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6 enero 2027

Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén

Mateo 2, 1-12

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: "¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo". Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: "En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel"".
Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: "Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo". Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

***

San Francisco de Sales, obispo
Sermón. VIII, 38.

La Epifanía es el día de los dones. Nunca ha recibido Cristo regalos más espléndidos y ahí tenemos la manera de ofrecer nuestros presentes a Dios. Los Magos nos lo pueden enseñar, ya que el primer acto de cada clase sirve de tipo a lo demás. Veamos, pues, las circunstancias: ¿Quién? ¿Qué? ¿A quién? ¿Por qué? ¿Cómo?
¿Quién? Unos Reyes sabios. Antes de haber recibido la fe, ya creían. Reyes piadosos, que observaban las estrellas siguiendo la profecía de Balaam; su devoción se demuestra al dejar sus reinos y al acudir y presentarse intrépidamente al rey Herodes y confesarle ingenuamente su fe.
¿Qué? Oro, incienso y mirra. Las opiniones de los doctores están divididas cuando explican la razón de estos presentes. Strabus dice que trajeron de lo que producía su país de Arabia. Todo agrada a Dios: Abel le daba de sus rebaños y el que no tenía sino una piel de cabra, también podía ofrecérsela. Honra al Señor con tus bienes.
Hay quienes ofrecen al Señor lo que no poseen. Hijo mío, ¿por qué no eres más devoto? Lo seré en mi ancianidad. Pero, ¿sabes tú que llegarás a viejo? Otro dice: Si yo fuese capuchino, ofrecería sacrificios al Señor. Honra al Señor con lo que tienes. Si yo fuese rico… yo daría… Honra al Señor con tu pobreza. Si yo fuera santo… Honra al Señor con tu paciencia, si yo fuera doctor…, honra al Señor con tu sencillez…
De lo que tienes, el valor de tu ofrenda se mide en relación con lo que posees. San Agustín dice que los Magos le trajeron oro como a rey; incienso como a Dios; mirra como a hombre. ¿A quién? ¡A Cristo nuestro Señor! ¿Por qué? ¡Hemos venido a adorar al Señor! ¿Cómo? ¡Se postraron y le adoraron!
Y no digamos que no tenemos nada muy grande para regalarle. Nada hay suficientemente digno de Dios. Debéis decir: “Yo quiero, Divino Niño, darte el único bien que poseo: yo mismo, y te ruego que aceptes este don.” Y Él nos responderá: “Hijo mío, tu regalo no es pequeño sino en tu propia estima.”