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17 diciembre 2026

SAN LÁZARO

SAN LÁZARO (Sig. I)
Pérez de Urbel

Año cristiano

Estaba próxima la Pascua en que había de correr la sangre del Cordero racional. El odio de los fariseos se envenenaba día tras día, y en lontananza veían ya con regocijo la siniestra silueta de la cruz. Unas semanas más, y su venganza quedaría satisfecha. Como aún no había llegado su hora, Jesús andaba lejos de Jerusalén, al otro lado del Jordán, escondido entre los montes de Galaad, sembrando su doctrina y sus milagros en los pueblos de la Perea, que pertenecían al señorío de Herodes Antipas. Allí le encontró cierto día un mensajero, que le transmitió esta lacónica embajada:
—Señor, el que amas está enfermo.
En los alrededores de Jerusalén, al otro lado del monte de los Olivos, había una aldea llamada Betania, y en la aldea una casa donde el Rabbí galileo era amado, respetado y admirado. El jefe de la casa, Lázaro, hombre distinguido entre la mejor sociedad de la ciudad santa, de alto predicamento entre los sanedritas, vivía allí con dos hermanas suyas, Marta y María; y los tres gozaban ofreciendo hospitalidad al profeta. Ahora Lázaro estaba enfermo, y las dos hermanas se habían apresurado a comunicárselo a Jesús, seguras de que acudiría a consolarle en su última hora. Pero Jesús, oído el mensaje, dijo tranquilamente :
—Esta enfermedad no es para la muerte, sino para la gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios sea glorificado en ella.
Y continuó sus andanzas entre los galaaditas, no sin gran sorpresa de los que sabían “cuánto amaba a Marta, a María su hermana y a Lázaro”.
Entretanto, la impaciencia crecía en Betania. Desde la altura en que se asentaba la aldea, Marta y María exploraban el camino del oeste a la hora del atardecer con los ojos llorosos y el vacío en el alma. Vana esperanza: Lázaro se murió. Según la costumbre de los países cálidos, sus hermanas y amigos lavaron su cuerpo, le ungieron con ricos perfumes, le rodearon de lienzos preciosos, y le encerraron en la gruta funeraria cavada en la roca. Al duelo acudió un gran concurso de gente de las mejores familias de Jerusalén y los contornos. Durante tres días los llantos resonaron en la casa del difunto y alrededor de la tumba. Marta y María sollozaban sentadas en el suelo, con los pies descalzos y la cabeza sin velo, rodeadas de los amigos, los vecinos y las plañideras que les acompañaban en sus lamentaciones. Al tercer día, según las creencias judaicas, el alma cesaba de revolotear en torno al cadáver. Entonces se visitaba el sepulcro por última vez, se extendía un lienzo sobre el rostro del muerto, y una piedra redonda se corría sobre la boca de la gruta, cubriendo para siempre la que los rabinos llamaban casa de la eternidad.
Todo parecía terminado; pero Jesús, que había estado varios días sin dar señales de acordarse de Betania, dijo súbitamente a sus discípulos:
—Volvamos a Judea.
—Maestro—le respondieron ellos—, hace poco los judíos te querían apedrear, y ¿ ahora vas a meterte en medio de ellos ?
El Señor trató de calmar sus temores, asegurándoles que su misión había de ser como las doce horas del día, cuya duración ningún poder es capaz de abreviar. Luego añadió:
—Nuestro amigo Lázaro duerme; vamos a despertarle.
—Si duerme, buena señal—respondieron ellos, siempre tardos en comprender.
—Lázaro ha muerto—aclaró Jesús—; y me alegro, a causa de vosotros, de no haber estado allí, a fin de que creáis.
El pequeño grupo se puso en marcha, y atravesando el Jordán, llegó al día siguiente junto a Betania. A la entrada del pueblo se detuvo, pues Jesús no quería exacerbar el odio de los judíos poderosos que, aun después del banquete fúnebre del tercer día, se habían quedado haciendo compañía a las hermanas del muerto. Mas no tardó en correr el ruido de su venida. Marta, tipo siempre de la actividad exterior, salió presurosa al encuentro del Maestro, y le dijo:
—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; aunque bien sé que todo lo que pidas a Dios te lo concederá.
—Resucitará tu hermano—le dijo Jesús.
—Sí, ya lo sé—suspiró ella—; resucitará en la resurrección del último día.
Marta comprendió mal la promesa del Señor, no viendo en ella sino un cumplido propio de la circunstancia. Cristo, entonces, le dijo aquellas admirables palabras con que la Iglesia nos consuela en nuestro luto:
—Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aun cuando hubiere muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá para siempre. ¿Lo crees así?
—Sí, Señor—respondió Marta—; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que ha venido a este mundo.
Después de esta confesión, se dirigió a llamar a su hermana. María la contemplativa iba a escuchar más altas verdades. Sentada estaba en el suelo, abrumada por el dolor, cuando Marta llegó hasta ella y le dijo al oído:
—El Maestro está ahí fuera y te llama.
María se levantó inmediatamente. “Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, viendo que salía tan ligera, la siguieron, diciendo: Va a llorar al sepulcro.” No tardó en divisar a Jesús rodeado por sus discípulos. Al llegar delante de Él, se prosternó, repitiendo el reproche que las dos hermanas debían haberse dicho muchas veces aquellos días:
—Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano.
No dijo más; sus lágrimas hablaban y rezaban. Los judíos, Olvidando su odio un instante, lloraban también. Tanto amor, tanto dolor, conmovieron a Jesús. “Se estremeció en su espíritu y turbóse.” Luego dijo:
—¿Dónde le habéis puesto?
—Señor, ven y verás.
Y Jesús lloró.
“Realmente le amaba con ternura”, se decían los judíos entre sí; pero otros, en quienes la amargura se mezclaba a la piedad, observaban: “Este hombre que abrió los ojos del ciego de nacimiento, bien pudiera haber hecho que no muriese.” Jesús oyó el reproche, y estremeciéndose otra vez en su interior, se dirigió al sepulcro.
—Retirad la piedra—dijo en el momento de llegar.
Marta se opuso, observando:
—Maestro, ya huele mal; hace cuatro días que está muerto.
—¿ No os he dicho—replicó el Señor—que si creyereis veréis la gloria de Dios?
Rodaron la piedra y apareció el cadáver. Las dos hermanas y sus amigos rodeaban al Maestro, fijos los ojos en la gruta. Jesús se acercó, y levantando al cielo la mirada, dijo:
—Padre mío, gracias te doy porque me has oído; yo sé que me oyes siempre, pero hablo a causa de los que me rodean, a fin de que crean que Tú me has enviado.
Después, levantando fuertemente la voz, añadió:
—Lázaro, sal fuera.
—Y el muerto salió al instante, con las manos y los pies envueltos en los lienzos, y la cara cubierta. La concurrencia estaba muda de espanto.
—Desatadle—dijo Jesús—y dejadle ir.
Cayó el sudario del rostro, desaparecieron las telas, y Lázaro se presentó a los ojos de todos lleno de vida. San Juan, testigo del prodigio, añade que la mayor parte de los judíos presentes creyeron en Jesús; y algunos de ellos se apresuraron a llevar la noticia a Jerusalén El terror se apoderó del Sanedrín. Pensaron en matar a Lázaro; pero la muerte de Jesús debió saciar la ira de los fariseos. Lázaro siguió siendo un testimonio viviente del poder de su Maestro. Su palabra debía tener especial virtud; pero si la leyenda asegura que vino a morir segunda vez en las costas de Provenza, los libros santos no vuelven a hablarnos de él.
Había venido a este mundo para que la gloria de Dios se manifestase en él; para darnos a conocer hasta dónde llega el poder del Hijo del hombre. También Él bajará al sepulcro unos días más tarde; pero el que con una palabra arranca la presa de las garras de la muerte, no caerá bajo sus golpes sino por un acto de su propia voluntad. En el momento fijado por Él mismo, romperá sus cadenas y, saliendo de la tumba con gesto de triunfador, podrá decir, encarándose con la muerte: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”