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SAN PEDRO DE VERONA (1206-1252)
Pérez de Urbel
Año cristiano
Hoy difícilmente llegamos a formarnos una idea exacta del hombre medieval. Le imaginamos recluido en un estrecho círculo de vida material, sin preocupaciones superiores, sin inquietudes espiritualistas, sin luchas religiosas, indiferente a todo anhelo científico, embrutecido y ajeno a todo afán de reflexión y examen personal. Pero si examinamos de cerca aquella Edad Media, enorme y delicada, veremos en ella los más peregrinos y dramáticos contrastes: rebeldía contra toda dominación, y admiración por aquellos hombres de pasiones enérgicas que, después de imponerse con actos de violencia y de barbarie, expiaban sus crímenes en la paz de un claustro; Ignorancia y superstición, y a la vez apetito insaciable de todo lo que se presentaba con el nombre de ciencia; austeridad de vida y horribles maceraciones, junto con la mayor licencia de costumbres; prácticas sórdidas e impías, unidas a las más bellas y fervorosas devociones; el orden al lado de la anarquía; la santidad con la aberración; la caridad más exquisita frente al odio más feroz; las más sublimes concepciones, realizadas por los medios más salvajes; en suma, la barbarie moderada por el cristianismo, y el cristianismo manchado por la barbarie.
Tal es el medio en que se desarrolla la vida de San Pedro de Verona. Nace en un hogar herético. Enjambres de herejías pululaban, alrededor de 1200, en aquellas ciudades inquietas e industriosas del norte de Italia: valdenses, albigenses, pobres de Lyón, cátaros, patarinos, insabatatos. En su infancia se encontró Pedro muchas veces con el gran problema que preocupaba a los hombres de aquella edad: “¿Cómo se puede concebir bajo el gobierno de un Dios bueno la existencia de tantos malos ?” Y un tío suyo le daba la consabida solución de todos los que no parten de la existencia del pecado original, la solución del dualismo maniqueo con sus dos principios coeternos, el de la luz y el de las tinieblas, empeñados siempre en una guerra encarnizada. “Dios—añadía el viejo—reinaba sobre el Cielo y los ángeles; el demonio, sobre la tierra y las mujeres. Una muralla de diamante defendía el reino de Dios, pero su enemigo, después de un esfuerzo de miles de años, logró abrir un portillo. A través de él se asomaron los ángeles, y habiendo visto a los habitantes del reino diabólico, salieron a bandadas prendados de su belleza, y así nacieron los hombres, mezcla de luz y tinieblas, de Cielo y de infierno, de bien divino y de perversión diabólica.” Este cuento infantil hacía reír al muchacho ; pero cuando le hablaban contra los sagrados libros, o contra el sacramento de la Eucaristía, o contra la autoridad del Romano Pontífice, poníase serio, discutía con una lógica que dejaba pasmados a sus pérfidos catequistas, y amenazaba con marcharse de casa.
Más tarde, estudiando en Bolonia, llegó a comprender plenamente el peligro en que se había encontrado, y su fe se hizo más firme, más clara, más consciente, y un día, habiéndose encontrado con Santo Domingo de Guzmán, le pidió el hábito de los hermanos predicadores. Desde aquel momento mi anhelo más ardiente será convertir herejes, defender la verdad, deshacer sofismas, combatir los errores que habían sido el objeto de sus controversias infantiles. Es la herejía do los patarinos. Nadie la conoce como él; nadie ha analizado mejor sus argucias, ni descorrido el velo de sus infames conventículos. Afectan una vida penitente, siguen tendencias vegetarianas y anarquistas, se rebelan contra toda autoridad, rechazan la resurrección de la carne, porque es hechura del dragón; niegan la presencia real, odian la Cruz, declaran obra diabólica el Antiguo Testamento, y tienen su organización, su culto y sus sacerdotes. Son fanáticos, agresivos, casi imposibles de convertir. En el tormento, injurian y cantan; en las sombras, conjuran y asesinan; en sus conventículos, se manchan con ritos nefandos.
Tales son los hombres entre los cuales Pedro de Verona va a derramar su palabra, su sudor y su sangre. Camina de ciudad en ciudad, penetra en las aldeas más apartadas, predicando, discutiendo, investigando y juzgando. Es inquisidor al mismo tiempo que predicador. La verdad no sería la verdad si lo que la contradice no fuese el error, y el error no sería el error si su consecuencia no fuese el desorden. Y el desorden había hecho ahora de Italia un verdadero caos. Se atacaba la justicia, la propiedad, la autoridad, la familia; las bases de la sociedad estaban en peligro. La sociedad se defendía ferozmente. Todas las repúblicas italianas habían decretado leyes terribles contra los sectarios, y la herejía estaba considerada como un delito civil, un delito más horrendo que el de lesa majestad. Cuando la autoridad no intervenía, el pueblo se encargaba de vengarlo: había luchas en las calles, batallas campales, asesinatos. La Iglesia intervino también, y apareció la Inquisición, como un sustituto de las matanzas en masa y de los consejos de guerra, mucho más suave, más legal y más preocupado de librar del castigo a los inocentes y a los arrepentidos.
Pedro fue uno de los primeros inquisidores, pero de él no puede decirse que alumbra su camino con hogueras. Al contrario, la luz de la verdad brilla por dondequiera que pasa. Tiene un temperamento batallador, pero lo que le importa es la conquista de las almas. Hay tal fuerza de convicción en su palabra, que los herejes tiemblan más ante sus argumentos que ante su hopa inquisitorial. Le aman y le odian a la vez; le aman por su bondad, y le odian porque, sin necesidad de verdugos ni torturas, sus iglesias quedan deshechas. En 1244 llega Pedro a Florencia, aterrada por la insolencia de los patarinos; llega rodeado de su cortejo de laudesi, una cohorte de gentes piadosas que le acompañan cantando laudes en honor de María y del Santísimo Sacramento, para compensar las blasfemias de los herejes. Diariamente predica en la plaza de Santa María Novella, pero es tal la concurrencia que llega para escucharle, que la Señoría se ve obligada a ampliar el local. Con frecuencia los milagros se juntan a las palabras. Todavía se ven en Florencia frescos borrosos de Tadeo Gaddi que representan a los adversarios del misionero inmovilizados repentinamente por una influencia sobrenatural. Hay otro en que aparece un caballo galopando furioso por encima de la multitud apiñada, sin causar el menor daño. A veces, durante el sermón, sus oyentes se veían asaltados por bandas heréticas, que venían dispuestas a luchar. Entonces el predicador se sentía guerrero, y, arengando a los suyos, se lanzaba al combate. Con los laudesi le escoltaban los capitanes de Santa María, milicia sagrada que él mismo había organizado para defensa de la fe.
De Florencia pasó Pedro a Milán, donde el corifeo del error era una mujer, que se llamaba Guillermina, cuyo cerebro en delirio había discurrido las más absurdas aberraciones. Decíase hija del rey de Bohemia; el ángel San Rafael había anunciado su prodigioso nacimiento; en sus entrañas se había encarnado el Espíritu Santo, y todo el mundo debía adorarla como verdadero Dios y verdadero hombre que era para el sexo femenino. La pobre loca tuvo devotos hasta entre los frailes; logró oraciones, adoraciones, luminarias, incienso, panegíricos y, al morir, honrosa sepultura en un convento. Los patarinos estaban también allí bien organizados, y su rabia era tal, que insultaban a los sacerdotes, blasfemaban del Cielo, parodiaban las ceremonias del culto y suspendían cabeza abajo los crucifijos. Pedro reanuda aquí sus campañas de Florencia, combatiendo la ignorancia, el error, la superstición y el vicio. El odio de los herejes empieza a perseguirle con saña. Su vida peligra, pero él sigue la lucha sin acobardarse. Un día, predicando en la plaza de San Eustorgio, de Milán, termina con estas palabras: “Yo sé que la sinagoga de los malvados ha decidido mi muerte; sé que ya está depositado el dinero que se ha de dar al asesino. Hágase como quieren; no tardarán en darse cuenta de que mi muerte va a hacerles más daño que mi vida.” Quince días más tarde, el sábado después de Pascua, el misionero se dirigía de Milán a Como. Ahora la milicia del estandarte blanco estaba lejos de él; tampoco los laudesi le acompañaban. Iba solo a través de un bosque, rezando el salterio. De repente, el sicario sale de la espesura. Herido en la cabeza, el mártir mojó un dedo en su sangre, y después de escribir en la tierra la palabra Credo, dejó de existir. Los milaneses le erigieron un artístico mausoleo, que Santo Tomás decoró de bellos hexámetros. “El pregón, la lámpara, el atleta de Cristo, del pueblo y de la fe, aquí calla, aquí se esconde, aquí yace inicuamente inmolado; voz dulce para las ovejas, luz amable para las almas, espada del Verbo, cayó al golpe malvado del puñal.” Así lloraba el doctor al mártir.