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14 de diciembre de 1968
Persecución encubierta en Italia
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Corrían los meses, y el Fundador sentíase urgido interiormente a comunicar de viva voz al Papa muchas noticias de la labor apostólica que estaban realizando los miembros del Opus Dei, así como los pasos para resolver la cuestión institucional. Mientras tanto no dejaba de manifestar periódicamente a Su Santidad su filial e indiscutida adhesión a la Cátedra de Pedro y las fervientes oraciones de sus hijos. Como nadie le facilitara un encuentro con el Papa, decidió pedirlo por medio del Prefecto del Palacio Apostólico, en diciembre de 1968. Pero pasaban las semanas sin tener noticia de la Audiencia papal. Así, pues, el 24 de febrero de 1969 se dirigió por escrito a Mons. Benelli, solicitando sus buenos oficios para obtener una audiencia con Su Santidad. Con el escrito iba adjunta una carta para Pablo VI, en la que Mons. Escrivá exponía su irreprimible necesidad de manifestar la profunda veneración y gratitud que sentía por el Papa.
A la semana siguiente recibía una carta autógrafa del Santo Padre, reconociendo esa muestra de devoción filial, y agradeciendo paternalmente el consuelo que le procuraban las buenas noticias sobre la labor apostólica del Opus Dei. De la audiencia solicitada, en cambio, no tuvo noticia alguna.
En la primavera de 1969 fue cuando se enteró de que se había creado una Comisión especial, con el propósito de reformar los Estatutos del Opus Dei. Ya sabemos cómo la prudente y rápida intervención del Fundador logró desviar el peligro. Pero la desaparición de aquella Comisión especial no supuso variación favorable en algunas personas de la Curia para con el Opus Dei. Continuaron los atascos de las gestiones, señal evidente de que no era aquél un momento propicio para replantear cualquier iniciativa que tocase la cuestión institucional.
Desgraciadamente, los anteriores sucesos no constituían episodios aislados. Por los comentarios recogidos de boca de algunos ilustres eclesiásticos, Mons. Escrivá vino a enterarse de que, en torno a su persona, y sin que llegase a conocimiento del Santo Padre, se estaba creando el vacío, que ya le iba envolviendo en un cerco de hostilidad.
En desgracia oficial caían también quienes declarasen su amistad al Fundador, el cual agradecía con toda su alma la lealtad de otros muchos. El 27 de abril de 1970 escribía al Cardenal Dell’Acqua:
Muchísimo me ha alegrado el ver, una vez más, que Dios le ha concedido la gracia de entender a fondo nuestro espíritu; y, como puntos esenciales de él, el amor y lealtad constante hacia la Santa Iglesia y el Papa, y el ansia apostólica de llevar a Cristo todas las almas. Esta afectuosa comprensión suya nos ha sido y nos es de gran estímulo y consuelo para amar cada día más a nuestra Madre la Iglesia y al Vicario de Cristo en la tierra.
Me ha conmovido profundamente —y no puedo menos de agradecérselo en extremo— la fortaleza con que V.E. aprovecha toda ocasión de difundir la verdad sobre nuestra Obra. Es un gran servicio el que está prestando a la Iglesia, pero —es de justicia que lo diga— también es un servicio heroico en las actuales circunstancias.
¿Tan arriesgadas eran las circunstancias como para calificar de heroica la lealtad del Cardenal? Increíble resulta, pero los hechos hablan. Grave era, ciertamente, la situación cuando el Fundador recorría santuarios de la Virgen, en España y Portugal, implorando socorro del cielo.