Página inicio

-

Agenda

31 octubre 2027

AMAR CON OBRAS

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

II. Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.// Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,// mi fuerza salvadora, mi baluarte, rezamos con el Salmo responsorial.

Este Salmo 17 es como un Te Deum que David dirige a Yahvé para darle gracias por las muchas ayudas que recibió a lo largo de su vida. El Señor le libró de sus enemigos, especialmente de las manos de Saúl, le dio la victoria sobre los pueblos gentiles, le devolvió Jerusalén después de haber tenido que abandonarla a causa de la insurrección de su hijo Absalón. David siempre encontró en su Señor apoyo y ayuda. De ahí su reconocimiento y su amor: Yo te amo, Señor, fortaleza mía. Él fue siempre su aliado: peña, refugio, roca segura, escudo protector... Yahvé fue siempre su amparo: Yahvé me libró porque me amaba. Cada uno de nosotros puede repetir estas mismas palabras. Lo determinante de nuestra vida, lo que aparta todas las tinieblas y tristezas es el hecho de que Dios nos ama. Esta realidad llena el corazón de esperanza y de consuelo. Y en esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió al mundo a su Hijo Unigénito para que vivamos por Él. En eso está el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. La Encarnación es la revelación suprema del amor de Dios por cada uno de sus hijos. Pero este amor preexistía a toda manifestación desde la eternidad: Te amé con amor eterno. Es anterior a cualquier propósito creador, ya que representa lo más íntimo de la esencia divina. Santo Tomás enseña que este amor es la fuente de todas las gracias que recibimos.

Es más, para que podamos amarle, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. «Fuimos amados —enseña San Agustín— cuando todavía le éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle». En otro lugar, comenta el Santo: «Oye cómo fuiste amado cuando no eras amable; oye cómo fuiste amado cuando eras torpe y feo; antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero para que te hicieras digno de ser amado».

¿Cómo no vamos a corresponder a un amor tan grande? El Señor nos pide que le amemos con obras y con el afecto de nuestro corazón, que cada día conoce más y mejor ese camino hacia la Trinidad que es la Humanidad Santísima de Jesús. El Padre ama al Hijo y nos ama a nosotros: Tú les has amado como me has amado a Mí. Tanto nos ama cuanto nosotros amamos al Hijo: El que me ama será amado por mi Padre.

El amor pide obras: confianza de hijos, cuando no acabamos. de entender los acontecimientos; acudir a El siempre, todos los días, y especialmente cuando nos sintamos más necesitados; agradecimiento alegre por tanto don como recibimos; fidelidad de hijos, allí donde nos encontremos... «En el castillo de Dios tratemos de aceptar cualquier puesto: cocineros o fregones de cocina, camareros, mozos de cuadra, panaderos. Si al Rey le place llamarnos a su Consejo privado, allí iremos, pero sin entusiasmarnos demasiado, sabiendo que la recompensa no depende del puesto, sino de la fidelidad con que sirvamos». En el lugar donde nos encontremos, en la situación concreta por la que pasa nuestra vida, Dios nos quiere felices, pues en esas circunstancias podemos ser fieles al Señor. ¡Tantas veces necesitaremos decirle: «Señor, te amo..., pero enséñame a amarte!».