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23 de diciembre de 1936
La oración de san Josemaría hace milagros
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Siguieron apareciendo por aquellos andurriales partidas de milicianos a registrar el sanatorio (psiquiátrico del doctor Suils). Y como el chalet estaba próximo a la carretera de Aragón, por la que pasaban camiones que iban y venían constantemente del frente, si se paraban en las inmediaciones, la tropa bajaba a estirar las piernas, a curiosear o llenar de agua las cantimploras en el sanatorio. Era entonces cuando los dementes cumplían la función de escudos protectores. El director del Sanatorio había dado órdenes para que, en tales situaciones, se sacara a los enfermos del semisótano a pasear libremente por el jardín. Los milicianos, ya sea por considerarlos agresivos, ya porque les inspirasen una lástima repulsiva, se retiraban rápidamente del jardín. De una de esas intervenciones fue protagonista don Ítalo. Al toparse con un grupo de milicianos, uno de los cuales llevaba colgando la caja de la máscara antigás, trató de examinarla:
— «Con todos los respetos y si a bien lo tienen (don Ítalo era muy cortés y delicado en el hablar), ¿podrían explicarme cómo funciona este instrumento de música de viento?», les preguntó.
Al fin Isidoro trajo al Padre un documento de identidad que esperaba desde hacía tiempo; una simple hoja en papel impreso, con sello del "Comité-Delegación del Partido Nacionalista Vasco-Madrid", y con el siguiente texto:
«Rogamos a las Autoridades y Milicias de todos los Partidos del Frente Popular respeten para su libre circulación a José Mª Escriba Albas, por ser persona afecta al Régimen. —Madrid 23 de Diciembre de 1936. —Por el Comité [aquí la firma]».
Los nacionalistas vascos no eran precisamente afectos a la ideología del Frente Popular, aunque la esperanza de obtener la autonomía política les mantenía del lado del Gobierno de la República. Un papel sin foto del interesado, que no era siquiera afiliado al Partido Nacionalista, poco valor tenía ante las patrullas de control. Pero, al menos, don Josemaría podía parar con él un primer golpe.
Isidoro, noticiero y recadero del Padre, le traía noticias de la calle de Caracas y de las prisiones en que se hallaban sus hijos. Se carteaba con los de la Obra en Valencia y cumplía otras obras de misericordia; mientras el Fundador, desde su aislamiento, unido a Dios en el sufrir y en las oraciones, mantenía vinculados a los miembros dispersos de la Obra. De aquel periodo, en que se hacían sacas de las cárceles para los fusilamientos nocturnos, hay anécdotas impresionantes. Todos tenían la seguridad de que el Padre había arrancado a sus hijos de las garras de la muerte, a fuerza de suplicar al Señor. El caso de Chiqui es uno entre muchos. Estaba ya arriba del camión, con los otros prisioneros que iban a fusilar, cuando se oyó una voz que le llamó por su nombre y le mandó bajar. Arrancó el camión hacia la muerte y Chiqui volvió a su celda.
Refiriéndose a estos sucesos, cuenta Juan Jiménez Vargas que «hasta fines de 1936 ocurrieron una serie de episodios, en los que se ve que todos nos habíamos salvado, más de una vez, de modo humanamente inexplicable. Algunas de estas cosas sucedieron en las cárceles». En noviembre estaba Juan en la cárcel de Porlier de la que iban vaciando galería tras galería, para fusilar a los presos. El día 26 le tocó a él. Formaron cola los presos y de allí pasaron a un camión, que les esperaba en la calle. Juan quedó aguardando, con tres personas por delante de él, a que se llevasen la segunda expedición. El camión no volvió hasta poco antes del amanecer. Pasó media hora y nadie dio orden de que partiese otra expedición. Es más, dieron por terminada la operación y no volvieron de momento a esa galería.
La oración del Padre fue el escudo de la Obra. De uno u otro modo, todos sus hijos se beneficiaron de esa oración tenaz, incansable y confiada, hecha de intimidad con el Señor.