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Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal
Imitarle, vivir su Vida. Filiación divina
II. Después de la confesión de Pedro, Jesús manifestó a sus discípulos por vez primera que el Hijo del hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas y ser muerto, y resucitar después de tres días. Hablaba de esto abiertamente. Pero éste era un lenguaje extraño para aquellos que habían visto tantas maravillas. Y Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Entonces el Señor, dirigiéndose a Pedro, pero con la intención de que todos lo oyeran, le habló con estas durísimas palabras: ¡Apártate de Mí, Satanás! Son las mismas con las que rechazó al demonio después de las tentaciones en el desierto. Uno por odio y otro por un amor mal entendido, intentaron disuadirlo de su obra redentora en la cruz, a la que se encaminaba toda su vida y que habría de traernos todos los bienes y gracias para alcanzar el Cielo. En la Primera lectura de la Misa, Isaías anuncia, con varios siglos de antelación, la Pasión que habría de sufrir el Siervo de Yahvé: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban (...). No oculté el rostro a insultos y salivazos.
El amor de Dios a los hombres se manifestó enviando al mundo a su Hijo Unigénito para que nosotros vivamos por Él; con su Muerte nos dio la Vida. Cristo es el único camino para ir al Padre: nadie viene al Padre sino por Mí, declarará a sus discípulos en la Ultima Cena. Sin Él nada podemos. La preocupación primera del cristiano ha de consistir en vivir la vida de Cristo, en incorporarse a Él, como los sarmientos a la vid. El sarmiento depende de la unión con la vid, que le envía la savia vivificante; separado de ella, se seca y es arrojado al fuego. La vida del cristiano se reduce a ser por la gracia lo que Jesús es por naturaleza: hijos de Dios. Ésta es la meta fundamental del cristiano: imitar a Jesús, asimilar la actitud de hijo delante de Dios Padre. Nos lo ha dicho el mismo Cristo: Subo a «mi» Padre y a «vuestro» Padre, a «mi» Dios y a «vuestro» Dios. Jesús vive ahora y nos interpela cada día sobre nuestra fe y nuestra confianza en Él, sobre lo que representa en nuestra vida. Y nos busca de mil maneras, ordena los acontecimientos para que el éxito y la desgracia nos lleven a Él. Y nos resistimos..., y quizá dirigimos en ocasiones la mirada hacia otro lugar. Por eso podemos decirle hoy con el soneto del clásico castellano: «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? // ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, // que a mi puerta, cubierto de rocío, // pasas las noches del invierno escuras?
»¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras // pues no te abrí! Qué extraño desvarío // si de mi ingratitud el hielo frío // secó las llagas de tus plantas puras.
»Cuántas veces el ángel me decía: // ¡Alma! ¡Asómate agora a la ventana // verás con cuánto amor llamar porfía!
»Y cuántas, hermosura soberana, // mañana le abriremos, respondía. // Para lo mismo responder mañana».