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7 de diciembre de 1972
Algunos de los primeros
Pedro Casciaro
Soñad y os quedareis cortos
Juan Jiménez Vargas, tan decidido y parco de palabras como siempre, estaba allí, cerca de mí. Había venido desde Navarra, cuya Universidad -aquel viejo sueño de nuestro Fundador- había contribuido a sacar adelante, a lo largo muchos años, como catedrático de Fisiología en la Facultad de Medicina. De esa Universidad fue primer rector José María Albareda, fallecido hace muchos años. Y en Pamplona vivió hasta su reciente fallecimiento José María González Barredo, después de largos años de estancia en Estados Unidos, donde participó en los comienzos de la labor apostólica y llevó a cabo una formidable labor investigadora. Me contaron que no pudo venir a Roma por motivos de salud.
Ricardo -don Ricardo Fernández Vallespín-, que ejerció durante muchos años su ministerio sacerdotal en Madrid y por estas tierras de América, falleció también, hace algunos años, el 28 de julio de 1988. A José María Hernández de Garnica, que comenzó la labor apostólica en tantos países de Europa, se lo llevó el Señor en vida de nuestro Padre, el 7 de diciembre de 1972. Todos éstos, como Paco -don Francisco Botella- y tantos otros miembros del Opus Dei ya fallecidos, verán esta ceremonia desde el Cielo: Paco -el inseparable Paco, durante tanto tiempo- murió el 29 de septiembre de 1987, en Madrid, después de muchos años de fecundo sacerdocio.
¿Y Álvaro? Aquel joven estudiante de ingeniería de mediados de los años treinta es ahora Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor de nuestro Padre y Obispo Prelado del Opus Dei; y aquella mañana estaba arriba, concelebrando con el Santo Padre al aire libre en la Plaza de San Pedro, en aquella solemne ceremonia litúrgica en la que, junto con una inmensa muchedumbre de fieles, participaban treinta y cinco cardenales y más de doscientos obispos.
«Con sobrenatural intuición», dijo el Papa, «el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, puedan ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. "Todas las cosas de la tierra -enseñaba- también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios"».