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BEATO ÁLVARO DE CÓRDOBA (Sig. IX)
Pérez de Urbel
Año cristiano
Era tan noble, que pertenecía a una de las familias más distinguidas de la Córdoba califal. Sus contemporáneos le dan el sobrenombre de Aurelio Flavio, que entre los visigodos había sido expresivo de la dignidad real. En sus venas se mezclaba la sangre goda con la de los hebreos, y de ella se muestra orgulloso; pero más orgulloso se siente de ser cristiano: “Soy descendiente de Abraham—dice—, pero ya no me llamo judío, porque he recibido un nuevo nombre de la boca misma de Dios.” En su familia era tradicional el cultivo de las letras. Al prestigio de la nobleza unía su padre un gran conocimiento de la literatura cristiana, ante el cual se inclinaba el mismo abad Esperaindeo, que, poco seguro de haber acertado en todo con la verdad al discutir los grandes problemas de la Trinidad y la Encarnación, le enviaba sus borrones “para que le instruyese y tranquilizase, pero ocultamente—añade muy discreto el abad—, a fin de que los errores no transciendan a la calle”.
Heredero de las aficiones paternas, Álvaro se entregó con pasión al estudio de la filosofía, como se decía entonces, entendiendo por filosofía todos los conocimientos gramaticales y teológicos que se enseñaban entonces en las escuelas de Córdoba. Su maestro fue aquel mismo abad Esperaindeo, amigo de su padre, que era entonces una de las figuras más salientes de la cristiandad cordobesa, y entre sus condiscípulos figuraba un muchacho de familia senatorial, en quien observó las mismas ansias de saber que a él le devoraban. Era el futuro campeón de los mozárabes cordobeses, San Eulogio. “Allí tuve la dicha de verle por primera vez; allí estreché con él la más dulce de las amistades; allí empecé a gustar el encanto de sus conversaciones.”
Esta amistad acabó de lanzarle plenamente por el camino de la ciencia eclesiástica. “Nos convertimos—dice—en oyentes de la verdad, en escudriñadores de la verdad, y en constantes amadores uno del otro, hasta el punto de que la inexperiencia presuntuosa de nuestros pocos años nos metiese en profundidades de donde no podíamos salir. Incapaces de guiar nuestro esquife por las aguas serenas de un lago, nos lanzábamos ya entre las iras fragorosas del mar Euxino.” Al salir de la presencia del maestro, su esparcimiento era lo que Álvaro llama “el juego deleitable de las escrituras”: leer juntos, discutir, analizar algún texto clásico, sentados junto al surtidor del patio, o paseando por las calles tortuosas de la ciudad, y dirigirse, en tablas de cera o blanco pergamino, tesis escriturísticas, problemas gramaticales, reproches cariñosos o versos de alabanza. “Nos acariciábamos—dice Álvaro—con el ritmo de versos laudatorios; y este ejercicio era para nosotros más dulce que la miel, más suave que el panal. Atreviéndonos luego a cosas mayores, tuvimos la audacia de probar nuestro ingenio, inmaduro todavía, en las Divinas Escrituras, y sobre ellas escribimos verdaderos tratados en aquella edad juvenil.”
Eulogio y Álvaro se completaban mutuamente. Unidos, habían de realizar una misma empresa providencial, cada cual en diferente estado. Álvaro permaneció lego toda su vida, se casó con una sevillana y no tardó en verse enredado en la solicitud de las preocupaciones familiares. Esto, no obstante, no le hizo olvidar su afición al estudio, y en especial a las cuestiones teológicas. Sería un teólogo laico, como su padre. Más que a su familia, su existencia se deslizará consagrada a la familia de Cristo, a la Iglesia. En todo momento se nos presenta vigilando los intereses de la fe y poniendo a su servicio su talento, su actividad, su prestigio y sus riquezas. Siente las asechanzas de la herejía y las persecuciones de los infieles corno si se dirigiesen contra sí mismo, y con un celo que hasta los últimos días conservará algo de su fuego juvenil, saca en defensa de la verdad el cuchillo de su elocuencia cordobesa y decadente. En la naturaleza de este hombre bullía toda la agitación de su tiempo. Su alma era un volcán en erupción. Arrollado por la fuerza de los acontecimientos, sigue luchando con una tenacidad estoica, que nos llena de asombro.
Álvaro había nacido para luchar, y, realmente, fue un luchador. Hay en su alma algo que nos recuerda las intransigencias terribles de Tertuliano. Fue polemista y apologista, como el gran escritor de Cartago, y en su corazón hervía toda la inquietud de la raza hebrea, cuya sangre llevaba en sus venas. Pero precisamente este apasionamiento, que es el fondo distintivo de su carácter, pone en su actitud, con respecto a Dios y a los hombres, una íntima unción y una amabilidad que nos encanta. Es un precursor de la devoción moderna, caracterizada por el sentimiento del amor.
La comparación de Álvaro con Tertuliano no es del todo exacta. También el doctor cordobés, llevado de sus extremismos, dejó en sus escritos frases inconsideradas, de que pudieran haberse aprovechado sus enemigos; pero esos yerros, en su pluma, eran sólo aquellas malas hierbas que, como decía Eulogio, arroja el enemigo en el campo mientras duerme el sembrador. Nadie más pronto que él para inclinar su curiosa inteligencia ante las intimaciones de la fe. “Si tus cartas me enseñan la verdad—escribía a un teólogo de Sevilla—, pediré inmediatamente perdón.” Amaba la verdad integral de la Iglesia, “esposa de Cristo, y era su anhelo que la doctrina santa derramase toda su claridad en las mentes de los hombres”. Él fue el primero que dio el grito de alarma contra una herejía antitrinitaria, de tendencias puritanas y evangélicas, que empezaba a extenderse entre los mozárabes. Discutió con los herejes, pidió la ayuda de su amigo Eulogio, fue a ver al abad Esperindeo, “señor dilectísimo, padre venerable y el más sagrado de todos los sacerdotes”, y consiguió de él una refutación autorizada de aquella secta.
Algo más tarde aparecía en Córdoba un apóstata franco, que venía haciendo propaganda judaica. Los judíos le acogieron en su seno alborozados. Álvaro, judío de sangre, creyó que podía convertirle, y en 810 trabó con él correspondencia epistolar. En la primera carta trata al aventurero (a su querido Eleázaro) con amor y mansedumbre. No le oculta que quiere ganarle para el Señor, y se ofrece a cambiar de parecer si le convence de que no está en la verdad. Eleázaro le contesta justificando su apostasia con la inmoralidad de muchos cristianos, de la cual hace una cruda pintura. “Adiós—termina—; quédate con tu Jesús para siempre.” A lo cual, Álvaro responde: “Amén, y nuevamente amén. Amén en el cielo y en la tierra. Y que así como yo le abrazo espontáneamente con la fe por virtud de la gracia, así sea yo asido por Él, y que nadie me arranque de sus brazos con ninguna violencia ni encantamiento.” Esta segunda carta de Álvaro es más viva e irónica, en conformidad con el tono de su adversario. Conforme se agria la disputa, el estilo se hace más duro y agresivo; hasta que el cordobés se da cuenta de que pierde el tiempo. Hay cosas que no se arreglan con argumentos o con citas bíblicas. “No son las dificultades teológicas las que te han obligado a judaizar. ¿ Sabes quién es ? El que arrojó a Adán del paraíso, el que hizo errar a Salomón, amado del Señor; el que sacó los ojos a Sansón...; la mujer, polilla del cuerpo y del alma. Pero si tanto te seduce el placer, ya podías haberte hecho mahometano, a fin de tener, no una, sino muchas mujeres, y revolearte en el fango hasta la saciedad. ¿A qué fin perder este mundo y el otro?” Como era de prever, Eleázaro cortó la polémica de una manera cómoda y vieja en el mundo, diciendo que no contestaba a los ladridos de perros rabiosos. Álvaro le felicitó por su prudencia: “Verdaderamente es un disparate que la zorra chille cuando el perro ladra.”
Llega, por fin, el gran conflicto de aquellos días, el que pone frente a frente el poder de los emires y la cristiandad mozárabe, herida de muerte. Primero se advierte un renacer literario de tendencia nacionalista. Álvaro aparece también allí, luchando por la tradición. Dolíase al ver que los maestros de lengua árabe arrebataban sus discípulos a los que enseñaban latín. “¿Quién es hoy—preguntaba indignado—tan solícito entre nuestros correligionarios que se dé al estudio de la Escritura y vuelva la vista a los libros de nuestros doctores? Mirad esos jóvenes elegantes, acicalados y pretenciosos, con qué ardor buscan los libros de la elocuencia arábiga, con qué atención los leen, con qué apasionamiento los alaban, mientras que desconocen las bellezas de^ la literatura eclesiástica, y los menosprecian, como si fuesen cosas viles los ríos de la Iglesia que manan del paraíso... ¡Oh dolor! Los cristianos no saben su ley, los latinos ignoran su propia lengua; y en cambio, es innumerable la turba de los que explican eruditísimamente las sutilezas de la literatura caldea.”
Cuando hablaba de literatura latina, Álvaro quería dar a entender las obras de los autores eclesiásticos. Frente a los escritores de la antigüedad clásica, se muestra desconfiado. No despreciaba la gramática; al contrario, considerábala como imprescindible para conservar “la santísima lengua de nuestros mayores”; pero, en su sentir, los cantares de los poetas son alimento de los demonios, y a los filósofos los llama filocompos, fabricadores de engaños. “Mis cartas—escribía—no buscan el favor de los paganos, ni se matizan con los colores del Ateneo. Su aroma es el de las Sagradas Escrituras, y su sabor el de los Santos Padres. ¿Qué tienen que ver Horacio con David, Marón con el Evangelio, Marco Tulio con el Apóstol?
Sin embargo, sus libros están en contradicción con sus teorías. Álvaro es, sin duda, un convertido del humanismo; convertido por la influencia de Eulogio. Su estudio no es tan apacible ni tan armonioso como el de su santo amigo. Es abundante, violento, rebuscado. Puede considerársele como un genuino escritor cordobés. Le gustan los términos exóticos y las palabras griegas. Nombra con frecuencia a los principales representantes de las literaturas clásicas; cita a Virgilio, y después de haber condenado, con la violencia que le caracterizaba, toda reminiscencia mitológica, termina llamando Cintia a la luna y escribiendo versos preciosistas en alabanza del ruiseñor, del gallo y del pavo real.
Aquel anhelo de restauración produjo pronto sus frutos. En torno de Eulogio y Álvaro formóse un núcleo de hombres exaltados por el mismo ideal. Su actitud era una santa protesta contra la servidumbre ultrajante a que les tenían reducidos los dominadores. En 850 estalla la persecución. Cierto número de cristianos se presentan espontáneamente a confesar su fe, prefiriendo la muerte a la esclavitud; otros son arrastrados a presencia del cadí; hay héroes y traidores; corre la sangre, y la cristiandad cordobesa vive unos días de terror y confusión. Álvaro se mueve en las avanzadas de la fe. Es, con su amigo, el alma de la resistencia. Aconseja, sostiene, alienta, derrama el oro entre los prisioneros que llenan las cárceles. Cuando Eulogio dirige a los perseguidos sus libros inflamados, sus apologías y sus historias de los mártires, él salta de gozo, aplaude, felicita al doctor del pueblo de Dios y besa los folios emborronados con mano temblorosa entre las tinieblas de la cárcel. También él esgrime la pluma, y en 854 publica su Indiculo luminoso, violenta diatriba contra los arabizantes y defensa fervorosa de los confesores de la fe. Emplea los mismos argumentos que su amigo, pero su estilo es más fuerte, más arrebatado, más oscuro. Hablando de los vicios de Mahoma, llega a una crudeza increíble, y todavía declara que deja muchas cosas para un nuevo libro, que nunca escribió. Este mismo ha llegado a nosotros incompleto, y es probable que no lo acabara. Por él advertimos que su odio a Mahoma y al mahometismo se iba exacerbando con la edad.
Eulogio sucumbió también en la lucha, y Álvaro asistió orgulloso a la apoteosis del amigo entrañable, que descansaba en el mármol, rodeado por la multitud de los fieles, entre coronas, tapices, perfumes, melodías, flores y candelabros. Nadie como él disfrutó de aquel triunfo. Muchas veces se le vio después arrodillado delante de aquel sepulcro nuevo, que él había decorado con sus versos. Sentíase feliz y al mismo tiempo le abrumaba el peso de la tristeza. Ya era viejo, sus cabellos se habían tornado grises, su causa parecía perdida, se inclinaba ya hacia la tumba. La pobreza le amargaba también la vida. Las luchas religiosas, los impuestos exorbitantes, las rapiñas de los perseguidores, su misma generosidad con los monasterios y con los pobres, le habían hecho pobre a él, educado en la opulencia. Distraíase recogiendo los textos que más le habían impresionado en sus lecturas patrísticas, y tejiendo la cadena florida de sus Scintillae.
Pero cuando se quedaba solo, el pensamiento de su iniquidad le atormentaba; temblaba a causa de su soberbia, de su insolencia, como él mismo decía. ;Oh, si Eulogio hubiera estado allí para consolarle! Su vida se le antojaba vacía de buenas obras, de bien y de verdad. Hasta su misma ortodoxia le inquietaba, y esto es lo que le movió a componer el canto de cisne, su Confessio, opúsculo inflamado y doliente, que a veces nos recuerda las Confesiones de San Agustín; exposición minuciosa de sus creencias y declaración detallada y exagerada de sus pecados, que acaso leyó en la asamblea de los fieles antes de trasmitirla a la posteridad.
Pero en las horas tristes, el recuerdo de Eulogio aparecía como una luz sobre aquella vida siempre inquieta. Aunque no había sido digno del martirio, la sangre del amigo era suficiente para purificarle también a él. Él conservaba en la tierra el recuerdo del mártir y cantaba su gesta heroica; el mártir, en cambio, intercedía en su favor. Así lo esperaba. “Yo, mi dulce Eulogio—decía con una sencillez que nos conmueve—, he ilustrado la memoria de tu nombre, he narrado tus hechos generosos, he derramado blancas flores sobre tu sepulcro, y he ungido tu cuerpo precioso con el nardo aromático del Evangelio. Tú, a tu vez, escucha a tu Álvaro, al que estuvo unido contigo por el lazo de la caridad; dame la ayuda de tu intercesión, y se abran con ella las puertas de mi alma para recibir el reino de Dios; límpiame con el fuego de tu amor, ya que estás para siempre junto a la fuente de la vida eterna.” Eulogio, sin duda, respondió generoso a estos obsequios de su amigo. Nada sabemos de los últimos días de Álvaro, pero un siglo más tarde la iglesia de Córdoba celebra solemnemente su fiesta. Su vida, agitada por un ansia infinita, fue como la ola que el viento empuja al interior del mar y allí desaparece. Allá en lontananza le divisamos un instante todavía; un último anhelo le inquieta aún, el de la paz inalterable: “Tú sabes, Señor, que tengo la sed del reposo eterno.”