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SAN VICTORIANO DE ASAN (478-568)
Pérez de Urbel
Año cristiano
Silencioso lugar más arriba de Huesca, en las estribaciones meridionales del Pirineo. Hundiendo en el cielo la cabeza enriscada y bravía, un monte, la Peña Montañesa, semejante a un león que aguarda la presa. Bajo las melenas del follaje, allá en la altura, una gran boca abierta, la gruta alta y profunda donde duermen recuerdos prehistóricos, ecos de civilizaciones y secretos de anacoretas. En la falda, edificios majestuosos de gusto neoclásico: un templo, un palacio abacial, claustros y galerías, celdas monacales, estatuas de reyes, muros almenados; todo bajo un manto de silencio y envuelto en una angustia de dolor y de muerte. Más abajo, escondido entre olivos y nogales, rodeado de viñas y campos de pan llevar, un montón de casas de altas chimeneas y estrechos ventanillos: la aldea pequeña y dormida. Luego, paisaje de monte: pinos y carrascos, peñas y quebradas, y al fin un río que salta de abismo en abismo, abriéndose paso entre gargantas y desfiladeros. El río es el Cinca; la aldea lleva el nombre de Los Molinos; el santuario en ruinas se llama todavía San Victoriano de Asán.
San Victoriano es el hombre que hace catorce siglos encendió allí fogatas de vida. Huyendo, huyendo, un buen día apareció en aquella gruta de la Peña Montañesa comiendo hierbas del campo y vistiendo pieles de animales. Era un perseguido de la gloria. De joven había brillado en las escuelas italianas, donde triunfaban Boecio y Casiodoro. A los veinte años dejó los libros, los latifundios, los caballos y el palacio de sus padres, y comenzó su vida peregrinante. Dondequiera que se detenía brotaba un monasterio, y junto al monasterio, un hospital. Los enfermos del cuerpo y los enfermos del alma se reunían en torno suyo, y él, médico de cuerpos y de espíritus, los curaba y consolaba. Cuando las gentes empezaban a advertir su presencia, volvía a tomar el bordón del peregrino y desaparecía; y así, predicando, sanando, derramando su caridad y su sonrisa, agrupando a los servidores de Dios en colmenas de oración y de trabajo, recorrió las campiñas de Italia, su patria, cruzó los Alpes, llegó a Borgoña, se detuvo en la Provenza y la Aquitania, y, atravesando el Pirineo, penetró en las montañas de Huesca (522).
Una influencia magnética se desprendía de la mirada de aquel hombre. Quiso ser un solitario, y, sin embargo, un contemporáneo pudo decir de él ‘‘que mientras permaneció en el mundo, vivió para todo el mundo.” En su boca había doctrina, en su corazón bondad, en su vida heroísmo. “Poderoso por la palabra—dice de él su compatriota Venancio Fortunato—, infatigable en la oración, abierto siempre a la misericordia, fue la cumbre de la religión, el arsenal de la salud, el ornamento de su siglo. Habitando desde esta vida en la región serena de los astros, alimentó a las abejas de Dios con mieles de flores eternas.”
En su refugio pirenaico le sucedió lo que en sus fundaciones de Francia y de Italia. Nada al principio turbaba sus arrebatos de contemplativo. Parecíale que Dios le había llevado allí para pasar el resto de su vida preparándose a la muerte. Vivía gozoso en aquella altura, que le ponía tan cerca de las claridades del cielo. La oscura gruta se le antojaba el pórtico de la bienaventuranza. Comparábase a Pablo en la soledad egipcia, y se juzgaba tan dichoso como él. También él tenía su alimento en la vegetación de la montaña, y un regato cristalino, que, naciendo en el vértice de la cumbre, pasaba retozón junto a la boca de la cueva. Pero aquella felicidad fue de corta duración. Las concavidades de las rocas se llenaron de anacoretas que venían a imitar las austeridades del extranjero; empezaron a llegar caravanas de peregrinos, y el desierto se pobló de chirridos de carros, trotes de caballerías y algarabía de muchedumbres. Venían los enfermos a buscar la salud, los ignorantes a buscar la doctrina, y a buscar dirección cuantos querían retirarse del mundo. Llegaban las gentes del pueblo, curiosas de milagros y de heroicidades; llegaban los clérigos y los magnates cargados de presentes, y el mismo rey, “el cristianísimo rey Teudis”, como dicen las actas, aparecía de cuando en cuando junto a la gruta, hablaba largas horas con el solitario, le besaba el vestido grosero, y recibía sus consejos como oráculos divinos: “La gloria del rey—le decía Victoriano— está en la administración de la justicia. Cuida de dirigir los negocios temporales de suerte que no pierdas la corona de la eternidad; no trates con orgullo a tus súbditos, y siempre que vas a dar un decreto, acuérdate de que eres mortal.”
Resignado a su destino, Victoriano abría su corazón al rey y al mendigo, al santo y al pecador. Ya no pensaba en huir. La nieve empezaba a cubrir su cabeza, y además las gentes del país eran buenas. Un día se atrevieron a pedirle que dejase aquel lugar, casi inaccesible, porque muchos de sus devotos no podían llegar hasta él. Victoriano sonrió, y sin la menor resistencia se dejó llevar a una explanada de la cuesta, donde hoy se alza la iglesia de su nombre, notable ejemplar del arte barroco, amplia y solemne. Allí le vemos los últimos años de su vida entregado a la noble tarea de restaurar la vida literaria y religiosa de su nueva patria. Reúne en torno suyo a los anacoretas de los alrededores, forma una comunidad numerosa y floreciente, crea escuelas, envía a sus discípulos a ocupar las sedes episcopales de España, y prepara la nueva generación que ha de ver triunfante la ortodoxia en el tercer concilio de Toledo. Así hasta los ochenta años. Cuando ve que se le acerca la muerte, llama a los suyos y les dice: “Hijos carísimos, esta es la invitación del Señor de todas las cosas. Es forzoso pagar la deuda de la vida. Temo, ciertamente, la presencia del Juez, pero confiado en la piedad del Padre, voy alegre a las bodas del Cordero. Ahora, entrañas mías, a quienes la gracia del Espíritu Santo engendró para la Iglesia, sólo os pido que guardéis la unidad del espíritu en el vínculo de la paz.” Dichas estas palabras, los ángeles recogieron aquel espíritu beatísimo para llevarle a las mansiones de la eterna luz; los monjes, aquel cuerpo, para esconderle en el sepulcro. La inscripción funeraria decía: “Aquí descansa el abad Victoriano, grande como Pablo, ilustre como Antonio. A semejanza de Cristo, obró lo que enseñó. Llenó la Iberia y las Galias de enjambres monásticos, y puso en ellos ancianos venerables que le obedecían como a padre y maestro. Terminada en paz su peregrinación, emigró a la gloria.”