Página inicio

-

Agenda

15 septiembre 2027

HACER EL BIEN CON LA PALABRA

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

Imitar a Cristo en su conversación amable con todos. Nuestra palabra ha de enriquecer, alentar, consolar…

II. A Jesús le gustaba conversar con sus discípulos. San Juan nos dejó constancia en su Evangelio de sus confidencias de la Ultima Cena. Conversaba mientras se encaminaba a otra ciudad ¡aquellas largas caminatas del Señor! , mientras paseaba bajo los pórticos del Templo. «Conversaba en las casas, con las personas que estaban a su alrededor, como María, sentada a sus pies, o como Juan, que tenía reclinada su cabeza sobre el pecho de Jesús». Nunca rehusó el diálogo con quienes se le acercaban en las situaciones de cultura, de tiempo... más diversas: Nicodemo, la mujer samaritana que había ido a buscar agua al pozo del pueblo, un ladrón cuando su dolor es más grande... Con todos se entendía Jesús y todos salían confortados con sus palabras. Y en esto también hemos de imitar al Maestro. A veces tendremos que vencer la tendencia a permanecer callados, o la inclinación a hablar con poca medida. Y siempre será una ocasión de vencer el egoísmo de estar en nuestras cosas para ocuparnos de lo que preocupa a los demás.

La palabra, regalo de Dios al hombre, nos ha de servir para hacer el bien: para consolar al que sufre, al que por cualquier circunstancia está pasando una mala temporada; para enseñar al que no sabe; para corregir amablemente al que yerra; para fortalecer al débil, teniendo en cuenta que como dice la Sagrada Escritura la lengua del sabio cura las heridas; para levantar amablemente a quien ha caído, como Jesús hace constantemente. A muchos, que andan perdidos en la vida, les enseñaremos el camino. «Me acuerdo una vez relata un buen escritor que en el Pirineo, a mediodía, avanzábamos perdidos por las altas soledades (...). De pronto, envuelto en el gritar del viento oímos un son de esquilas; y nuestros ojos azorados, poco hechos a aquellas grandezas, tardaron mucho en descubrir una yeguada que abajo, en una rara verdor, pacía. Hacia allí nos encaminamos esperanzados (...). Pedimos camino al hombre, que era como de piedra; y él, volviendo los ojos en su rostro extático, alzó lentamente el brazo señalando vagamente un atajo, y movió los labios. En la atronadora marejada del viento, que ahogaba toda voz, sólo dos palabras sobrenadaban que el pastor repetía con terquedad: "Aquella canal...", éstas eran sus palabras, y señalaba vagamente allá, hacia la altura. ¡Cuán bellas eran las dos palabras gravemente dichas contra el viento! (...). La canal era el camino, la canal por donde bajaban las aguas de las nieves derretidas. Y no era cualquiera, sino aquella canal que el hombre conocía bien entre todas por su fisonomía especial y propia que para él tenía; era aquella canal. ¿Lo veis? Para mí esto es hablar»: enriquecer, orientar, animar, alegrar, consolar, hacer amable el camino... «Descubro también que mi persona se enriquece por medio de la conversación. Porque poseer sólidas convicciones es hermoso; pero más hermoso todavía es poderlas comunicar y verlas compartidas y apreciadas por otros».

Muchas de las personas que nos rodean andan perdidas en su pesimismo, en la ignorancia, en la falta de sentido de lo que hacen... Nuestras palabras, siempre alentadoras, han de indicar a muchos los caminos que llevan a la alegría, a la paz, a descubrir la propia vocación... «Aquella canal», por aquel camino se encuentra a Dios. Y muchos encontrarán a Cristo en esas confidencias normales llenas de sentido positivo, que se dan en medio de la vida normal de todos los días.