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23 diciembre 2026

SANTA VICTORIA

SANTA VICTORIA († 304)
Pérez de Urbel

Año cristiano

Hay una Santa Victoria de Tívoli, que parece haber sufrido el martirio en tiempo de la persecución de Decio (252); pero sus actos son una piadosa novela de la cual apenas si podemos sacar otra cosa que la existencia de la mártir. Cincuenta años más tarde padeció otra virgen del mismo nombre, cuya intrepidez era la admiración de San Agustín. Su historia y la de sus compañeros tiene todo el valor de un documento oficial, y a la vez la emoción del relato más legendario. Parece que los estamos viendo delante del juez confesando su fe en medio de las torturas.
La persecución de Diocleciano había comenzado con un decreto que prohibía las asambleas cristianas. En consecuencia, el culto público quedó interrumpido en todas partes; pero los gobernadores encontraban con frecuencia reuniones clandestinas. Una de ellas fue descubierta en Abitene, ciudad del África proconsular. Un domingo, durante el oficio, los magistrados de la colonia y el jefe de la policía entraron en una casa particular y sorprendieron a una veintena de cristianos, que reconocían por jefe a un sacerdote llamado Saturnino. Entre ellos estaban el decurión Dativo, varios lectores, un niño y la joven Victoria. Como el proceso competía a la jurisdicción del procónsul Anulino, fueron expedidos a Cartago. Fue este alto funcionario quien dictó las actas, mandándolas guardar en los archivos públicos, y gracias a ellas conocemos todos los detalles de aquel episodio sangriento.
Según costumbre, los empleados de la curia presentaron los reos al procónsul, diciéndole que eran cristianos transmitidos por los magistrados de Abitene por haberse reunido para celebrar el sacrificio eucarístico, contra la disposición de los augustos y los Césares. Interrogado el decurión Dativo, se declaró jefe y organizador de la asamblea, mientras los apparitores extendían su cuerpo en el caballete y le desgarraban con uñas de hierro. Uno de los acusados, por nombre Thélica, queriendo desviar hacia él la cólera del juez, avanzó al medio de la audiencia gritando:
—Todos somos cristianos y nos hemos reunido.
Los golpes, los garfios y la tortura fueron el castigo de estas palabras. En medio de los suplicios, Thélica decía en alta voz:
—¡Gracias a Dios! ¡Por tu nombre, Cristo, hijo de Dios, libra a tu siervo!
—¿Quién es el jefe de vuestra congregación?—preguntó el procónsul.
Thélica, en el momento en que más le apretaba la tortura, dijo con voz clara:
—Es el sacerdote Saturnino y todos nosotros.
La tortura continuaba; y entre tanto el mártir no cesaba de hablar y rezar:
—Desgraciados, obráis injustamente, combatís contra Dios. Dios omnipotente, no les imputes este pecado. Vuestra vida es un pecado, desgraciados. Guardad los mandamientos del Dios altísimo. Atormentáis a inocentes. No hemos cometido homicidio, ni hemos hecho fraude alguno. ¡Dios mío, ten piedad! ¡Yo te doy gracias, Señor! ¡Por el amor de tu nombre, dame fuerza para sufrir! Libra a tus siervos de la cautividad del mundo.
Y como la sangre corriese por su cuerpo desgarrado, oyó al procónsul, que le decía:
—Vas a comenzar a sentir los tormentos que te están reservados.
Él prosiguió:
—Es por tu gloria. Yo doy gracias al Dios de los reinos. Él aparece... el reino eterno, el reino incorruptible. Señor Jesucristo, somos cristianos y te servimos. Tú eres nuestra esperanza. Dios altísimo, Dios santísimo, Dios omnipotente, nosotros alabamos tu nombre.
Una vez más trató el juez de convencerle:
—Te bastaría observar la orden de los emperadores.
Thélica, cuya alma perseveraba firme en medio del desfallecimiento corporal, respondió:
Sólo una ley me interesa, la de Dios; es la que observo, y por ella quiero morir.
—Basta—dijo el procónsul a los verdugos, volviéndose nuevamente a Dativo.
Éste decía una y otra vez:
—Yo soy cristiano.
Esto le importaba poco al juez. Los edictos no castigaban aún la profesión pública del cristianismo, sino los actos exteriores que la manifestaban.
Un abogado que estaba en la curia intervino diciendo:
—Éste es el que, estudiando yo en esta ciudad y estando mi padre ausente, sedujo a mi hermana Victoria, y desde esta espléndida Cartago la llevó a la colina de Abitene; siempre que entraba en nuestra casa, era para extraviar con sus malos consejos los espíritus de las jóvenes.
La animosa Victoria se indignó al oír aquella acusación infame lanzada contra el senador, y tomando la palabra “con libertad cristiana”, salió a su defensa, diciendo:
—Eso no es verdad; marché sin consejo de nadie, y no fui a Abitene en su compañía. Puedo probarlo con testigos. Cuanto he hecho ha salido de mí misma, y soy responsable de ello. Por lo demás, es cierto que he asistido a la reunión del domingo con los demás hermanos, pues soy cristiana.
El abogado seguía acusando al decurión, el cual, “acordándose del rango que ocupaba en la ciudad”, sufría generosamente los tormentos, repitiendo sin cesar estas palabras:
—¡Oh Cristo Señor, que no sea confundido!
Llegó su vez al sacerdote:
—Has desobedecido a los Césares al reunir a esta gente— dijo el procónsul.
“Hemos celebrado en paz el dominicum—respondió Saturnino.
—¿Por qué?
—Porque el dominicum no se puede interrumpir.
Levantado en el caballete, el mártir clamaba:
—Socórreme, oh Cristo; ten piedad, salva mi alma, guarda mi espíritu; dame la fuerza de sufrir.
El procónsul le interrumpió preguntándole:
—¿ Eres el autor de la reunión ?
—Sí, yo estaba presente—respondió el sacerdote.
Y otro acusado, encarándose con Anulino, le dijo:
—El autor soy yo, diablo, que bebes la sangre de mis hermanos.
Fue atormentado terriblemente, y así lo fueron todos. Alguno murió en la tortura. En medio del suplicio, unos sollozaban, otros sonreían, otros cantaban o rezaban, o insultaban al magistrado. Ninguno flaqueó. Hasta el niño Hilariano respondió con heroico ardimiento.
—Tú habrás ido por acompañar a tu padre—le dijo el procónsul.
—No—replicó él—; soy cristiano; he ido con plena libertad.
—Voy a hacerte cortar los cabellos, la nariz, las orejas.
—Haz lo que quieras; soy cristiano.
—Bueno, que le lleven a la prisión—ordenó Anulino.
—Gracias a Dios—exclamó Hilariano.
Atardecía. El procónsul tenía ganas de acabar; pero aún quedaba Victoria. Reclamada por su hermano el abogado, habíanla colocado aparte. Doncella hermosa y de ilustre nacimiento, había resuelto permanecer virgen, y para guardar su voto, desapareció de casa una noche, descolgándose por una ventana, poco antes de la celebración de un matrimonio que sus padres querían imponerle. El procónsul deseaba interrogarla aparte; pero a todas las preguntas ella respondía:
—Soy cristiana.
Y como su hermano hiciese esfuerzos para convencerla, añadía:
—Tal es mi voluntad; ni he cambiado, ni cambiaré.
Anulino, que estaba cansado de tanta sangre y tanto lamento, se contentó con decirla:
—¿Quieres ir con tu hermano Fortunaciano?
—No—respondió ella—; soy cristiana y mis hermanos son los que guardan los mandamientos de Dios.
Anulino volvió a rogar:
—Reflexiona; ya ves que tu hermano quiere salvarte.
—Mi decisión está tomada—dijo Victoria—; no puedo decir más que lo que he dicho.
—Que la lleven a la prisión con los demás—concluyó el procónsul.
Todos los reos fueron encerrados en un calabozo horrible. La puerta se cerró detrás de ellos y ya no volvió a abrirse. Nadie se acordó de ellos, ni fue a darles de comer. Uno tras otro, todos murieron de asfixia, de hambre y de sed. Durante unos días, la salmodia alegró la cárcel; después, el hedor y el silencio de la muerte.