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16 abril 2027

SAN FRUCTUOSO

SAN FRUCTUOSO (Sig. VII)
Pérez de Urbel

Año cristiano

En el extremo occidental de la provincia de León se extiende la región montañosa del Bierzo, designada de antiguo por los historiadores con el nombre de Tebaida española. Mirada desde un aeroplano, se me figura que debe de tener el aspecto de un anfiteatro. En torno, la naturaleza ha levantado, a manera de murallas, los picos gigantescos del Rabanal y del Cebrero, de Aguilar y de Foncebadón. En el interior, montañas más pequeñas, cubiertas en otros tiempos de bosques impenetrables: hondas sierras abrigadas de los vientos y acariciadas del sol; valles risueños enriquecidos con todos los dones de una naturaleza pródiga y variada; clima templado y agradable, propicio a las plantas y a las frutas de las huertas levantinas; lagos encantadores, como el de Carracedo, en cuyos contornos se abre uno de los paisajes más bellos de la tierra; abundancia de fuentes y arroyuelos, que vienen de todas partes a engrosar los caudales del Sil, el de las arenas de oro, tan codiciadas en la antigüedad por los explotadores romanos y cernidas aun hoy por los moradores de la tierra.
Sigamos al animoso explorador que se interna por este laberinto de valles y colinas, de peñas calvas y espesos encinares. Es en la primera mitad del siglo vil, alrededor del año 640. Una vía romana atraviesa toda la región. Nuestro joven la sigue desde Astorga a Ponferrada; allí se detiene y tuerce a mano izquierda; a las dos horas de marcha, llega a un valle, el más árido, agreste y desierto de todo aquel territorio. Una corriente le cruza y un monte le domina. El viajero sonríe satisfecho. Mide, examina, planea. Al poco tiempo, el valle se llena de vida; centenares de brazos le fertilizan, doradas mieses le cubren; los ecos de la salmodia le alegran, y entre los arbustos se levanta el rumor de las esquilas. Ha nacido el monasterio de Compluto, poblado de una legión de monjes.
Así empezó su carrera monástica el Padre de los monjes visigodos. Godo de raza era él y uno de los más nobles magnates del reino, aunque llevaba nombre latino. Llamábase Fructuoso. De su familia había salido Sisenando, el rey del cuarto Concilio de Toledo; su padre había gobernado vastas provincias, y muchos de los montes y llanuras que se extendían entre Palencia y Astorga eran suyos. Pero a él la riqueza y el mando le entristecían. Ya de niño, su ideal no era ganar batallas ni brillar en la corte, sino levantar monasterios. Después, mientras los cortesanos destronaban y entronizaban reyes, él se presentaba en Palencia, se arrodillaba a los pies del obispo y ofrecía a las tijeras litúrgicas su larga cabellera rubia, símbolo de la soberbia aristocrática. Así arrancó de su pecho todo anhelo de grandeza y de poder. Ya no sería duque ni rey; sería simple clérigo; en vez del manejo de la lanza, estudiaría la gramática y el salterio; en vez de la clámide de púrpura, vestiría el alba de lino. Pronto esto le pareció demasiado. Lleno de los recuerdos de Martín de Tours y de Antonio de Tebas, huyó del seminario palentino y se perdió entre los montes vergidenses. Quería vivir como los antiguos anacoretas, en completa soledad, acompañado únicamente de Dios; pero sus esclavos le amaban, sus colonos no quisieron separarse de él. “Si tú te haces monje—le decían—, nosotros nos haremos también.” Y él les dio la libertad de los hijos de Dios y los hizo hermanos suyos en el monasterio de Compluto. Enseñóles a servir a Dios en la penitencia y en el amor, a cantar la salmodia en el coro y a trabajar con la esperanza de la eterna soldada. Para ellos escribió una Regla, que es un monumento de severidad destinado a mantener el orden en medio de una muchedumbre heterogénea de hombres reclutados atropelladamente y sin tener en cuenta la selección. Con tal de que estuviesen dispuestos a cumplir generosamente la observancia, a Fructuoso no le interesaba la vida de sus discípulos antes de la conversión. Admitía a los penitentes y a los pecadores públicos. En su monasterio están previstos el fraude, el disimulo, las riñas, la fuga, el perjurio, el robo, la mentira, la calumnia, la embriaguez, la inmoralidad, la rebeldía y la sedición. Naturalmente, los castigos eran terribles: ayunos, cárceles, cadenas, azotes, degradación, privación de derechos. Una reclusión de medio año, a pan y agua, durmiendo en el cilicio y la ceniza, era el castigo de los sediciosos. El incorregible era llevado a presencia de la comunidad. Allí el abad le echaba en cara sus rebeldías, un monje le daba setenta y dos azotes, otro le rasgaba la túnica, y, roto, desceñido y descalzo, se le arrojaba del monasterio.
La vida era austera en Compluto: los monjes salmodiaban sin descanso, cultivaban las tierras, recogían las mieses, trabajaban en los talleres y en los molinos y apacentaban los rebaños y carboneaban en el monte. Eran monjes, pastores y agricultores; pero, sobre todo, monjes. Su trabajo debía estar acompañado del silencio o del canto de los salmos. Cada hora del día tenía sus rezos correspondientes. Durante la noche, la liturgia interrumpía tres veces el sueño, y dos hermanos velaban examinando el curso de las estrellas para que nunca se interrumpiese este ritmo sagrado. Todos los domingos debían acercarse los hermanos a comulgar, y a la comunión precedía la confesión pública. “El brillo y la elegancia en el vestir, y el ornato, y la solicitud de las cosas temporales, todo esto debe desterrarse implacablemente del monasterio. El adorno del monje es la cautela, la moderación, la pureza, la fe y la simplicidad. Ningún hermano puede hablar, ni llamar, ni mirar a otro, sin permiso del anciano. Humilde, piadoso, afable, modesto debe ser el continente del monje, de suerte que quien le vea se sienta encendido en el amor y el temor de la divinidad.” Así hablaba el legislador.
El 18 de noviembre del año 646, el rey Chindasvinto aprobaba la nueva fundación. Los edificios estaban terminados, la disciplina organizada y asegurada la vida de los monjes. Fructuoso cree llegado el momento de huir, y se esconde en la selva. Su abrigo eran las selvas, su techo las copas de los árboles. Va descalzo y cubierto con una piel de cabra. Un cazador le confunde con un oso, y está a punto de disparar contra él su arco. Ha sido descubierto; otra vez se le acercan los devotos y admiradores pidiéndole dirección y consejo. Y surge una nueva abadía, la de San Pedro de Montes, asentada en un cerro de los montes de Guiana, junto al nacimiento del Oza, que se precipita de la altura serpenteando alrededor de la eminencia donde hoy se ven las ruinas del viejo monasterio. Después, el fundador huye de nuevo; sale del Bierzo, atraviesa las provincias gallegas, y llega a la vista del Atlántico, dejando a su paso una estela de fundaciones. El mar le seduce con sus rías y la salmodia perpetua de sus olas. Construye en la playa y en las islas costeras. Sofoca las tempestades con un gesto y camina sobre la alfombra espumosa del mar. Su nombre se va extendiendo por toda España; de las provincias más apartadas le llegan postulantes deseosos de vivir bajo su Regla. Al fin ha comprendido su verdadera vocación: ser padre de monjes, construir monasterios, reunir y organizar colmenas de vida espiritual. Será un propagandista del monacato, un monje peregrino; él mismo se dio este nombre. Sus peregrinaciones forman una odisea divina, llena de episodios pintorescos. Camina siempre a pie y descalzo, rodeado de un grupo de discípulos, como San Francisco por las campiñas umbras. Un jumento va delante de él llevando la carga de sus libros, y a veces le acompaña también una cervatilla. Este animalito tiene su historia, como el lobo franciscano. Oraba un día en la selva San Fructuoso, cuando oyó ruido de cazadores, y al poco tiempo apareció delante de él una cierva que venía a buscar un refugio entre su melote de pieles. El varón de Dios la recibió con cariño, la llevó al monasterio, le curó las heridas, y ella le miró desde entonces con tanto afecto, que no podía separarse de su lado.
El legislador austero, el asceta riguroso, tenía un alma de niño. A pesar de la gravedad de su continente y de la rigidez de su doctrina, subyugaba a las muchedumbres y se hacía amar por sus discípulos. Cuando huía para buscar el agujero de una roca, centenares de monjes dejaban su retiro para buscarle. Bandadas de grullas le delataban revoloteando y graznando en torno de él. Un poeta que le conoció, contaba a raíz de su muerte: “La dulce palabra de la boca de Fructuoso encadenaba los corazones y arrastraba en su apacible corriente. Al oírlo, los carismas celestiales descendían sobre aquellos que le amaban. ¡Que salga con dulce sonido la melodía glorificante de las gargantas sabias! Alaben, alaben a Dios y a su escogido en nuestra tierra. Su aspecto, siempre risueño, era como una luz; y un lucero blanco rutilaba dentro de su corazón sagrado; un lucero que nunca se apagaba y que había sido encendido por el Paráclito. ¡Oh, aquel rostro que parecía de un ángel, rostro sereno y piadoso, cuya sola mirada enseñaba el camino del Cielo!”
Este dominio de los hombres era efecto de una mezcla misteriosa de elegancia aristocrática y evangélica sencillez. A la voz de mando se juntaba en Fructuoso la más profunda humildad. Desde las costas de Galicia escribía a San Braulio de Zaragoza: “Con acento de mendigo os ruego que me deis las migas de los convites de vuestra mesa; y con respeto de hijo me presento ante mi padre, abundado en montones de riquezas divinas, a pedirle una partecita siquiera, y con tal de conseguirla, no me importa pasar en vela las horas de la noche importunándole con mis ruegos. Soy indigno y miserable; soy vuestro esclavo, vuestro leproso, vuestro Lázaro, lleno de úlceras y de ignorancia; mas aun así, apoyado en la ayuda de estos santos, mis monjes, busco, pido y llamo, esperando que me enseñaréis lo que ignoro y que remediaréis mi espantosa miseria.”
Esto es lo que Fructuoso sentía de sí mismo. Lo que de él se pensaba entonces en España, nos lo dice la respuesta de Braulio: “Veo tu ardor—le escribía—; veo la grandeza de tu alma, y el resplandor de una luz encendida por el Espíritu Santo; le veo, le amo, me alegro y le abrazo. Nada he visto mediocre en ti; todo lo encuentro perfecto. Cree al amor que te dice la verdad. Feliz ese desierto, que, morada hasta hace poco de salvajes alimañas, se encuentra ya, gracias a tus trabajos, poblado de monjes que cantan sin cesar las alabanzas de Dios; peregrinos del mundo, ciudadanos del Cielo, prisioneros de Babilonia, predestinados de la Jerusalén celestial. Y porque no tengo espacio ni ingenio para otra cosa, te aplicaré a ti la antigua alabanza del poeta gentil, y, al repetirla, lo habré dicho todo: ¡Oh gloria hermosa de España!” Estas palabras no son más que un eco de la gloria que iba aureolando la figura del prodigioso cenobita. Y no es un eco aislado: otro contemporáneo le considera como una de las dos excelsas luminarias colocadas por Dios en las regiones occidentales al acercarse el fin de los siglos. La otra es San Isidoro. “Este, esclarecido por la gracia de su palabra, insigne por su ingenio, logró brillar en todas las ramas del arte y de la ciencia, transmitiendo a su patria las disciplinas de los romanos; aquél, atraído por la profesión de la vida religiosa, inflamado por la llama del santo amor, sobresalió de tal manera en todas las obras santas y en todos los ejercicios de la espiritualidad, que se le puede comparar con los Padres de la Tebaida. Isidoro fue, exteriormente, el maestro de toda España por el esfuerzo de su vida activa; Fructuoso llenó de luz, una luz que brotaba de la hoguera crepitante de su alma, lo más recóndito de los corazones por su pericia en la vida contemplativa; y mientras el uno nos dejó en sus libros admirables un monumento eterno de elocuencia y de edificación, trazónos el otro la senda de la virtud, que él practicó en su más alto grado.”
Alrededor del año 650, Fructuoso sale de Galicia y prosigue sus peregrinaciones. Ahora va hacia el Sur; es un viaje de propaganda religiosa y de devoción. El peregrino pasa construyendo monasterios, reformando comunidades, predicando a los pueblos y venerando las reliquias de los santos. En Dumio recoge las tradiciones monásticas de San Martín, el apóstol de los suevos; Mérida te arrastra con el sepulcro de Santa Eulalia y sus monasterios famosos; después, Sevilla, iluminada todavía con la gloria de Isidoro, y de Sevilla su prestigio se extiende por toda la Bética. Se embarca en el Guadalquivir con rumbo a Cádiz. Todo el pueblo sale a despedirle, con el obispo a la cabeza. Llueve torrencialmente, e intentan detenerle, pero él responde: “No me detengáis, porque el Señor dirige mi camino.” Las muchedumbres se agolpan a su alrededor, siguen aumentando los monasterios, los jefes del ejército se alarman y envían este mensaje al rey: “Si no hacéis enmudecer a este hombre, no va a haber quien salga en las expediciones públicas.” Cerca de Cádiz, el misionero recibe esta carta: “Santísimo Padre, salvad a una oveja errante de la boca de los lobos y dirigidla por el camino de la salvación; instruid en las sagradas disciplinas a un alma que busca al Señor, para que el Señor haga con ella lo que hizo con la oveja perdida, a quien tomó sobre sus hombros.” La que escribía era una joven que había sido prometida, contra su voluntad, a un oficial de la guardia real. Fructuoso mandó que la hiciesen una cabaña en lo más apartado de un bosque, y pocos días más tarde la cabaña era ya un monasterio donde vivía un centenar de monjas.
El instinto celta de las lejanías parecía empujar a este peregrino infatigable. “Ahora—dice su biógrafo—el inmenso ardor de un santo deseo desasosegaba su espíritu.” Quería ir a Oriente, visitar la tierra clásica del monacato, venerar el sepulcro del Señor. Ya estaba dispuesta la nave, cuando fue piadosamente traicionado por uno de sus discípulos. Las autoridades de la Bética se apoderan de él y le envían a Toledo. Recesvinto se opone a que el taumaturgo salga de España, y para tenerle más sujeto, le hace obispo de Dumio y arzobispo de Braga. Esto sucedía en 656. Desde este momento el peregrino muere, pero el fundador y el monje siguen trabajando con un optimismo que se renueva cada día. A pesar de la nueva dignidad, la vida es la misma, el mismo hábito despreciable y la misma pasión por las construcciones. Vemos al metropolitano consolidando su obra monacal, reuniendo en torno suyo, de cuando en cuando, a los abades de sus monasterios y resolviendo los puntos discutidos de la observancia. Las actas de estos capítulos forman su segunda Regla, la Regula Communis, que es mino un complemento de la Regula monachorum.
No olvida tampoco sus deberes de metropolitano y de príncipe de la Iglesia. Sus cartas llegan con frecuencia a Toledo para defender en la corte los intereses de la justicia y el espíritu del amor evangélico. Intercediendo por unos prisioneros, escribía una vez a Recesvinto: “Temo que con mis frecuentes cartas llegue a cansar a la alteza de vuestra gloria; pero tengo más miedo todavía de que, si me callo, perjudique a vuestra clemencia, que es lo que ante todo trato de evitar. No me asustan las enemistades que me pudieran venir, según aquello del Apóstol: Me he enemistado con vosotros diciéndoos la verdad. Por eso, piadosísimo señor, yo, el hombre más vil y despreciable, me complazco en sugeriros una idea que no ha de ir en contra de vuestra justicia y ha de hacer que vuestra benignidad venza la malicia de los hombres. No olvidéis nunca que es preciso perdonar, si queremos que se nos perdone. Por eso os ruego, señor mío, a quien amo sinceramente y especialmente después de Dios, que recordéis aquellos momentos en que el Señor vendrá a juzgar al mundo por el fuego. Que Él os inspire, piadoso, una solución por la cual no tengáis que recibir sentencia dolorosa, sino la vida eterna.” Es el lenguaje de los grandes obispos, respetuoso y enérgico, dulce y fuerte, austero y paternal.
En sus últimos días, Fructuoso seguía levantando monasterios. No lejos de Braga se conserva todavía la iglesia de Montelios, bello ejemplar bizantino, de tipo cuadrado, con crucero central, triples arcadas, arcos de herradura, columnas corintias y capiteles de follaje. Es la última que construyó. Trabajaba en ella día y noche, a la luz de las candelas, por miedo a que la muerte viniese a interrumpirle. En medio de esta actividad, le sorprendió la fiebre. Inmediatamente comprendió que se acercaba su última hora, y así se lo dijo a los suyos. Mientras los demás lloraban, él continuaba sereno. “¿Por qué voy a temer a la muerte—les decía—, si voy a la presencia de mi Dios?” Llevado a la iglesia, recibió el cilicio y la ceniza de la penitencia, y ya no quiso salir de allí. El primer rayo de la aurora le encontró postrado delante del altar. Con la alegría del amanecer hizo un supremo esfuerzo para levantar las manos al cielo, “y con aquel gesto entregó su espíritu ardiente e inmaculado”. Así dice su biógrafo; y continúa: “Tal fue el beatísimo Fructuoso: brilló, por el ejemplo de su santidad excelentísima, con una claridad deslumbradora; en cada una de las diversas regiones formó ejércitos de discípulos a semejanza de su purísimo corazón; de suerte que, aun hoy, los que se convierten del mundo, pueden, gracias a él, seguir la vida de los santos antiguos, y sus ejemplos guardan su primera frescura; hasta el fin del mundo seguirá germinando el fruto de su grande obra, renovándose su memoria imperecedera y aumentándose los escuadrones de su grey, para alegría del reino de los Cielos.,,
Poco después de escritas estas líneas, los musulmanes entraban en España, y la obra de San Fructuoso desaparecía en la ruina general. Los mismos discípulos del santo fueron testigos de la catástrofe. Quedaron sus dos Reglas inspirando todavía la vida de los primeros monjes de la Reconquista, y con ellas, la belleza ejemplar de una noble existencia, que después de tantos siglos nos deleita y nos conmueve. Hay algo grande en aquel hombre que establece la observancia más dura que se registra en los anales del monaquismo, anda descalzo y predica la suma pobreza, y sin embargo arrastra y subyuga. Su austeridad está ungida de compasión. Ama a los hombres y a los animales. La naturaleza le ayuda para subir a Dios. Levanta sus monasterios en los más pintorescos paisajes, en el nacimiento de los ríos, bajo la imponente majestad de los peñascos, entre las frondas de los bosques, en las rocas donde antes se alzaban los castillos, en las bocas de las rías y en las islas silenciosas. El misterio de las soledades, el himno azul del día, la maravilla del mar le abisman en el éxtasis de la oración. Le gusta vivir en las grutas inaccesibles, suspendidas de la cresta de un monte, para espiar mejor la gracia que baja del Cielo. Camina a pie, sin duda por mortificación, pero también por no perder el contacto con la naturaleza, que es tan buena maestra del espíritu, y sólo cuando ha de viajar por los grandes ríos consiente en subir a una nave, porque entonces se encuentra como envuelto por la misma naturaleza. La nave es su monasterio, y dentro de ella, al compás de las aguas que corren, se pone a cantar con sus monjes las alabanzas de Dios. Y un día, cuando un desalmado le mata a su cervatilla, el místico la llora inconsolable.