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26 de diciembre de 1955
Le duelen sus hijos
Pilar Urbano
El hombre de Villa Tevere
Una mañana de diciembre de 1955, Escrivá llega de la calle. Viene de rezar junto a la capilla ardiente de Ignacio Salord, un joven alumno del Colegio Romano. Se detiene un momento con las que atienden la cabina de la centralilla telefónica. Ellas observan sus ojos enrojecidos y empañados de lágrimas:
- Ha muerto como ha vivido. Era médico y se daba perfecta cuenta de que se moría. Quiso hacer confesión general de toda su vida. Digo yo que ¿qué falta le hacía?...,
¡Pero la hizo!