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10 diciembre 2026

Camino de Lourdes

10 de diciembre de 1937
Camino de Lourdes

Pedro Casciaro

Soñad y os quedareis cortos

El día 10 de diciembre de 1937, después de asistir a la Misa que celebró el Padre en la parroquia de Andorra la Vella, salimos lo más temprano que pudimos acompañados de la casi totalidad de la expedición que había atravesado la frontera con nosotros. Una parte del camino pudimos recorrerla en un camión de asientos improvisados, con las ruedas bien pertrechadas con cadenas. Después atravesamos a pie el caserío de Encamp porque el camión no pudo pasar más arriba de Soldeu. Desde allí tuvimos que seguir a pie unos quince kilómetros, hundiéndonos en la nieve hasta más arriba de las rodillas. El paisaje era espléndido.

Al principio, la marcha parecía sencilla, sobre todo en comparación con los días anteriores. Pero al poco tiempo se fue esfumando nuestro entusiasmo, sobre todo cuando empezamos a notar que se nos helaban lo pies, porque caminábamos con las mismas alpargatas que habíamos usado durante la travesía. El Padre tenía las botas destrozadas y no habíamos podido comprar otro calzado por falta de dinero. Para protegernos un poco de la nieve, nos envolvíamos de vez en cuando los pies con papeles de periódico, hasta que se convertían, a causa de la humedad, en una pasta inservible.

En estas penosas circunstancias subimos el puerto de Envalira, a 2.400 metros de altitud, y continuamos andando por la carretera hasta el refugio, al que llegamos después de las once de la mañana. A las doce reanudamos la marcha hasta el Pas de la Casa, un puesto veraniego de la aduana francesa, donde nos acomodamos todos los que formábamos parte de la expedición -unas veinticinco personas- en un autobús de catorce plazas. De ese modo, apretujados y cansados, llegamos a L'Hospitalet, el primer pueblo de Francia.

Allí los trámites se prolongaron desde las dos hasta las cinco de la tarde. A esa hora tomamos el taxi que nos estaba esperando: un viejo Citroën de alquiler que nos habían enviado unos amigos de José María y que nos hubiera recogido en Les Escaldes si la nieve lo hubiera permitido. Nos acurrucamos los ocho los dentro del vehículo, que era relativamente grande, y así, prensados como sardinas y ateridos de frío, iniciamos nuestro recorrido sobre suelo francés (a dar gracias en Lourdes).