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15 enero 2027

SAN MAURO

SAN MAURO (512-584?)
Pérez de Urbel

Año cristiano

En el retablo que con pluma amorosa talló San Gregorio Magno en honor del patriarca de los monjes de Occidente, hay figuras inolvidables: está Totila con sus ricos arreos de rey; San Germán, con las ínfulas majestuosas del pontífice y el brillo de la santidad; Valentiniano, el cándido y piadoso peregrino; Cirila, la nodriza solícita y amante; el godo, con su ceño fruncido y su mirada amenazadora; los monjes envenenadores y el desenfrenado Florencio, cuyas envidias rencorosas ponen en el cuadro las sombras necesarias para que resalten más las bellezas. Pero hay tres personajes que se acercan más al glorioso fundador, dando al conjunto una hermosura insuperable. Son Santa Escolástica, que nos encanta con su gracia pudorosa; San Plácido, figura suave que nos hace sonreír, y San Mauro, más serio, más concentrado, pero no menos digno de nuestra admiración.
Tenemos que remontarnos hasta el colegio de Jesucristo, hasta los orígenes del Cristianismo, para encontrar esa riqueza de caracteres que hallamos en los orígenes benedictinos. Y sea casualidad o providencia, en éstos parece que encontramos un eco de aquéllos. San Benito era amante de la alegoría; quiso que sus monasterios tuviesen doce monjes, para recordar el número que componía el apostolado: dos de ellos fueron sus discípulos predilectos; y nuestra fantasía se complace en representarlos sentados a sus pies, con los ojos fijos en sus ojos, recogiendo con avidez la miel dulcísima de las palabras que manaban de sus labios. Estos eran San Plácido y San Mauro. Sus nombres nos traen involuntariamente al pensamiento los de San Pedro y San Juan Evangelista, los dos discípulos predilectos de Jesús. La figura de San Plácido tiene un aroma suavísimo de candor, de inocencia, de sencillez infantil, que nos cautiva. Cuando nos le figuramos junto a San Benito, creemos ver al Patriarca dirigirle una tierna sonrisa y hacerle una caricia de padre.
San Mauro, en cambio, tiene algo de la majestad de su maestro. Es silencioso, grave, austero. Es la Regla viva con toda su seriedad imperiosa e inalterable. El Perugino lo pintó en la catedral de Perusa, y su pintura nos convence de que, antes de coger el pincel, había leído los Diálogos de San Gregorio y meditado cuidadosamente las frases que mejor lo retratan. San Mauro está allí vestido de la amplia cogulla, derribado el capuchón sobre la cabeza, el volumen de la Regla en la mano. Los rasgos de la cara son severos y enérgicos; en sus ojos, junto con la serena placidez del hombre que ha encontrado la paz, se ve la gravedad que forma el fondo de su fisonomía; en la frente parecen bullir los pensamientos que le sugiere la lectura; está fijo, abismado en la idea, subyugado por lo que lee; a su lado, una horda de bárbaros agita los alfanjes, lanza gritos feroces, se ensaña y enfurece contra Plácido y sus compañeros; pero nada de esto es bastante para hacer que Mauro levante los ojos; nada puede sacarlo de su profunda meditación.
El pintor no ha reproducido aquí solamente el carácter de San Mauro; ha querido hacer ver también su amor a la Regla, a la enseñanza de San Benito, a San Benito mismo. Es un amor impetuoso, como el que San Pedro tenía a Jesús. Cuando Jesús predice a los Apóstoles su muerte afrentosa, San Pedro se opone, lo cual le atrae una severa reprensión; cuando San Benito huye de Subíaco, perseguido por el sacerdote Florencio, San Mauro se entristece; pero vuelve a recobrar su alegría al saber que el perseguidor ha muerto sepultado por el techo de una casa. Vuela entonces a anunciar el suceso al Padre fugitivo; pero el Santo, leyendo en sus ojos la alegría del mal ajeno, le recibe con severidad y le reprende ásperamente.
Como Pedro, Mauro camina también sobre las aguas. Un día San Benito dice al niño Plácido: “Tráeme un jarro de agua.” Plácido toma el cantarillo y baja volando hasta el lago que brillaba al pie del monte de Subíaco. Pero en su aceleramiento infantil, se dejó llevar de las aguas. El patriarca, que veía en espíritu lo que pasaba, dijo a Mauro: “Ve corriendo, que ese pobre niño se ahoga.” Y llegó Mauro y penetró hasta donde estaba el niño, sin darse cuenta de que andaba sobre la blanda alfombra de las aguas; cogiólo de las crespas guedejas, lo sacó fuera, y, cargándolo sobre sus hombros, fue a colocarle a los pies de su maestro. Hubo entonces una porfía extraña: sostenía Mauro que el prodigio debía atribuirse al maestro, y Benito sostenía que todo aquello era efecto de la perfecta obediencia del discípulo. Y el niño dirimió la contienda asegurando que, al sentirse en peligro, había visto sobre su cabeza la cogulla o melote del abad.
Si San Pedro fue revestido, al subir Jesucristo al Cielo, con la dignidad más alta de la tierra, San Mauro fue considerado por San Benito como el hombre más apto para sucederle, para cuidar la pequeña semilla, destinada a ser un árbol gigantesco. Antes de morir el fundador, Mauro ocupa ya el primer puesto después de él; es su lugarteniente, el que le ayuda en el gobierno de sus monasterios. Muerto el maestro, recoge su espíritu y le transmite a la nueva generación, que le llevará a Roma, a Francia, al Rhin, al Támesis, al Danubio, para ser luego la savia fresca y renovadora del mundo cristiano.
Mauro es la paz austera; Plácido, la alegría que canta; el uno, el hombre de la confianza del maestro; el otro, la joya de su más tierno amor. Los dos, iguales en la generosidad de su sacrificio. Descendientes de ilustres familias romanas, lo dejan todo por seguir a Cristo. En el mundo hubieran tenido riquezas y honores; hubieran sido cónsules, prefectos, como sus parientes; pero jamás se les ocurrió pensar que habían dejado cosa alguna de valor. Cuando el Padre Benito les mandaba limpiar el oratorio, recoger las peras del huerto o ayudar al hermano cocinero, entonces su alegría era perfecta.
En ellos pensaba el legislador cuando describía las ascensiones del alma santa por la escala luminosa de la humildad; cuando invitaba a su discípulo a vestir la preclara armadura de la vida religiosa, o cuando, en el capítulo V de su Regla, trazaba la imagen de los perfectos obedientes: “Estos tales —dice—, olvidando inmediatamente todas las cosas, abandonando su propia voluntad y dejando sin acabar lo que tienen entre manos, siguen, en alas de la obediencia, con hechos, la voz del que manda; hasta tal punto, que, con las prisas que infunde el temor de Dios, apenas hay intervalo entre el mandato del maestro y la perfecta obediencia del discípulo. Así obran los que viven bajo el ímpetu del amor de la vida eterna. Por eso entran generosamente por el camino estrecho, del que dice el Señor: “Angosto es el camino que lleva a la vida.”
Es el retrato del discípulo predilecto, trazado por la mano amorosa del maestro.