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SANTA ÁGUEDA († 251)
Pérez de Urbel
Año cristiano
Todas las generaciones cristianas han mirado con admiración la varonil figura de esta heroína siciliana. Su nombre aparece en el canon de la Misa, se lee en los más viejos calendarios, y ya en el siglo iv cantaba su gloria el papa San Dámaso. Como sucede con frecuencia, la devoción de los pueblos la ha perjudicado, envolviéndola en las nubes de la leyenda, que nos impiden ver el retrato verdadero de su alma. Sus tas son una de aquellas novelas edificantes que tanto apasionaban a la Edad Media, pero que a nosotros nos impresionan muy poco. Sin embargo, pueden recogerse en ellas rasgos auténticos que parecen eco de las tradiciones históricas y hasta de los documentos notariales. Así, por ejemplo, este diálogo entre ella y el gobernador de Sicilia, que tan genuinamente nos refleja los sentimientos y el lenguaje de los cristianos del siglo III.
—¿Cuál es tu condición?
—Soy de condición libre y de noble nacimiento, y de ello da testimonio todo mi linaje.
—Si eres noble y de ilustre familia, ¿por qué te entregas a la vida de los esclavos?
—Soy sierva de Cristo y, por tanto, de condición servil.
—Si en realidad fueses noble, te desdeñarías de hablar de esa manera.
—La verdadera nobleza es ser esclava de Cristo.
Además de noble, Águeda era bella, doble motivo para que el prefecto tratase de ganarla al paganismo. Fueron largas las promesas y duras las amenazas. Hubo que resistir los interrogatorios oficiales y las diabólicas astucias de una mujer perversa, erudita en ganar almas de doncellas a los vicios y al error. Derroche de oro, de ingenio, de tiempo y de paciencia. Era la táctica que el emperador Decio había trazado en aquella su persecución contra los cristianos, una persecución fría, metódica, implacable. Todo derramamiento de sangre debía estar sabiamente calculado. Lo que importa es el fin: aniquilar a los cristianos, no matándolos a todos—eran demasiados—, sino haciéndoles volver al culto oficial. La muerte, sí; pero cuando se ha perdido toda esperanza. Entretanto, todos los medios son buenos: debilitar la paciencia de un recalcitrante, olvidándole meses y meses en la prisión; llevar hasta poner en peligro su vida la crueldad de la tortura, y curar luego las heridas; seducirle por medio de las proposiciones más tentadoras, el dinero, el placer, los honores... No importa hacer mártires, sino apóstatas, era la expresión con que resumía su política religiosa aquel emperador austero, cómicamente austero, a quien Lactancio llamará execrable animal.
Águeda atravesó victoriosamente todos estos peligros, aplicados con ingeniosa graduación; promesas de matrimonio envidiable, espejismos de honores y grandezas, furores de un amor desairado, almíbares y acedías de una vieja taimada, caricias de garfios acerados y ardientes, angustias y oscuridad de cárceles, cuchillos que tronchan las blancas azucenas de sus pechos, azotes, ecúleos, llamas y, al fin, la muerte. Cátana, su patria, quedó para siempre decorada con su sangre y enriquecida con su veló virginal, aquel velo que recogió el perfume de su cabellera, y que en muchas ocasiones amansó las cóleras del Etna cercano.