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12 octubre 2027

EL PERDON DE NUESTRAS OFENSAS

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

Al Señor le encontramos siempre dispuesto para el perdón. Todo pecado puede ser perdonado si el pecador se arrepiente

II. No basta con reconocer nuestros pecados, «es preciso que su recuerdo sea doloroso y amargo, que hiera el corazón, que mueva el alma al arrepentimiento; de modo que, sintiéndonos angustiados interiormente, nos movamos a recurrir a Dios nuestro Padre, pidiéndole con humildad que nos saque las espinas de los pecados, clavadas en nuestra alma».

El Señor está dispuesto a perdonarlo todo de todos. Al que viene a Mí - nos dice- Yo no lo echaré fuera. No es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos -nos enseña en otro lugar- que se pierda ni uno solo de estos pequeñuelos. Es más: como enseña Santo Tomás, la Omnipotencia de Dios se manifiesta, sobre todo, en el hecho de perdonar y usar de misericordia, porque la manera que Dios tiene de mostrar que tiene el supremo poder es perdonar libremente. En el Evangelio aparece la misericordia de Jesús para con los pecadores como una constante que se repite una y otra vez: los recibe, los atiende, se deja invitar por ellos, los comprende, los perdona. A veces los fariseos lo criticaban por esto, pero Él los recrimina diciéndoles que no necesitan médico los sanos sino los enfermos, y que el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido.

La ofensa ha de ser perdonada por el ofendido. El pecado solamente puede ser perdonado por el mismo Dios. Así lo hicieron notar a Jesús unos fariseos: ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? El Señor no rechazó estas palabras, sino que se sirvió de ellas para mostrarles que Él tiene ese poder precisamente porque es Dios. Después de la Resurrección, lo trasmitió a su Iglesia, para que Ella, por medio de sus ministros, lo pudiese ejercer hasta el fin de los tiempos: Recibid el Espíritu Santo -dijo a los Apóstoles- ; a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, a quienes se los retuvierais les serán retenidos.

Al Señor le encontramos siempre dispuesto al perdón y a la misericordia en el sacramento de la Confesión. «Podemos estar absolutamente ciertos enseña el Catecismo Romano de que Dios está inclinado hacia nosotros de tal modo que con muchísimo gusto perdona a los que de veras se arrepienten. Es verdad que pecamos contra Dios (...), pero también es verdad que pedimos perdón a un Padre cariñosísimo, que tiene poder para perdonarlo todo, y no sólo dijo que quería perdonar, sino que además anima a los hombres para que le pidan perdón, y hasta nos enseña con qué palabras lo hemos de pedir. Por consiguiente, nadie puede tener duda de que porque Él lo ha dispuesto en nuestra mano está, por así decir, recobrar la gracia divina».