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8 octubre 2027

LA VOLUNTAD DE DIOS

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

Purificar la propia voluntad, inclinada excesivamente hacia uno mismo

II. Hágase tu voluntad…

En muchos momentos, nuestro querer natural coincide con el de Dios. Todo parece entonces sereno y suave, y se camina sin gran dificultad. Pero no debemos olvidar que en el progreso hacia la santidad tendremos que purificar el propio yo, la propia voluntad inclinada excesivamente hacia uno mismo, incluso en asuntos nobles, y dirigirla a la plena identificación con el querer divino. Éste es la verdadera brújula que dirige los pasos directamente a Dios, y que nos llevará en tantas ocasiones por senderos distintos a los que nosotros, con un criterio exclusivamente humano, hubiéramos escogido. Mis caminos no son vuestros caminos…, nos repetirá el Espíritu Santo, en no pocas ocasiones, en la intimidad de nuestro corazón.

Del Señor debemos aprender el camino seguro del cumplimiento de la voluntad de Dios en todo. Es ésta una enseñanza continua a lo largo del Evangelio. Cuando los Apóstoles instan a Jesús, cansado después de una larga jornada, para que tome algún alimento de los que acaban de comprar en una ciudad de Samaría, les dice: Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado y dar cumplimiento a su obra. Nuestro alimento, lo que nos da fuerzas y firmeza para vivir como hijos de Dios, lo que da sentido a una vida, es saber que estamos haciendo la voluntad de Dios hasta en los detalles más pequeños del vivir diario. En otras muchas ocasiones repetirá Jesús esta misma enseñanza: no pretendo hacer Mi voluntad, sino la de Aquel que me ha enviado. ¡Si pudiéramos nosotros decir siempre esto mismo! Yo no quiero, Señor le decimos en la intimidad de nuestro corazón , hacer aquello que desean mis sentidos o mi inteligencia, aunque sea lícito, sino aquello que Tú quieres que lleve a cabo, aunque parezca difícil y costoso. Si alguna vez nos sucede esto, que nos cuesta aceptar la voluntad de Dios, iremos al Sagrario a ver a Jesús, y después de un rato de oración comprenderemos que nuestro querer más íntimo es precisamente aceptar y amar la voluntad de Dios. Será una buena ocasión especialmente si se trata de un asunto que nos resulta muy costoso y molesto para hacer nuestra la oración de Jesús en los comienzos de la Pasión: Padre mío, si es de tu agrado, aleja de Mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya. No se haga mi voluntad…, repetiremos despacio, sino lo que Tú quieres.

Los Apóstoles predicaron más tarde lo que en tantas ocasiones aprendieron del Maestro: el Reino de los Cielos sólo es accesible al que hace la voluntad de mi Padre celestial, pues el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre. Es ahí en el cumplimiento del querer divino donde la criatura encuentra su verdadera felicidad, pues la voluntad divina está orientada a que seamos plenamente felices en esta vida y en la otra, de un modo con frecuencia distinto al que nosotros habíamos proyectado: «a quien posee a Dios, nada le falta..., si él mismo no le falta a Dios».

Nuestra voluntad tiene así una meta: hacer siempre, también en lo pequeño, en las tareas ordinarias, lo que Dios quiere que hagamos. Así, decidimos en cada circunstancia, no aquello que nos es más útil o agradable, sino según lo que quiere el Señor en aquella situación concreta. Y como Dios quiere lo mejor, aunque de modo inmediato no lo experimentemos, estamos ejerciendo la libertad en el bien, que es verdaderamente donde se realiza. Por eso, cuando ejercitamos nuestra libertad haciendo nuestro el querer divino, estamos convirtiendo nuestra vida en un continuo acto de amor.