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31 octubre 2027

SAN ALONSO RODRÍGUEZ

SAN ALONSO RODRÍGUEZ (1531-1617)
Pérez de Urbel

Año cristiano

Otro de los caracteres fuertes de aquel gran siglo. Unos son reyes, magnates o guerreros, otros artistas y escritores, otros aldeanos y humildes trabajadores. Alfonso pertenece a estos últimos; fue primero un honrado menestral y después un hermano lego. Hijo de la fuerte Castilla, nació en la ciudad de Segovia, la Segovia de las amplias libertades, de la actividad febril, de los codiciados paños y los veinte mil telares. Su padre hacía paños y los vendía, y con el padre, los siete hijos, hábiles en el manejo de la lanzadera, ganaban el sustento de la familia, y como buenos castellanos viejos, al compás de la lanzadera rezaban el rosario.
A veces “las cosas” del niño Alfonso interrumpían la labor, porque sucedía que de repente caía en tierra con los ojos abiertos e inmóviles y los brazos rígidos, dando agudos gritos e invocando a la Virgen María. Diego Rodríguez tiraba la madeja al suelo, corría hacia su hijo, le agitaba, le tiraba de los cabellos, le azotaba, pero Alfonso seguía en aquel estado de inconsciencia. Cuando volvía en sí, contaba que de su boca salía un grano de mostaza, que le veía transformarse en un árbol y crecer hasta las nubes. En casa había distintos pareceres sobre estas cosas: unos decían que eran sueños; otros, ambición desmesurada; quién, ataques nerviosos; quién, pronósticos de un brillante porvenir. Esto último, sobre todo, lo decían los frailes que se hospedaban en casa de Diego Rodríguez cuando iban a predicar a Segovia.
Durante algún tiempo el hijo del pañero segoviano estudia en las aulas de Alcalá, pero a la muerte de su padre tiene que volver a su oficio, para sacar a flote la casa. Entonces no es más que un buen cristiano, cumplidor de su deber, pero sin entregarse con exceso a las prácticas piadosas. Sin embargo, es completamente ignorante en trampas de mercader. Cuando los parroquianos van a comprar ovillos de hilo, madejas de lana o varas de paño, preguntan expresamente por él, pues saben “que quiere perder antes que engañar”. Las niños van de buena gana a su tienda, donde encuentran siempre una palabra amable, y si se les ha perdido algún maravedí en el camino, les dan la mercancía como si lo presentasen. Pertenecía a la casta del joven pañero de Asís. Aunque se había casado y tenía hijos, no por eso era menos generoso. Su mujer debió decirle más de una vez: “Anda con cuidado. Alfonso, que nos vas a arruinar.”
No se arruinó, pero pronto se dio cuenta de que los negocios andaban mal. Después, la muerte empezó con insistencia a visitar su casa: murió su madre, perdió a su esposa, y uno tras otro desaparecieron también sus tres hijos. Estos sucesos le ocasionaron, primero, una profunda congoja; a la cual sucedió una transformación completa. Contándolo más tarde, él mismo decía: “Estaba yo absorbido en los negocios, cuando Dios me mandó algunos trabajos, por medio de los cuales vine en conocimiento de mi mala vida pasada y de la miseria del mundo.”
Traspasó la tienda, hizo una confesión general, empezó a comulgar cada ocho días, y se entregó completamente a la vida interior, juntamente con dos hermanos que habían quedado con él en casa. Tenía entonces treinta y dos años. Al poco tiempo, su casa parecía una celda de la Tebaida: había en ella cilicios, disciplinas, rigurosos ayunos y vigilias prolongadas. No tardaron tampoco en aparecer las visiones y las revelaciones. Por una de ellas comprendió el antiguo tejedor que Dios le llamaba a tomar el hábito en la Compañía. Los jesuitas, que acababan de establecerse en Segovia, aprobaron su resolución y le enviaron a Valencia. Acababa de cumplir los cuarenta años. Aún tuvo fluctuaciones en su camino. Vínole la idea de retirarse a un desierto para hacer vida eremítica, y hasta empezó a ponerla en práctica, pero le contuvo una conversación con el superior.
—Temo que te pierdas—-le dijo éste.
—¿Por qué, Padre?—preguntó Alfonso.
—Porque quieres hacer tu voluntad.
Esta respuesta del jesuita hizo tal impresión en su alma, que, cayendo de rodillas, exclamó:
—Pues desde ahora os digo que renuncio a mi voluntad para siempre; en vuestras manos me entrego para que hagáis y dispongáis según vuestra voluntad.
Ya en la Compañía, se puso a estudiar con ardor las ciencias necesarias para el sacerdocio; pero a pesar de su buena voluntad, le era imposible meter nada en su cabeza. Comprendió que Dios no le llamaba tan alto, y así lo comprendieron también sus superiores. Abrazó con alegría el estado de hermano coadjutor, y en condición de tal fue enviado al colegio de Palma de Mallorca. Aquí termina la que pudiéramos llamar su vida externa. En ella ya no hay sucesos que contar; nombrado portero, vivirá más de cuarenta años en la isla ejerciendo su humilde oficio, sin vicisitudes dramáticas, sin casos sensacionales. Pero, como todas las almas humildes, Alfonso sabía que en nuestras acciones, más que el qué, importa el cómo, y comprendía el maravilloso tesoro que se esconde en eso que muchos siglos más tarde había de llamar Verlaine “la vida humilde de los trabajos fastidiosos y fáciles”; vida que en su misma uniformidad y carencia de grandes tareas exige mayor amor y más asidua perspicacia para reconocer la infinita voluntad de Dios en la larga cadena de los deberes menudos, y con frecuencia ignorados, conservando una alegría de fiesta en los días de trabajo.
Así, de su vida sencilla supo Alfonso hacer una vida extraordinaria de una maravillosa riqueza interior. Veíasele siempre sentado cerca de la puerta, leyendo, meditando o rezando el rosario. Cada vez que sonaba la campana, le parecía oír un llamamiento divino. ‘‘Señor—decía interiormente—, voy a abrirle por tu amor.” Y le sucedió alguna vez que el que estaba a la puerta era el mismo Cristo o la Virgen María. Este pensamiento le llenaba de paciencia y de bondad para con todos los visitantes. Cuando le dejaban tranquilo las gentes, hablaba con los santos y con el Señor de los santos. Hablando de sí mismo, decía: “Esta persona llegó a vivir tan familiarmente con Jesús y con su santa Madre, que a veces le parecía caminar entre ambos, y los dos la abrazaban, y ella les decía amorosamente: Jesús, María, mis dulcísimos amores, muera yo y padezca por amor vuestro.” El sencillo portero se había convertido en un gran místico. Su existencia era una cadena de fenómenos extraordinarios: visiones, revelaciones, apariciones, luchas con los demonios y coloquios con los bienaventurados. Su confesor le mandó escribir aquellas cosas prodigiosas que pasaban en su alma, y así el antiguo vendedor de los paños segovianos, sin él darse cuenta, se convirtió en escritor de ascesis y de mística. Entre sus visiones hay una que parece quitarnos algo del terror que se apodera de nosotros cuando leemos las vidas de los santos que veían las almas caer en el infierno a semejanza de copos de nieve o de granos que el sembrador arroja en la tierra. Alfonso, en cambio, este hombre iletrado y sin teología, leyó en el libro de la Vida los nombres de todos los que vivían con él en el colegio de Mallorca, más aún, los de todos los individuos que había entonces en la Compañía.
A tales favores había precedido una práctica heroica de todas las virtudes. Su mortificación, exenta de toda teatralidad, consistía en no tomar sal en los alimentos, en comer de todo lo que le presentaban, aunque fuesen huevos podridos y malolientes, en privarse de salir al campo, pues él mismo nos cuenta que durante treinta años sólo una vez pidió licencia para ello. De su obediencia se cuentan casos que sorprenden por su ingenuidad, y a la vez maravillan: El superior, para probarle, le manda ir al puerto y embarcarse para las Indias. Sale inmediatamente de casa, sin pensar en el capote, ni en la maleta, ni en el dinero, y fue preciso detenerle en el camino.—Estando enfermo, el enfermero le lleva la comida, diciéndole, de parte del superior, que debe comer todo el plato. Alfonso empieza a cumplir la orden, y después de haber terminado el manjar, se pone a deshacer el plato con el cuchillo y a tomar los polvos, y en esta operación le encuentra el enfermero al dar la vuelta.—Otro día, está la comunidad oyendo una conferencia; él, como siempre, se sienta el último, cerca de la puerta; ya ha empezado la plática, cuando entra un Padre, y a un gesto del coadjutor, que quiere cederle el puesto, dice estas palabras: “Quieto, quieto; no se levante.” La conferencia terminó, los oyentes se marcharon. Sólo el portero continuó en su puesto, y allí estaba cuando vinieron a buscarle unas horas después, al echarle de menos.
Así, con cosas pequeñas, para muchos ridículas, Alfonso Rodríguez hizo grande una vida humilde. Un día tras otro día, fue realizando con amor lo que apenas tiene importancia delante de los hombres, hasta que se hizo viejo. Ya cerca de los noventa años, una gracia serena inundaba su rostro. La vejez había doblado su cuerpo, no muy alto; se le veía flaco, pero robusto, con sil pausado andar, su frente rugosa, su cabeza calva, su nariz aguileña, su amable sonrisa y sus grandes y penetrantes ojos.