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5 mayo 2027

SANTAS ÁGAPE, QUIONIA e IRENE

SANTAS ÁGAPE, QUIONIA e IRENE (†304)
Pérez de Urbel

Año cristiano

El césar Galerio, fanático rabioso, insistía; el emperador Diocleciano, con prudencia de viejo, vacilaba. Los dos hombres discutían en el salón más apartado del palacio de Nicomedia, rodeados de un ambiente de misterio: “Un gran proyecto debe salir de esas conferencias—decían los cortesanos—. Tal vez el plan de la conquista de Persia, o alguna ley providencial que venga a detener la espantosa crisis económica.” Entretanto, ellos se pasaban juntos las horas muertas. El césar, exigente y despectivo; el augusto, despacioso y moderado. Defendía su obra, su política de veinte años. “¿Para qué complicar las cosas?—decía, arrellanado en un brazo del sillón, sosteniendo el mentón con la izquierda—. Esas gentes obedecen a la ley; no podemos exigirles otra cosa. No me metas, por Hércules, en este asunto, que no sabemos adónde nos podría llevar.” El pobre viejo daba pena. Acorralado por los gritos furiosos y las imperiosas gesticulaciones de su colega, se defendía tímidamente, imploraba, transigía. “Bueno—decía—, arrojaremos a los cristianos del ejército, les quitaremos todo empleo de confianza, los expulsaremos de la corte: ¿no te basta eso?” Galerio negó rotundamente. Sólo con una proscripción universal quedaría contento.
Quedaba todavía un subterfugio: consultar a los oráculos. Una embajada partió para Mileto a fin de averiguar lo que pensaba Apolo Didimeo. Más tarde, cuando Anscario penetre en Escandinavia, los noruegos le dejarán entrar con el beneplácito de Odín; pero Apolo, a pesar de tener en la mano su arpa eólica, se mostró más sanguinario. “Respondió—dice Lactando—como enemigo de nuestra religión.” Pero un adolescente, que entonces vivía junto al emperador Diocleciano y será a su vez emperador—se llamaba Constantino—, añade algunos detalles curiosos. Oculto en su templo, el más grande de todos los de Asia, el dios se quejaba de estar reducido a la impotencia. Ni podía cantar, ni hablar, ni mentir. Imposible adivinar el porvenir. En la tierra vivían unos hombres justos (no en todo se equivocaba) que con su justicia le vendaban los ojos. Del trípode sagrado sólo caían necedades. Y al recoger este oráculo, el sacerdote se tiraba de las barbas y agitaba sus cabellos erizados.
La respuesta apolínea produjo su efecto. Pocos días después el edicto de proscripción aparecía en las puertas de los edificios públicos de Nicomedia. Se prohibían las asambleas cristianas, se mandaba arrasar las iglesias; se decretaba la hoguera para todos los escritos bíblicos y patrísticos, y todos los cristianos eran declarados infames, sin libertad, sin privilegios, sin derechos civiles. Siguió poco después otro edicto, según el cual todos, en cualquier ciudad, en cualquier país que se encontrasen, debían ofrecer públicamente sacrificios y libaciones a los ídolos. Esto sucedía en la primavera del año 303.
Empezaron los heroísmos y las deserciones. Los procónsules y los prefectos se esmeran por cumplir las órdenes de sus amos. El gobernador de Macedonia, Dulcedo, hace una investigación minuciosa para apoderarse de todos los libros eclesiásticos; pero una cristiana llamada Irene se le adelanta, ocultando en su casa la mayor parte de las escrituras de sus correligionarios. Después, esta intrépida mujer se oculta en las montañas con sus hermanas Ágape y Quionia. Pero los espías pululan por todas partes. Ni siquiera en los desiertos hay seguridad. En el mes de marzo del año siguiente, las tres hermanas son llevadas a presencia del gobernador, juntamente con un cristiano y algunas otras mujeres. Se les acusaba de haber rehusado comer las carnes de los sacrificios idolátricos.
Abierta la Sesión, dijo al gobernador uno de los escribientes:
—Si así lo ordenas, leeré el informe del jefe de policía acerca de estos que están aquí.
—Lee—dijo Dulcecio; y terminada la lectura, preguntó a los inculpados:
—¿Qué locura es esa que os lleva a despreciar las órdenes de los emperadores y los Césares? ¿Por qué no has participado en los sacrificios como acostumbran a hacer los que han sido consagrado a los dioses?—añadió, dirigiéndose a Agatón, el único hombre acusado, que probablemente había sido anteriormente sacerdote del paganismo o iniciado de algún misterio idolátrico.
—Porque yo soy cristiano—respondió el interpelado.
—¿Persistes en tu resolución?
—Con toda mi alma.
—Y tú, Ágape, ¿qué dices?
—Creyente del Dios vivo, me he negado a hacer las cosas de que hablas.
—Veamos, Irene; ¿por qué no has obedecido a las piadosas disposiciones de los emperadores y los Césares?
—Porque temo a Dios.
Con los demás reos había otras tres mujeres, que habían sido llevadas al tribunal por el mismo motivo. Llamábanse Casia, Felipa y Eutiquia. También ellas respondieron animosamente a las preguntas del gobernador.
—Tú, Casia, ¿qué dices?
—Que quiero salvar mi alma.
—¿No quieres tomar parte en los sacrificios?
—No.
—¿Y tú, Felipa?
—Lo mismo.
—¿ Qué quieres decir con eso ?
—Que prefiero morir antes que comer de vuestros sacrificios.
Eutiquia respondió con términos semejantes; pero, viendo que estaba embarazada, le dijo Dulcecio:
—¿ Tienes marido ?
—Se me ha muerto,
—¿Cuánto tiempo hace?
—Cosa de siete meses.
—¿ Pues de quién estás encinta ?
—Del esposo que Dios me había dado.
—Te aconsejo, Eutiquia, que abandones esa necedad y te vuelvas algo más razonable. Dime: ¿quieres obedecer los reales mandatos ?
—No quiero obedecer, porque soy cristiana y sierva del Dios omnipotente,
—Que se la guarde en la prisión, en vista de su estado—dijo el gobernador; y empezó a interrogar nuevamente a los otros.
—Ágape, ¿quieres hacer lo que hacemos nosotros, que estamos consagrados al servicio de nuestros amos, los emperadores y los Césares?
—No está bien que yo me consagre a Satán—respondió la mártir—; mi resolución es irrevocable.
—Y tú, Quionia, ¿tienes algo que decir?
—Que nadie podrá torcer mi voluntad.
—¿No hay entre vosotros algún escrito de los impíos cristianos, libros o pergaminos ?
—Ninguno, oh presidente; porque los que son hoy emperadores nos los han robado todos.
—¿ Quién, pues, os ha metido ese espíritu en la cabeza ?
—Dios todopoderoso.
—¿Quiénes son los que os han arrastrado a esa locura?
—El Padre omnipotente, y su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
Dulcecio había hablado con la serenidad, con la sangre fría de aquel a quien no le importan unas cuantas vidas más o menos. Ahora, su semblante toma una expresión más dura. Sin embargo, no parece haber en él ni odio ni piedad. Como representante de la ley, aparece impasible.
—Es evidente—dice—que todos vosotros debéis someteros a nuestros poderosos emperadores y Césares; pero, puesto que después de tantos decretos, advertencias y amenazas seguís despreciando los justos mandamientos de los emperadores y los Césares y persistiendo en el nombre impío de cristianos; puesto que, instados por nuestros agentes y por los primeros de la milicia a renunciar por escrito a Cristo, mantenéis vuestra negativa, vais a recibir el justo castigo.
Y dictó la sentencia: “Ágape y Quionia, que por su impiedad y espíritu de rebeldía han resistido a la orden divina de nuestros amos los emperadores y los Césares, y siguen practicando la religión de los cristianos, vana, temeraria y odiosa a todos los hombres piadosos, serán entregadas a las llamas. Agatón, Casia, Felipa e Irene sean guardados en la cárcel hasta nueva orden.”
Las dos condenadas al fuego aceptaron el suplicio con alegría, sintiendo únicamente verse separadas de su hermana. Pero, unos días más tarde, Irene compareció de nuevo en presencia del gobernador.
Dulcecio comenzó el interrogatorio con una seria reconvención, pues acababan de ser descubiertos los libros que Irene tenía escondidos.
—Tu propósito impío se muestra claramente en el hecho de haber querido conservar hasta este día tantos pergaminos, libros, tablillas, volúmenes y páginas de las escrituras de los impíos cristianos. Cuando te los presentaron, los reconocistes, aunque antes te empeñases en negar que fuesen tuyos, a pesar del suplicio de tus hermanas. Has caído bajo el rigor de la ley. Sin embargo, aún hay indulgencia para ti si reconoces a nuestros dioses. ¿Qué dices: obedeces las órdenes de los emperadores y los Césares? ¿Estás dispuesta a ofrecer un sacrificio y a comer las carnes inmoladas?
—No—respondió Irene—; no, por el Dios omnipotente que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos. El supremo castigo del fuego eterno cae sobre los que reniegan a Cristo.
—Pero ¿ quién te ha movido a conservar hasta este día esos papeles y esas escrituras?
—El mismo Dios omnipotente, que nos ha mandado amarle hasta la muerte.
—¿Y quién sabía en tu casa que los guardabas?
—El Dios omnipotente, que sabe todas las cosas, pero nadie más; pues a nuestros esposos, si no son cristianos, los miramos como a nuestros peores enemigos.
—¿Y dónde te ocultaste el año pasado, cuando salió el decreto de nuestros amos, los emperadores y los cesares?
—Donde Dios quiso... Dios sabe que vivíamos en las montañas, al aire libre.
—¿ Quién os alimentaba ?
—El que da su alimento a todas las criaturas.
—Y tu padre, ¿no era cómplice?
—No, por el Dios todopoderoso, pues él nada sabía.
—¿Y lo sabía alguno de tus vecinos?
—Pregúntaselo a ellos; infórmate de los lugares en que estuvimos y de los que los conocían.
—¿Y leíais esos escritos en presencia de alguno?
—Estaban en nuestra casa, pero no nos atrevíamos a leerlos; y estábamos tristes porque no podíamos estudiarlos día y noche, como hacíamos antes.
—Has merecido la muerte—concluyó el gobernador—; no quiero, sin embargo, que perezcas inmediatamente. Ordeno que los guardias y Zósimo, verdugo público, te expongan desnuda en el lupanar; diariamente te llevarán un pan del palacio, y los guardias no te dejarán salir. Ya lo sabéis, va en ello vuestra cabeza. Y ahora, que me traigan los libros encontrados en los cofres de Irene.
Este cobarde procedimiento, usado ya en otras persecuciones, se hizo más frecuente en la última. Declarados infames, los cristianos podían legalmente ser deshonrados de cualquier manera por los magistrados. Como siervos del fisco, se les podía encerrar en los lugares de corrupción, o lo que era casi lo mismo , en los gineceos y las fábricas del Estado. Irene sufrió aquel atentado contra su pudor; pero nadie, dicen las actas del proceso, osó acercarse a ella. No obstante, se llenó de gozo al saber que el gobernador la llamaba de nuevo. Esta vez era para acabar rápidamente.
—¿Persistes en tu temeridad?—preguntó Dulcecio.
—No en mi temeridad, sino en el culto de Dios—respondió ella.
—Pues vas a sufrir la pena que mereces—replicó Dulcecio, y ordenó que fuese quemada viva como sus hermanas.
Conducida al suplicio, Irene subió a la hoguera cantando salmos, y continuó cantando hasta que perdió el sentido. Así murieron aquellas tres heroicas mujeres, cuyos nombres, con un gracioso simbolismo frecuente entre los primeros cristianos, nos recuerdan la blancura inmaculada de la nieve, el laurel de la paz y la púrpura sagrada del amor.