hacer otras gestiones. Cogieron un tiempo frío, lluvioso y con niebla espesa, que hacía las carreteras difícilmente transitables. El día 11 pasaron la noche en Pisa y el 13 estaban en Milán.

Aunque la intención que les llevó a Milán no era la de empezar a trabajar allí inmediatamente, fueron a hacer una visita de cortesía al Cardenal Schuster. La entrevista, por lo que cuenta el Padre a los de Madrid, no pudo ser más cordial:

Roma, domingo 18 de enero, 1948.

Que Jesús me guarde a mis hijos.

Queridísimos: El viernes, a última hora de la tarde, volvimos de Milán. Muy contento del viaje. El Cardenal Schuster —a quien fuimos sencillamente a presentar nuestros respetos— [...] nos recibió afectuosamente y se ha empeñado en que pongamos casa: "Venite", decía, "porque os necesito para cuidar de las almas que tengo encomendadas"... Quiero vuestro consejo: si no veis las cosas de otro modo, formalizaré por escrito la residencia de Milán.

Escribió también al Cardenal, repitiéndole lo ya dicho en su visita: que no pensaban comenzar tan pronto en Milán; pero la palabra de Su Eminencia —añadía— es, para este pecador, un mandato de Dios, que trataré de cumplir lo antes posible.

Reverendísimo Monseñor, le contestaba el Cardenal:

«No seré yo quien prohíba la entrada en Milán a Vd. y al Opus Dei: Ostium magnum et adversarii multi... Pero Dios jamás hace las cosas a medias».

En estos entrecortados pensamientos se condensan la preocupación y la esperanza del Cardenal. Por una parte la penetración marxista y el inminente peligro de que se implantase una dictadura comunista en el país. Y, de otro lado, la gozosa impresión que le hizo el Fundador del Opus Dei, en el cual veía —son palabras del Cardenal Schuster— «una de esas figuras que el Espíritu Santo promueve en la Iglesia y que dejan una impronta indeleble en la vida de la misma. Hombres que aparecían en la historia de la Iglesia muy raramente».