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24 diciembre 2026

Atiende y cuida de los enfermos

24 de diciembre de 1972
Atiende y cuida de los enfermos

Pilar Urbano

El hombre de Villa Tevere

El 24 de diciembre, charlando en Villa Sacchetti con un grupo de italianas les pregunta:

- ¿Cómo sigue Sofía? Yo, todos los días, cuando llego al ofertorio de la Misa, meto en la patena a todas las hijas y los hijos míos que están enfermos o atribulados.

Sofía está en las últimas. Con suavidad pero con fortaleza, quienes la atienden y acompañan han ido estimulando su fe, su amor y su esperanza de cielo. En el tramo final, cuando reza la letanía del Rosario, al llegar a ese piropo que invoca a María llamándola "puerta del cielo", ianua coeli, Sofía sonríe y se interrumpe para decir: "¡ésta es la mía!". Fallece el 26 de diciembre. Al día siguiente, Escrivá se desplaza a Villa delle Rose, en Castelgandolfo, porque así estaba previsto desde tiempo antes. Nada más entrar al soggiorno de los abanicos, comenta a sus hijas:

- Como veis, hijas mías, hay movimiento en Casa: están vuestras hermanas comenzando la labor en Nigeria; en estos días, he dado la bendición a otra, que llegará hoy a Australia; y ayer, esa otra hija... que se nos ha ido al Cielo.

Sí, hay "movimiento". Ese mismo diciembre de 1972, muere en Barcelona José María Hernández de Garnica, ingeniero y uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Escrivá le conoció en los años treinta, cuando estaban instalando la Residencia de estudiantes de la calle Ferraz en Madrid. Chiqui era su nombre familiar. Al verle llegar, "vestido como un dandy", el Padre le dio un martillo y unos clavos y, sin más, le dijo.

- Anda, Chiqui, súbete a esa escalera y ayúdame a clavar...

Desde entonces, ¡cuántas cosas!, ¡cuántas correrías apostólicas!, ¡cuánto ir y venir ayudando a "enclavar" la Obra por media Europa!, ¡cuántos trabajos, cuántas alegrías, cuántos sucesos entrañables!

Estando Escrivá en Barcelona, en el gimnasio del Brafa, conduciendo una de esas tertulias donde la multitud se arracima y se concentra como si fuera "un puñadico familiar", les advierte que, aunque allí se está muy a gusto, tiene que acabar:

- Me espera un enfermo. Y no tengo derecho a hacer esperar a un enfermo, que es Cristo... Le hace falta el padre y la madre. Y yo soy padre y madre.

Después de visitar a José María Hernández de Garnica, comentará a los suyos:

- Hoy he estado con un hermano vuestro... Tengo que hacer unos esfuerzos muy grandes para no llorar, porque os quiero con todo el corazón (...) Hace unos meses que no le había visto. Me ha parecido un cadáver ya... Ha trabajado mucho y con mucho amor. Quizás el Señor ha decidido darle ahora ya la gloria del Cielo.

Cuando Escrivá regresa a Roma, lleva ya en la mente una frase, jaculatoria, que escribirá en su calendario como "santo y seña" del nuevo año 1973: a pesar de tanto y tan hondo dolor humano, un grito de acción de gracias: ut in gratiarum semper actione maneamus! Así, con ese signo de admiración vertical, apuntalando la gratitud; porque, como dice haciendo resonar la voz de Pablo de Tarso, "para los que buscan al Señor, todas las cosas cooperan al bien": todo es para bien, omnia in bonum!