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30 de noviembre de 1937
Paso de los Pirineos
John F. Coverdale
La Fundación del Opus Dei
A pesar de que la parada no había sido larga, el frío y la humedad de la noche, combinados con la ansiedad por la ausencia del guía, habían surtido efecto. Poco después de que reiniciaran la marcha, Albareda sucumbió a la fatiga. Permanecía quieto y en silencio, sonriendo vagamente. Si alguno le tomaba de la mano, volvía a caminar, pero muy despacio. Tan pronto como le soltaban, se detenía y permanecía de pie sin oír nada de lo que se le decía. Afortunadamente, casi todo el camino era cuesta abajo y su destino no estaba lejos, así que con la ayuda de los demás, que también estaban al límite de sus fuerzas, Albareda consiguió alcanzar el granero de Baridá, donde pasaron las horas del día 30 de noviembre.
El grupo partió de nuevo tan pronto como el sol se ocultó ese día. Aquella noche no tenían que ascender ninguna montaña, pero durante los 15 kilómetros de marcha hasta Campmajor tuvieron que cruzar frecuentemente ríos helados y sus ropas pronto se empaparon. Un villancico pasaba por la cabeza de Casciaro una y otra vez. Cuando trataba de rezar el Rosario en silencio, perdía la cuenta a menudo y terminaba rezando misterios de veinte o treinta avemarías. Otros miembros del grupo tuvieron experiencias similares debido al extremo cansancio físico y mental. En medio de sus propios sufrimientos se preocupaban de Escrivá. Casciaro relata que, en su propio estado de confusión mental, solía pensar en cómo debía sentirse Escrivá si él se encontraba tan mal, teniendo en cuenta que había comenzado la aventura de Barcelona y el paso de los Pirineos en una forma física relativamente buena. En Torrevieja, Albacete y Valencia no había padecido el hambre que había pasado Escrivá durante un año en Madrid. Y además, tenía trece años menos que él y buena salud, mientras que él había sufrido periodos de fiebre alta con un prolongado ataque de reumatismo.
“Estas consideraciones me servían para hacer oración y encomendarle. Al mismo tiempo me irritaban algunas cosas que veía hacer al Padre: por ejemplo, no se protegía del frío, metiéndose periódicos entre la ropa, bajo el jersey, como hacíamos todos; procuraba comer menos para que a nosotros nos tocara más; apenas dormía cuando descansábamos en aquellos corrales y cuevas; y yo adivinaba que hacía todo aquello para mortificarse y para rezar más. Todo esto, al mismo tiempo que me conmovía, no acababa de entenderlo y, por el cariño que le tenía, hubiera querido impedirlo”.