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SANTOS COSME Y DAMIÁN († 287)
Pérez de Urbel
Año cristiano
Traedme a esos hombres de la religión perversa de los cristianos—dijo el juez.
—Delante de tu tribunal los tienes—respondieron los escribanos.
—Decidme vuestro nombre, vuestra condición, vuestra religión y vuestra patria- añadió el magistrado, dirigiéndose a los reos.
—Somos de una ciudad de Arabia.
—¿Y cómo os llamáis?
—Yo me llamo Cosme—respondió uno de ellos—, y el nombre de mi hermano es Damián. Descendemos de ilustre familia, y profesamos la medicina.
—¿Y vuestra religión?
—La cristiana.
—Bueno—replicó el magistrado—; renunciad a vuestro Dios, y sacrificad a los grandes dioses que fabricaron el universo.
—Tus dioses son vanos—respondieron ellos—y puros simulacros; ni siquiera se les puede llamar hombres, sino demonios.
—Atadlos de pies y manos—ordenó el juez—y dadles tormento hasta que sacrifiquen.
Mientras los verdugos destrozaban sus carnes, los mártires sonreían y decían al juez :
—Presidente, ya puedes atormentarnos con más diligencia, pues te advertimos que ni siquiera sentimos el dolor.
El origen árabe de los mártires y aquella resistencia en medio de los suplicios hicieron pensar al juez que se hallaba en presencia de dos magos, y burlándose de ellos, les dijo:
—Enseñadme el arte de la magia, y comulgaré con vosotros. —Síguenos en el nombre del Señor—respondieron ellos.
Era natural que el gobernador se negase a seguirlos; pero desde este momento entramos en el reino de la imaginación. La leyenda popular se fundió con las actas proconsulares, poblándolas de fantásticas maravillas: los camellos hablan, los demonios manejan el látigo, las piedras se vuelven hacia los que las tiran, los hierros se rompen, el fuego refrigera y el mar se hace sólido. En realidad, ninguna de estas cosas es imposible, pero de hecho ya no sabemos más de San Cosme y San Damián. Cansado de su obstinación, el juez mandó que les cortasen la cabeza. En su historia lo auténtico se mezcla con lo fabuloso, y al leer las actas lo distinguimos con bastante facilidad. No nos sucede lo mismo con otros dos mártires que ayer mismo nos recordaba la hoja del calendario, y que el lector habrá visto acaso con extrañeza ausentes de este libro. San Cipriano y Santa Justina son los héroes de un relato novelesco, que aparece por vez primera en el siglo iv y que repercutirá durante muchos siglos en la literatura universal. El lector piensa seguramente en El mágico prodigioso de Calderón de la Barca, y en las aventuras de Fausto y Margarita. Pero ya a principios del siglo v novelaba, o mejor, renovelaba el tema una emperatriz algo romántica de Bizancio, Eudoxia, mujer de Teodosio II. Si existió o no existió Santa Justina, es ya difícil averiguarlo, pero el otro protagonista de la leyenda era ya confundido por Prudencio y San Gregorio de Nacianzo con San Cipriano, el gran doctor, obispo y mártir de Cartago.
No sucede lo mismo con estos dos médicos famosos, tan venerados, en todos los siglos cristianos. El principio de sus actas tiene el valor de lo auténtico, y el juez que los interrogó es un personaje histórico bien conocido. Se llamaba Lisias y pertenecía a la casta execrable de los Dacianos, los Ricciovaros y los Anulinos. Veinte años más tarde seguirá buscando cristianos, discutiendo con ellos, azotándolos y quemándolos. Ahora, a principios del reinado de Diocleciano, gobierna en Cilicia, y fue en Cilicia, en la ciudad de Egea, donde se encontró con los dos médicos árabes, para enviarlos a la muerte y darles la inmortalidad. El culto de los dos santos se extendió con increíble rapidez. Mirábaseles como a infalibles protectores contra toda enfermedad. Desde el Cielo seguían ejerciendo su profesión sobre los cuerpos y las almas. Desde Bizancio su memoria se extiende por todo el Occidente, y llegan a ser tan populares, que sus nombres entran en el canon de la Misa. Roma les consagra nueve basílicas. San Isidoro pone sus estatuas en el lugar preferente de su botica, y los españoles del siglo vn, cuando llega el 27 de setiembre, acuden a la iglesia en busca del ungüento milagroso que, bendecido por el sacerdote en nombre de San Cosme y San Damián, les libraría, durante el año, de pestes aéreas e influencias diabólicas.