-
18 de diciembre de 1938
Corazones partidos/ yo no los quiero
Pedro Rodríguez
Camino, edición crítica
145 Frente de Madrid. Una veintena de oficiales en noble y alegre camaradería. Se oye una canción, y después otra y más.
Aquel tenientillo del bigote moreno sólo oyó la primera:
Corazones partidos
yo no los quiero;
y si le doy el mío,
lo doy entero.
«¡Qué resistencia a dar mi corazón entero!»1 -Y la oración brotó, en cauce manso y ancho.
La «gaitica» está escrita en una octavilla de la serie Bpr (serie redactada sobre octavillas hechas con folios de una especie de boletín de prensa, sin fecha). Como en general todos los puntos redactados en octavillas con dorsos de texto impreso, debe éste ser situado en los últimos meses de la redacción de C: octubre-diciembre 1938 y enero 1939. Pero en este caso, lo sabemos de manera inequívoca. La anécdota que relata el Autor -con emoción contenida- tiene como protagonista a Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que era, hasta que estalló la guerra civil, el director de la Residencia de Estudiantes de Ferraz. Prácticamente todo el año 1938 estuvo como teniente de Artillería en el célebre «frente de Madrid», a las puertas de la capital de España, cerca de Carabanchel. Tenía entonces 25 años. Era uno de los hombres en que «se apoyaba» Josemaría Escrivá para hacer el Opus Dei (a esto alude en el punto p/314). El 18 de diciembre escribía al Autor:
«El día de la Inmaculada después de la Santa Misa, nos invitaron a comer los infantes. El Alférez fue al Majuelo (una posición) y Parera y yo nos quedamos en el pueblo. Éramos unos veinte oficiales. El Comandante del Tabor es de lo mejorcito de su clase. De sobremesa -vino abundante- se cantaron canciones de todos tonos y colores. Entre ellas una se me quedó grabada:
'Corazones partíos
yo no los quiero
y si lo [sic] doy el mío
lo doy entero'.
¡Qué resistencia a dar el corazón entero!».
La carta debió conmover al Beato Josemaría, que veía cómo Cristo «tiraba» de los suyos -«omnes traham ad meipsum» (Jn 12, 32)- en medio de las circunstancias más dispares y adversas. La oración que brotó «en cauce manso y ancho» fue sin duda, como indica el Autor, la de Ricardo Fernández Vallespín, que renovaba al Señor su entrega fustigado por una canción, pero es imposible no ver a Escrivá haciendo oración con la carta en la mano y apuntando en un medio papel roto las misericordias del Señor.