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21 noviembre 2026

No es Dios de muertos, sino de vivos

Lucas 20, 27-40

En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano". Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella". Jesús les contestó: "En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos".
Intervinieron unos letrados: "Bien dicho, Maestro". Y no se atrevían a hacerle más preguntas.

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“No es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él”. Somos capaces de abrazar los misterios divinos, aunque no lleguemos a comprenderlos del todo. Basta la humildad.

Hay numerosos sucedidos en la vida de Jesús que nos dejan la impresión, a menudo desconcertante, de la “necedad” de los que se acercan a escucharlo y a preguntarle. Este término, “necedad”, pertenece a la tradición sapiencial de la que dan testimonio una serie de libros del Antiguo Testamento. El necio es el que se cierra a lo evidente, a lo que tiene delante. El que no está dispuesto a escuchar. El que está convencido de que las cosas son como él piensa. ¡O que deberían ser como él piensa! Y que, por tanto, vive en un mundo que en parte es ficción. Vive engañado.

El evangelio de la misa de hoy nos presenta a unos saduceos. En la pregunta que hacen al Señor se deja entrever lo pequeño de sus corazones. Esa pequeñez se refleja en su obstinación por quedarse en la letra de la Ley de Moisés, o en lo que ellos entendían de esa letra, sin abrir su corazón a lo que Dios había revelado en esa misma Ley, aunque fuera aún de una forma oscura, pero que podía ser alcanzado por los destinatarios abiertos a Dios y con un corazón humilde. Para ellos era inconcebible una resurrección, entre otras cosas, por su concepción del matrimonio. Pero Jesús mismo les dice que, aunque no puedan llegar a comprender cómo vivirán en la otra vida las personas que aquí estuvieron casadas, la misma Ley les dice que Dios es un Dios de vivos.

Entre las diversas enseñanzas que podemos sacar de este pasaje, se impone una de fondo: solo pueden penetrar en el conocimiento del Misterio de Dios los que tienen buenas disposiciones, los que están abiertos y escuchan, los que preguntan con humildad, los que aceptan a Cristo, los que lo aman. El Misterio de Dios supera nuestra comprensión, pero, ciertamente, es un muro infranqueable para el que no quiere abrirse a comprender lo que le supera. Quien encierra a Dios y las realidades divinas en lo que la razón humana puede abrazar, creyendo vivir en la realidad, vive fuera de ella. A Dios solo podemos acercarnos con el corazón abierto. Sobre esas buenas disposiciones, Él construirá, con la fe, la esperanza y la caridad, el camino del conocimiento amoroso y la plenitud de vida.