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29 diciembre 2026

Buscaré tu rostro, Señor

29 de diciembre de 1973
Buscaré tu rostro, Señor

Pilar Urbano

El hombre de Villa Tevere

En alguna ocasión, rezando en el oratorio, con la mirada puesta en el crucifijo del altar, lanza en voz alta un lamento doliente:

- ¡No te veo!, ¡no puedo verte a Tí!, Cristo mío.

Tiene muy leídos, muy leídos, muy trabajados, muy rezados, los salmos del Salterio de David. De uno de ellos, el número 26 Tibi dixit cor meum..., -Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me lo apartes-, toma unas palabras, vultum tuum, Domine, requiram, y las repite saboreándolas, de manera constante, al menos desde diciembre de 1973. Josemaría las traduce con fuerza apremiante: "busco tu rostro, Señor, ¡quiero verte, cara a cara!" Y a veces, incluso durante la comida se le escapa un irreprimible "!Señor, que quiero darte un abrazo!"

Esa búsqueda del rostro de Dios, sin velaturas, sin nociones intermedias, en un abrazo "cuerpo a cuerpo" lleva un ritmo de "crescendo" tumultuoso en su alma:

- los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano siente esos imperativos. mentiría si negase que me mueve tanto el afán de contemplar la faz de Jesucristo. Vultum tuum, Domine, requiram, Buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos y pensar que llegará el momento, cuando Dios quera, en que podré verle, no como en un espejo y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara.

"Cerrar los ojos y pensar que podré verte". Es, sí, el luminoso crepúsculo en el que se va encendiendo más y más la luz, a medida que el día viejo atardece.

En otro momento, abriendo su confidencia, recia y suavemente, como se abre una hogaza de pan, les dice a algunos de sus hijos:

- No acabo de aprender, no acabo. Tengo ansía de ver a Jesucristo, de conocer su rostro. Tengo hambre de encontrarme con mi Dios. Ayer me apuntaba algo que había leído, recitándolo, montones de veces: et ostende faciam tuam et salvi erimus, ¡hazme ver tu cara, tu rostro y ya estoy en el Cielo, ya estoy salvo, ya estoy seguro!

Es como si se le hubiese fijado un sentimiento, que no puede ni quiere ahuyentar:

- Muchas veces, cuando hago la oración sólo, la hago a gritos, aunque sea oración mental. ¡Tengo hambre de conocer el rostro de Jesucristo!, pero dejémoslo estar. Ya llegará ese momento.

Esas impaciencias, esas prisas por echarse en los brazos del totalmente otro, no son cosa de última hora.

Desde que era un mocetón bachiller, Josemaría ha sentido el abrazo envolvente del amor de Dios. Y así ha vivido siempre tomado, habitado, señoreado por el Otro.

Lo prodigioso es que con el paso del tiempo ese amor no esté craquelado ni enmohecido, ni avejentado. Lo mantiene terso, vigoroso, impulsivo, como cuando era joven. Como cuando en Madrid, primeros años treinta, escribía aquel intrépido y encantador punto 11 de Camino, que a tantas y a tantos habría de dar envidia:

"Me has hecho reír con tu oración impaciente. Me decías: "No quiero hacerme viejo, Jesús... ¡Es mucho esperar para verte! Entonces, quizá no tenga el corazón en carne viva, como lo tengo ahora. Viejo me parece tarde. Ahora mi unión sería más gallarda, porque te quiero con amor de doncel".

Y es que, más de cuarenta años atrás, Josemaría vivía ya con el desgarro de un "corazón en carne viva", ansiando una "unión más gallarda" y presintiendo que "toda una vida sería mucho esperar para verle".

Ya desde entonces tenía un sentido pletórico y nupcial de la muerte.