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8 junio 2027

SAN MEDARDO

SAN MEDARDO († 545)
Pérez de Urbel

Año cristiano

En el seno de las naciones bárbaras que habían recogido la herencia del Imperio romano, el cristianismo era la única fuerza que unía al mundo occidental, el único principio activo, el único fermento de civilización. El centro de esta energía renovadora seguía siendo Roma, pero al emperador había reemplazado el papa; a los legionarios, los monjes. Los monjes van a salvar los intereses materiales, a formar las conciencias de los nuevos cristianos, a mantener vivo el rescoldo de la cultura antigua. Cada uno parece haber recibido el encargo de colocar una piedra en el nuevo edificio de la cristiandad. Si Remigio bautiza al pueblo franco, si Eloy conserva el arte de la orfebrería, si Columbano restaura el cultivo de la tierra, Medardo debió recibir el encargo de defender el derecho de la propiedad en medio de una raza acostumbrada a la violencia y al pillaje.
Medardo, hijo de un leude franco y de una dama romana, vivía cerca de Soissons en la primera mitad del siglo vi. Pero un día, para poder entregarse mejor al servicio de Nuestro Señor, dejó el castillo de sus padres y se retiró a una soledad. En su nueva residencia, Medardo tenía una casa, un oratorio, una vaca, un huerto y una viña. Pero vivía tan abismado en la contemplación, que muchas veces se olvidaba de ordeñar la vaca, y cuentan que tampoco se acordaba siempre de vendimiar la viña. Otros, sin embargo, se encargaron de vendimiarla en su lugar. Ello fue que una noche dos ladrones saltaron la tapia, detrás de la cual habían visto el día anterior negrear los racimos, y a la luz de la luna empezaron a desgajar los racimos maduros y a llenar los serones que llevaban. Ya brillaba la luz primera en un monte cercano, cuando resolvieron retirarse; pero quiso Dios, Nuestro Señor, dice el biógrafo, que no acertasen a encontrar la salida. Caminaban de un lado para otro, palpaban y examinaban todos los rincones, daban vueltas como locos, mas todo inútilmente. De repente sonó un campanillo; y unos instantes después el solitario se dirigía al oratorio para rezar los maitines; pero viendo a los dos nocturnos vendimiadores que seguían paseando a través de su viña y tropezando en los largos brazos de las vides lozanas, se acercó a ellos y les dijo:
—Bueno, amigos; veo que habéis madrugado mucho; y vamos, vamos, nadie podría deciros que no habéis trabajado bien. Pero ya es hora de descansar. Cargad con esos cestos y venid conmigo.
Los dos hombres entraron confusos en la casita blanca, siguiendo al bienaventurado San Medardo. El santo les ofreció un asiento junto al fuego, y les dijo: “Aguardad un momento.” Él, entretanto, salió corriendo, ordeñó su vaca y volvía al poco tiempo para poner ante sus convidados dos cazuelas de leche y dos panecillos. “Comed, hijos míos—les decía muy amable—; comed, que bien lo habéis ganado.” Después despidiólos cariñosamente, y se fue a rezar maitines.
Pero sucedió que un hombre perverso se enamoró de la vaca de San Medardo. Y no le faltaba razón: era una vaquita hermosa, de piel fina, patas delgadas y leche abundante. Una noche, al entrar en el establo, advirtió el anacoreta que su vaca había desaparecido. El ladrón llegó sigilosamente, desató al manso animal y huyó con él, mientras el santo rezaba extático. Como el cencerro pudiera haberle delatado, descolgóle y le metió en la alforja. Pero el cencerro seguía sonando como si estuviese en el cuello pinto de la vaca. “El movimiento de la marcha”, decía el hombre en su interior para tranquilizarse. Sin embargo, no dejaba de molestarle aquel sonido impertinente, que parecía una queja. Cuando llegó al portal de su vivienda, tiró con rabia las alforjas, cansado de aquella música desagradable. Pero el cencerro seguía sonando: metióle en un arca, y el cencerro sonaba todavía. Hizo un hoyo en el patio de su casa, y allí sepultó el cencerro maldito. Y siempre, siempre, de día y de noche, le atormenta los oídos el eco terrible: tin tin, tin tin, tin tin. A todas horas se alzaba el sonido metálico, insistente, machacón, como el grito angustioso de un alma en pena. Era para enloquecer. “Pero tu casa ¿está embrujada?”, decían los vecinos al ladrón. Y el pobre hombre palidecía. Tenía el rostro demacrado, los ojos hundidos, el color amarillento. Aquel tintineo era como el golpear incesante del remordimiento sobre su alma.
Una noche le dijo su mujer: “Tienes que desenterrar el cencerro, ponérselo a la vaca y llevar el animal al hombre de Dios. Ya hace tiempo que no nos deja dormir tranquilos.” “Mañana mismo”, respondió él, y en el mismo instante se calló el cencerro. Pero, al día siguiente, el buen hombre vio la vaca y la encontró tan mona que no tuvo valor para cumplir su promesa. Otra vez el cencerro empezó a sollozar su lúgubre tañido. El ladrón ya no pudo más: desató la vaca, puso el cencerro a su cuello y se presentó al solitario pidiéndole perdón.
En su soledad, Medardo había estudiado y meditado constantemente las Sagradas Escrituras y las obras de los Santos Padres. Viendo las gentes que no sólo era bueno, sino también sabio y elocuente, le sacaron de su cabaña, escondida entre pinos y nogales, y le sentaron en la silla episcopal de Noyón. Desde entonces, en vez del huerto de antaño, cultivó afanoso la viña sagrada, que produce los vinos del casto amor.