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20 diciembre 2026

Algunos parientes no lo aceptan

20 de diciembre de 1924
Algunos parientes no lo aceptan

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

Tanto el párroco de Logroño, don Hilario Loza, como el presbítero castrense don Daniel Alfaro, y otros testigos, hicieron las declaraciones pertinentes sobre la conducta y buena fama del subdiácono. Cumplimentados los papeles, el 20 de diciembre, don Miguel de los Santos confería a Josemaría el Sagrado Orden del Diaconado en la iglesia de San Carlos.

Es muy probable que pasara unos días en Logroño antes de volver al San Carlos a recibir el diaconado, pues Paula Royo recuerda las incidencias que con buen humor le contaba Josemaría sobre la búsqueda de casa en Zaragoza. La situación familiar aconsejaba, evidentemente el traslado. Dentro de unos meses se ordenaría sacerdote, permaneciendo incardinado en Zaragoza; económicamente le era imposible mantener dos casas y, además, se le hacía intolerable estar lejos de los suyos, en las nuevas circunstancias.

La casa que, con carácter provisional, alquiló Josemaría era un tercer piso de una vivienda estrecha y ahogada de la calle Urrea. De allí se trasladaron, semanas más adelante, a un modesto piso de la calle Rufas, nº 11.

Las relaciones de doña Dolores con algunos parientes de su familia, que no habían sido del todo cordiales hasta ese momento, empeoraron a raíz de la muerte de don José, volviéndose frías y tirantes. Ese brusco cambio se produjo cuando los Escrivá decidieron trasladarse a Zaragoza. No es muy de extrañar la reacción de don Carlos, autoritario y pagado de su preeminencia eclesiástica. No había asistido siquiera a los funerales de su cuñado en Logroño, pero se indignó vivamente al saber que pronto aparecerían los Escrivá en Zaragoza. Según dice Pascual Albás, uno de los sobrinos, los hermanos de doña Dolores pensaron incluso en pasarle una pequeña cantidad, en concepto de pensión, si se quedaba en Logroño. Opinaba también el arcediano que «lo que debía hacer Josemaría era dejar cualquier otro estudio, ordenarse y situarse, y mantener a su madre y hermanos», cuenta Sixta Cermeño.

Quizás existiese, en el fondo, una cuestión de vanidad o de mundana vergüenza, por parte de los tíos, a tener que convivir socialmente con unos parientes venidos a menos. Y, para terminar de envenenarlo, una sobrina que vivía con el arcediano, llamada Manolita, consiguió enemistar definitivamente al tío con el sobrino. Esto ocurrió cuando, a poco de instalarse los Escrivá en Zaragoza, se produjo un grave incidente familiar. Josemaría, acompañado de su hermana Carmen, fue, con la mejor de las intenciones, a visitar al tío Carlos. El arcediano, como primer saludo de bienvenida, les soltó unas frases destempladas y más que groseras. Palabras que, a un buen entendedor, venían, más o menos, a decir:

— «¿Qué demonios habéis venido a hacer en Zaragoza?, ¿airear vuestra pobreza?»

Carmen, sin dignarse dirigirle la palabra, dijo a su hermano:

— «Josemaría, vámonos de aquí que en esta casa no estamos bien vistos».

El arcediano ni se volvió atrás ni dio excusas por unos insultos que equivalían a un bofetón. No se quejó Josemaría del trato recibido. En varias ocasiones intentó acercarse a don Carlos, sin resultado. Solamente los hechos luctuosos de la guerra hicieron olvidar al arcediano los viejos prejuicios. A comienzos de los años cuarenta el sobrino fue a visitar a don Carlos a Zaragoza. «No quería que pensasen —refiere una persona que le acompañaba—, que había guardado algún resentimiento». Salió contento de la visita; no era él quien había cambiado sino el tío. Los sentimientos de Josemaría para con el hermano de su madre fueron siempre de una excepcional caridad. Cuando recibió noticia de la muerte de don Carlos, se apresuró a escribir unas breves líneas a sus hermanos, Carmen y Santiago, con fecha de 6-I-1948:

He sabido la muerte de D. Carlos: os pido que ofrezcáis sufragios por su alma; puesto que se portó tan mal con mamá y con nosotros, entiendo que estamos más obligados a encomendarle. Si lo hacéis así, daréis gusto a Dios nuestro Señor, y yo os lo agradeceré.

(La noticia era, sin embargo, equivocada. Su tío moriría dos años más tarde).