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SAN DESIDERIO (595-655 )
Pérez de Urbel
Año cristiano
Dos obispos galos, Salvio de Albi y Gregorio de Tours, historiador famoso, paseaban juntos alrededor del palacio del rey de los francos. En medio de la conversación, el de Albi, como asaltado por una idea, se detuvo de repente y dijo a su amigo:
—¿No ves algo sobre el techo de este edificio?
—Veo—respondió Gregorio—la nueva azotea que el rey acaba de hacer construir.
—¿Y no distingues nada más?
—Nada absolutamente—replicó su interlocutor—; si tú ves otra cosa, dímelo.
—Veo—dijo Salvio, exhalando un suspiro—la espada de Dios suspendida sobre esta casa.
Los prelados galorromanos sentían honda tristeza ante la barbarie que reinaba en la corte de sus dominadores. El mismo Gregorio nos ha contado, con pluma vigorosa y realista, aquella sucesión interminable de asesinatos, de intrigas, de traiciones, de violencias y de confusión moral. Hoy caía un rey, mañana una reina aparecía ahogada en su lecho; otro día un obispo era sacrificado junto al altar. Pero no faltaban tampoco ejemplos admirables, que brillaban con más vivo resplandor en medio de las sombras. Unos años después que los obispos de Tours y de Albi sostuvieron aquella conversación, el palacio merovingio era casi una escuela de santidad. Refiriéndose a aquellos primeros años del siglo vil, podía decir un autor de aquellos días: “¡Qué deleite contemplar el escenario amable y puro en que unos hombres justos y temerosos de Dios reinaban al lado de los reyes, y con ellos reinaban la justicia, la fe, la modestia, la verdad! ¡ Oh, qué augusto era entonces ese palacio, del cual salían tan ilustres pontífices, hombres amigos de Dios, que eran la fuerza de la Iglesia por la fe, y su luz por la doctrina, y su grandeza por la humildad, y su belleza por la virtud, y por la caridad su fundamento!”
Estas líricas exclamaciones se las arrancaba al viejo cronista el recuerdo de la escuela del palacio, donde se formaban en la ciencia y la piedad, donde aprendían gramática y retórica hombres como San Leodegario, San Eligió, San Audoeno, San Modoaldo y otros muchos a quienes la Iglesia ha puesto en sus altares. El maestro, el abad de la escuela palatina, era un meridional grave y austero, un aquitano de la región de Albi, que, viajando a través de Italia, había adornado su espíritu con un barniz brillante de cultura clásica. Se llamaba Rústico. Entre los discípulos figuraba un hermano suyo, a quien su madre, Harchenfreda, había enviado a la corte en busca de algún puesto brillante. Era un muchacho de agudo ingenio, afable, de finas maneras, y tan asiduo a los libros, que pocos como él conocían las leyes de la elocuencia y los secretos de la legislación franca y romana. Al tiempo de dejar su tierra, habíale prometido a su madre que sería casto, y, fiel a su promesa, vivía entre las pompas del palacio con la reserva de un monje. El primero de sus maestros, dice el biógrafo, era su propia conciencia. De los confines del reino le llegaban de cuando en cuando las cartas de su madre, que le llenaban de aliento para seguir aquella vida austera en medio de las fascinaciones de la corte. “Gracias sean dadas al Dios omnipotente—decía aquella solícita madre—, porque me ha dado ocasión de dirigir estas líneas a tu ternura. Yo la aprovecho para saludarte con toda la plenitud de mis entrañas, y ruego a la misericordia del Señor que me alegre abundantemente con tu vida y tu conducta. Ante todo, mi dulcísimo y amadísimo hijo, te recomiendo que pienses en Dios con frecuencia, que evites en el corazón y en las obras toda acción que pueda desagradarle.” Le recuerda luego la fidelidad para con el rey, una amistad discreta para con sus compañeros y la edificación y el buen ejemplo para todos. “Nunca olvides—concluye—lo que he prometido a Dios por ti; y así, anda siempre con temor de ofenderle; no entristezcas a esta madre que te saluda con toda la plenitud de su alma.” En otra epístola, la vigilante Herchenfreda insiste en los mismos consejos y los precisa. “Guarda la ley de la caridad —dice a su hijo—, sé cauto en el hablar, y si haces algo reprensible, enmiéndate en seguida. Ten cuidado, ante todo, de conservar el tesoro de la castidad. Relee con frecuencia mi carta anterior, y pon todo tu afán en cumplir lo que he prometido a Dios por ti.” Y después de haber expuesto estas reglas de conducta por medio de su secretario, la buena anciana añade de su puño y letra: “Que el Señor te guarde, hijo mío, y te haga heredero de su reino.”
Con las preocupaciones de la solicitud materna, esta carta nos refleja ya el sentimiento del respeto y de la admiración. Harchenfreda no encuentra palabras con que agradecer a Dios las bendiciones que derrama sobre su señoría, el amabilísimo hijo Desiderio, y su lenguaje se viste con toda la solemnidad de la etiqueta. Se ve que Desiderio ha crecido en edad y en honores. Es ya el ilustrísimo señor Desiderio, tesorero de su alteza el rey de los francos, Dagoberto. Mientras su hermano se alejaba a ocupar la sede episcopal, él se aseguraba una carrera espléndida en la corte. El rey le amaba, la reina buscaba su consejo, los obispos buscaban su patrocinio, y los mismos magnates le hacían su representante al lado de la majestad real. Honrado de la confianza de todos, a pesar de sus pocos años, sentíase feliz, cuando recibió una carta en que su madre le participaba una noticia terrible. Empezaba así: “Al siempre deseable y dulcísimo hijo Desiderio, su desgraciada madre: No sé si te han dicho que tu dulcísimo hermano, el obispo Rústico, ha sido asesinado por los pérfidos hombres de la Iglesia.” Así anunciaba Harchenfreda a su hijo aquella desgracia familiar. No hay un sollozo, ni una lágrima, ni una lamentación en sus palabras. Si algo siente, es tener ya tan pocas fuerzas para vengar el crimen. Aunque discipula sincera del Evangelio, es hija de bárbaros: es preciso lavar la sangre de aquel hijo dulcísimo; “y yo, su pobre madre, ¿qué puedo hacer?” Pero allá en el palacio está el hermano del muerto. “A ti te incumbe —le dice—mirar por el honor de la familia; tu padre ha muerto, tus hermanos han dejado también este mundo; toma varonilmente esta causa en tus manos, y haz que se ejecute un gran ejemplo.” Harchenfreda habla como quien cumple un deber, y continúa dando al único hijo que le queda las más nobles recomendaciones: “Anda siempre vigilante, dulce prenda de amor; ya que has perdido el consuelo de tus hermanos, no te pierdas tú también, te lo suplica tu madre. Tiembla ante el camino de la muerte, el camino ancho y holgado que conduce a la ruina. En cuanto a mí, creo que el dolor me va a quitar la vida. Ruega para que, al salir mi alma de este mundo, caiga en brazos de aquel por cuyo amor suspiro noche y día.”
Ciertamente, aquella madre era una santa; pero el joven tesorero, dulce por temperamento y más íntimamente penetrado del espíritu del cristianismo, no estaba conforme con aquellas ideas de venganza, que el mundo germánico consideraba como una cosa sagrada. No obstante, el rey quiso hacer un escarmiento terrible: hubo mutilados, ahorcados, desterrados y hombres libres sujetos a perpetua servidumbre. Los ciudadanos de Cahors, queriendo dar una satisfacción al hermano del muerto, le pidieron al rey por obispo. Firmado el 13 de abril del año 629, salía este decreto: “Dagoberto, rey de los francos, a los obispos, a los duques y a todo el pueblo de las Galias: Es propio de mi clemencia colocar en los altos puestos a los hombres que valen para regir a los demás. Y porque hemos observado que el ilustre varón Desiderio, nuestro tesorero, es un exacto cumplidor de todos los preceptos religiosos, que bajo el traje de la corte esconde al soldado de Cristo, y que en él resplandece una vida angélica, que ha llevado la fama de su nombre a las provincias más lejanas, ante el consentimiento de los abades y de los ciudadanos de Cahors, hemos decretado dársele por obispo, haciendo un sacrificio muy sensible, pues todos saben cuán útil era en nuestro consejo este hombre, cuya existencia es un anhelo constante hacia la celeste patria.” De esta manera el tesorero real quedó convertido en tesorero de Dios y en administrador de la gracia. Fue un obispo perfecto, “báculo de los sedientos, consuelo de los tristes, salud de los desgraciados y alimento de los que tenían hambre. Cristo en la boca, el cuerpo prosternado en tierra, la mente clavada en Dios. Su palabra corría tranquila como las aguas de una fuente purísima. Cuando predicaba, no podía imaginarse nada más bello, nada más dulce, nada más apacible y claro”. Desde el primer momento se revelaron sus dotes de arquitecto y sus gustos magníficos. Construyó iglesias, pórticos, palacios, monasterios, murallas y castillos. Observador inteligente de los antiguos edificios romanos, quiso imitarlos en la solidez y en la belleza. En su trato, ni pompas palaciegas, ni hipócrita sordidez; la distinción aristocrática, en armonía con la sencillez evangélica. Con los pobres, opulentísimo; con los amigos, liberal; a unos y otros les obsequiaba invitándoles a espléndidos banquetes, donde él ponía la gracia, el buen gusto y la abundancia; donde sus convidados debían poner el recato, el silencio y la cordialidad. Odiaba los histriones, los juglares y los monos, que muchos obispos y magnates tenían para su diversión. Bastaba que un perro se acercase al umbral de su casa o que rozase con la cola su vestido, para desazonarle; y los maliciosos se divertían a costa de esta su aprensión excesiva. Tratándose de los templos, toda magnificencia le parecía escasa. “Brillaban las gemas en los cálices, fulgían las coronas, se alzaban las torres a las nubes, resplandecían las manzanas de oro, se multiplicaban los cirios y los candelabros, las cruces alegraban la vista de los fieles, y los techos parecían constelados de estrellas. La alegría llenaba su alma cuando lo veía todo limpio y en orden, las paredes sin polvo, los pavimentos sin mancha, los vasos brillantes, las lámparas encendidas, los velos deslumbrantes, los cantos ejecutados con esmero, las ceremonias dignas, graciosas y espléndidas.” Pero su mayor cuidado le ponía en adornar los templos vivos de Dios, en levantar las almenas de las almas. “Bien está—decía—construir casas a Cristo, vestirlas de mármoles, decorarlas de pinturas y mosaicos, embellecerlas de oro y piedras preciosas, cubrirlas de artísticos artesonados, y enriquecerlas con pavimentos de varios colores; pero mucho más meritorio es disponer las almas para la venida del Esposo divino.”
Algunos ecos de aquel celo apostólico les descubrimos aún en su correspondencia. Son cartas sobrias y austeras, que nos descubren al hombre preocupado ante todo, “al hombre preocupado de estrechar los lazos de la caridad, de buscar con todo ahínco las cosas que son provechosas para el adelanto del espíritu”. Son las expresiones mismas de Desiderio. Para todos tiene una palabra buena, una advertencia oportuna, dicha siempre con gracia y con delicadeza: con ese espíritu, suave y fuerte a la vez, que siglos más tarde encontraremos en San Francisco de Sales. Escribe a los reyes, a los obispos, a los magnates y a todos los que le piden un consejo. “Pensad siempre—escribe al rey Sigeberto—lo que habéis de ser cuando tengáis que dejar el cetro; y, recordando el día de la recompensa, portaos en vuestras obras, en vuestros juicios, en vuestras decisiones de suerte que os alegréis cuando seáis a vuestra vez juzgados.” A una mujer que se había arrepentido de una culpa grave le enviaba un relato escriturístico con estas palabras: “Lee y relee esa historia que he escrito para ti. En ella encontrarás consuelo y temor; consuelo, porque Dios no niega su benignidad al alma que se arrepiente del pecado; temor, porque quien se acerca al servicio del Señor, debe prepararse a sostener grandes pruebas. Debe ser la tuya una alegría con lágrimas.” Así dirigía el prelado a su pueblo; atento a lo material y a lo espiritual, solícito con los grandes y con los pequeños. “Dios —vuelve a decir el hagiógrafo—nos había dado un obispo como no le volveremos a ver; con él vino la abundancia a nuestra ciudad, abundancia de paz en las almas y de mieses en los campos. Defendió a los ciudadanos, enseñóles el camino del Cielo, fortificó sus torres, alegró sus fiestas y les proveyó de fuentes aprisionando las aguas en cauces y tuberías. Cuando murió, sólo se oía este grito en la tierra: “¡Ay, ay! Desiderio, ¿por qué nos dejas?” Creo que desde la India hasta Bretaña, desde la fría región septentrional hasta el Atlántico, no ha existido otro hombre semejante.”