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13 de diciembre de 1941
Comienza la persecución del Opus Dei en España
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Realmente, la situación de España, escribe el Fundador, no era la más propicia, desde ningún punto de vista, para que una fundación joven y nueva fuera adelante. No estaba el ambiente dispuesto. Acudiendo al refranero, decía don Josemaría que no estaba el horno para bollos ni la Magdalena para tafetanes. No se trataba tan sólo de calumnias e injurias verbales. El peligro era muy serio. Un embajador, amigo suyo y persona bien informada, le avisó que ciertos extremistas de la Falange habían decidido eliminarlo. Cómico, y alarmante a la vez, dada la estrecha vinculación ideológica existente entre algunos sectores falangistas y el nacionalismo alemán, es lo que se lee en un apartado del Informe Confidencial. Refiriéndose a la Residencia de Jenner se hacía constar que en esta residencia existía un mapa de Alemania cubierto de cerdos; asegurando que no se trataba de un mapa de producción ganadera, sino de representación del pueblo alemán.
También se denunciaba en dicho Informe que la gente de la Obra pretendía, además del poder político, hacerse con la enseñanza universitaria, las cátedras y los centros de investigación científica. Y así sucedió que, cuando algunos miembros de la Obra se presentaron a las oposiciones públicas para tratar de obtener una cátedra universitaria, chocaron con tales prejuicios, que vinieron a ser injustamente discriminados en las pruebas de examen. Tanto se había extendido la especie de que intentaban copar las cátedras por procedimientos tenebrosos que, aún a la gente amiga le era difícil dejar de creer las calumnias que circulaban públicamente. A un sacerdote le explicaba don Josemaría:
Mira: tú sabes cómo el Opus Dei, ajeno en absoluto a toda preocupación de ambiciones terrenas, busca exclusivamente "la perfección cristiana de sus miembros, por la santificación del trabajo ordinario". El Opus Dei es obra sobrenatural que se preocupa solamente de la vida interior de las almas. Por eso, no es posible que le falten contradicciones. Y el Señor ha permitido que padezcamos la persecución de los buenos, que es la mayor contradicción. Y a los buenos se han unido los que no lo son tanto: los que odian a la Santa Iglesia y a la España católica [...].
Quienes pertenecen a la Obra saben bien que no pueden agradar a Dios, si no acomodan su vida al decoro social más exquisito y a la moral cristiana más exigente. Puedes, por tanto, rechazar de plano ese montón de inmundicias que les atribuyen, para escalar puestos que no les interesan.
¡Que trabajo con universitarios! Es verdad. ¿Acaso es un delito? Yo entiendo que es servicio señalado a la Patria. Igual pudo el Señor haberme movido a trabajar con analfabetos. Pero falta a la verdad quien se atreva a afirmar que trato de "copar" las Universidades. La Obra no es para formar catedráticos: es para formar santos, en todas las actividades sociales, que no tengan más afán que amar a Jesucristo (y, por tanto, a la Patria) y hacer silenciosamente el bien.
Tales sucesos —unos chuscos, otros ridículos, y todos ellos lamentables— se apilaban como montones de basura. Mientras tanto no cesaban de llegar nuevos infundios a oídos de don Josemaría. Aunque para él la mayor molestia era tener que recogerlos puntualmente, obedeciendo órdenes de su Prelado. Así le ocurrió en diciembre de 1941, cuando se encontraba en Valencia, dando ejercicios a las universitarias de Acción Católica en el convento de las Religiosas del Servicio Doméstico. Muy harto debía estar de todo aquello cuando comienza su anotación con esta resignadas palabras: Otra vez tengo que tomar la pluma, para obedecer, anotando chismes y chismerías. ¡Todo sea por Dios!
He aquí el resumen del apunte, en que recoge la conversación mantenida con una de las ejercitantes, la señorita María Teresa Llopis, estudiante de Ciencias Químicas. Esta señorita, según contaba ella misma a don Josemaría, había sido enviada por terceras personas a la tanda de ejercicios espirituales, con el ingrato encargo de espiar al sacerdote. Arrepentida, le comunicó la sucia trampa que le tendían. Según la señorita Llopis, se preparaba un tenebroso enredo, tramado por algunos Concejales del Ayuntamiento de Valencia con el respaldo del Comisario de policía. Y, como para dar veracidad a lo que con tanto aire de misterio contaba a don Josemaría, le suministró alguna información sobre lo que preparaban contra la Residencia de la calle Samaniego:
— ¿Hay un pozo en la casa?, preguntó al sacerdote.
— Sí, hija mía: la casa es muy vieja, y supongo que habrá pozos así en muchas casas de Valencia.
— Pues ahí aseguran que han echado los signos masónicos. Y también aseguran que hay unos pasadizos, siguió afirmando la señorita Llopis.
Yo volví a nuestra casa —termina de anotar el Fundador— y, al escribir esto en la media noche del viernes al sábado, no puedo menos de sonreírme ante lo burdo de las calumnias. Les falta otro dato del local: en esta casa hay ¡siete escaleras! Bonito título para un cuento de miedo: la casa de las siete escaleras.
El tono de chanza con que escribe es indicio de que el misterioso relato de la señorita Llopis le salía por una friolera. ¡Eran ya tantos, y tan repetidos, los infundios! Pero, en este caso, se equivocó. Efectivamente, las autoridades municipales, escudándose en una inspección sanitaria intentaban clausurar la Residencia de la calle de Samaniego. Don Josemaría se dio prisa en deshacer el entuerto, mandando estudiar el asunto a un arquitecto del Ayuntamiento de Madrid, para cerciorarse de que todo era pura arbitrariedad.
Es menester evitar el atropello —escribía a su amigo Antonio Rodilla—. Espero, por tanto, de ti —es de mucha gloria de Dios— que visites al alcalde y, si es preciso, al gobernador; y pongas en claro el asunto, logrando que nos dejen en paz, sin obligarnos a dar ni un brochazo de pintura, porque es innecesario a todas luces. Lo que querrían es obligarnos a cerrar la casa, o, por lo menos, interrumpir nuestra labor de almas y sacarnos dinero. No sé si sabes que ya buscaron excusa para ponernos otra multa, que se pagó, aunque no estaba claro el asunto, para evitar molestias. Se ve que les parece poco.
El espionaje de los centros de la Obra, y del apostolado que en ellos se hacía, continuó por muchos años. En 1943, esta vez en Madrid, en el centro de Diego de León, se presentó un agente del Servicio de Información de la Falange, enviado a sonsacar noticias con el pretexto de ver cómo estaba organizada la cuestión del abastecimiento. Pronto descubrió el Fundador qué es lo que realmente pretendía el intruso; y le puso de patitas en la puerta de la calle, no sin haber hecho antes amistad con él.