-
Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal
Obstáculos para la fidelidad
II. A los primeros cristianos se les designaba frecuentemente con el apelativo de fieles. Este término nace en momentos de dificultades externas, de persecuciones, de calumnias y de la presión de un ambiente pagano que trataba de imponer su manera de pensar y de vivir, muy opuesta a la doctrina del Maestro. Ser fieles era mantenerse firmes ante estos obstáculos externos. Sé fiel hasta la muerte -se lee en el Apocalipsis- y Yo te daré la corona de la vida. Esto se pide a los cristianos de todas las épocas: Sé fiel hasta la muerte. Ya antes advierte el Apóstol: No temas por lo que vas a padecer: el diablo va a encarcelar a algunos de vosotros, para que seáis tentados; y sufriréis tribulación por diez días. Eso es la vida: diez días, un poco de tiempo. ¿Y no vamos a permanecer fieles si tuviéramos que sufrir alguna contradicción, muchas veces pequeña, alguna discriminación por ser cristianos que no se avergüenzan de serlo? ¿Nos vamos a avergonzar de nuestra fe, que tiene consecuencias prácticas en el modo de actuar, en las que muchos quizá no estén de acuerdo? «Es fácil recordaba el Papa Juan Pablo II ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura toda la vida».
A veces los obstáculos no llegan de fuera, sino de dentro. La soberbia es el principal obstáculo de la fidelidad, y junto a ella la tibieza, que hace perder la alegría en el seguimiento de Cristo, idealizando otras posibilidades que están al margen del camino que nos lleva a Dios. Otras veces surge la oscuridad del alma, consecuencia de la desgana y falta de lucha, o porque Dios la permite para purificar el alma. Sea cual fuere la causa de estas tinieblas, la fidelidad muchas veces estará en la humildad de ser dóciles a la dirección espiritual, en mantener una oración viva con el Señor, en permanecer en ese trato diario con Él, que nos llevará como de la mano hasta la luz. «Se quedaron muy grabadas en mi cabeza de niño cuenta el Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer aquellas señales que, en las montañas de mi tierra, colocaban a los bordes de los caminos; me llamaron la atención unos palos altos, ordinariamente pintados de rojo. Me explicaron entonces que, cuando cae la nieve, y cubre senderos, sementeras y pastos, bosques, peñas y barrancos, esas estacas sobresalen como un punto de referencia seguro, para que todo el mundo sepa siempre por dónde va la ruta.
»En la vida interior, sucede algo parecido. Hay primaveras y veranos, pero también llegan los inviernos, días sin sol, y noches huérfanas de luna. No podemos permitir que el trato con Jesucristo dependa de nuestro estado de humor, de los cambios de nuestro carácter. Esas posturas delatan egoísmo, comodidad, y desde luego no se compaginan con el amor.
»Por eso, en los momentos de nevada y de ventisca, unas prácticas piadosas sólidas nada sentimentales , bien arraigadas y ajustadas a las circunstancias propias de cada uno, serán como esos palos pintados de rojo, que continúan marcándonos el rumbo, hasta que el Señor decida que brille de nuevo el sol, se derritan los hielos, y el corazón vuelva a vibrar, encendido con un fuego que en realidad no estuvo apagado nunca: fue sólo rescoldo oculto por la ceniza de una temporada de prueba, o de menos empeño, o de escaso sacrificio».