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EXPECTACIÓN DEL PARTO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
Pérez de Urbel
Año cristiano
Un sentido profundo y, a la vez, delicado del genuino espíritu de la liturgia inspiró a los obispos españoles del siglo VII esta fiesta, que durante mucho tiempo fue la más solemne de la Santísima Virgen en España. Los Padres del décimo concilio de Toledo decían en 656: “Porque en el día en que el ángel comunicó a la Virgen la concepción del Verbo, no se puede celebrar este misterio dignamente, a causa de las tristezas de la Cuaresma o las alegrías pascuales, que con frecuencia caen en él, declaramos y mandamos que el octavo día antes del nacimiento del Señor se consagre con toda solemnidad al honor de su Madre. De esta manera, así como la Natividad del Hijo se celebra durante ocho días seguidos, del mismo modo podrá tener también una octava la festividad sagrada de María.”
Para los españoles de la Edad Media, el 18 de diciembre era “el día de Santa María”; y tan amantes se mostraban de esta fiesta, en cuya institución habían intervenido tres de los grandes Padres visigodos: San Eugenio, que presidió el décimo concilio de Toledo, San Fructuoso y San Ildefonso, que sólo a condición de conservarla abandonaron la vieja liturgia mozárabe. Raúl Glaber nos cuenta lo que sentía a principios del siglo xi la numerosa colonia de monjes españoles que vivían en San Pedro de Cluny. Esta colonia quería seguir en Borgoña las costumbres litúrgicas que habían aprendido en España; y así, al llegar el 18 de diciembre, se separaban de los demás hermanos para practicar sus ritos. Aquí el historiador intercala una conseja malintencionada. Sucedió, dice, que aquella noche, mientras los españoles cantaban sus vigilias, dos de los otros monjes vieron que los de España, armados de tenazas, tomaban un niño del altar y lo echaban en una sartén llena de ascuas, mientras el niño no cesaba de gritar:
—¡Padre, Padre!... ¡Lo que tú diste, éstos se lo llevan!
La institución litúrgica de los Padres toledanos siguió en pie, extendiéndose más allá de las fronteras españolas. Colocada en los últimos días del Adviento, es un sonoro toque de llamada para fijar la atención de los fieles en el misterio sublime de Navidad, cuya conmemoración se avecina. El alma empieza a participar más intensamente de aquellos ardientes deseos que tenía la Virgen sin mancilla, de ver con los ojos al que llevaba en su seno; nuestras miradas se hacen más atentas para espiar la caída del celestial rocío, y en nuestra expectación seguimos a María, contando con ansiedad los días y las horas que faltan para la realización del prodigio.
De este modo, la Expectación de María se hace nuestra propia expectación. Nos preparamos al gran acontecimiento de la historia universal, y entramos de lleno en el espíritu de estos días, que la liturgia llama del Adviento; época de esperanza ansiosa, caminar sublime hacia el reino de la luz. Ninguna peregrinación tan emocionante, ninguna odisea tan extraordinaria y azarosa, ningún camino tan lleno de aventuras y maravillas.
Cuatro semanas de navegación, símbolo de otra navegación más larga de miles de años; un navío, que puede llamarse de la esperanza; un pasaje fraterno, unido por un mismo afán. Ese anciano de perfil aquilino, de barba fluvial, de ojos luminosos, con esa luz que sólo pueden tener los ojos que han visto a Dios, es nuestro piloto. Se llama Isaías, hijo de Amós. Yo me le figuro al pie de la antena, recogiendo las ondas Intersiderales de la profecía. La Edad Media le representó con las manos sobre las cejas, atisbando el horizonte: aspiciens a longe.
El bajel avanza en la oscuridad. Los miedos de la noche le cercan. Hay peligros de escollos y amenazas de monstruos; hay sobresaltos y zozobras. El temor se mezcla a la alegría, la angustia combate con la esperanza. Rasgando las tinieblas, vibra un himno en que hay luz y sombras a la vez, anhelos abrasados y acentos desgarradores. Dice el estribillo: “Enviad, oh cielos, el rocío a la tierra; dadnos, oh nubes, la lluvia de la justicia.” Luego, las voces continúan: “Hemos pecado y nos hemos convertido en vasos de inmundicias; todos hemos caído como las hojas; nuestras iniquidades nos han arrebatado como Sin vendaval; y hemos sido arrojados contra la roca de nuestra maldad.”
Con estos gritos lastimeros, los ánimos se abaten, pero el piloto está aquí para devolvernos la confianza y la serenidad. Nos habla de una Virgen que nos dará un Salvador, y dice: “No temas, porque el Señor viene ya a tu encuentro, caminando hacia Belén sobre las aguas de la redención de Judá; Dios viene a visitar a su pueblo en la paz.” Las palabras proféticas nos describen las maravillas de ese reino de la luz que buscamos, y envuelven nuestro navío como en un alba radiante. Del extremo de la turbación pasamos al éxtasis de la alegría. La exaltación estalla en las almas con frases cuyo divino deleite sólo pueden comprender los que participan en nuestra santa aventura. Una voz nos dice: “Alegraos en el Señor, alegraos, os repito, con una alegría inextinguible, porque el Señor está cerca.” Otra, más impaciente: “Alégrense los cielos, salte de gozo la tierra, y vosotros, montes de Israel, extended vuestras ramas, cubríos de flores, vestid vuestro ropaje de fiesta.” Y luego una nueva promesa: “Regocijaos con Jerusalén todos los que la amáis, porque he aquí que yo me acerco a ella como un río de paz, y como un torrente que inunda de gloria a las gentes.”
Pero ¿es posible tanta felicidad? No, no podemos creer m ella; nuestro corazón es demasiado frágil para contenerla, nuestra mirada demasiado débil para resistir la gloria de ese día que se anuncia. No hay remedio a nuestro mal; seguiremos peregrinando sobre las olas de un mar revuelto, bajo un cielo oscuro y despiadado. ¿Acaso no somos pobres peregrinos, a quienes la venganza de un Dios tiene lejos de su patria? Otra vez la turbación y la duda. La desesperanza amarga se enrosca a nuestros corazones como una sierpe. Volvemos a recordar la imagen bíblica de las hojas que se lleva el viento, y la del barquichuelo que viene a dar contra los riscos. Son necesarias nuevas iluminaciones, otras voces amigas que nos saquen de nuestra incredulidad y con la fe nos devuelvan la confianza. Y prosigue nuestra peregrinación litúrgica hacia ese país de la paz que habitan los hombres de buena voluntad. Entre la marejada y la bonanza, entre la calma y la turbación. Y así, con el temor, se aviva la esperanza, y de la esperanza se alimenta el deseo, y el deseo exacerba el amor. Es una gimnasia misteriosa, o como diría San Gregorio Magno, una fricción, un masaje espiritual, que entona y vigoriza y calienta los músculos del alma. Pero el deseo llega a hacerse tan violento, que ya no puede aguardar más. Los viajeros contemplan la lejanía llenos de ansiedad, y repiten una y otra vez el mismo grito: “¡Oh Sabiduría, que saliste de la boca del Altísimo, oh Emmanuel, oh Adonaí, oh rey de las naciones, oh raíz de Jessé, oh llave de David, oh Oriente y esplendor de la eterna luz, ven a sacar de la cárcel sombría a los que están sentados en las sombras de la muerte!"
Mas he aquí a la Virgen de belleza peregrina que nos anunciaba el profeta. Un misterio divino se esconde en su pecho, y una luz celestial brilla sobre su frente. Ya ha escuchado las palabras del ángel; el Espíritu Santo ha venido sobre ella; su seno es ya el templo inmaculado de Dios. Al verla, huye toda sombra, toda duda se desvanece, la esperanza es segura, la alegría completa.