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Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal
La misericordia de la Iglesia
II. Al ver Jesús a la mujer, se compadeció de ella y le dijo: No llores. Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron; y dijo: Muchacho, a ti te lo digo, levántate. Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar; y se lo entregó a su madre.
Muchos Padres han visto en la madre que recupera a su hijo muerto una imagen de la Iglesia, que recibe también a sus hijos muertos por el pecado a través de la acción misericordiosa de Cristo. La Iglesia, que es Madre, con su dolor «intercede por cada uno de sus hijos como lo hizo la madre viuda por su hijo único» . Ella «se alegra a diario comenta San Agustín con los hombres que resucitan en su alma. Aquél, muerto en cuanto al cuerpo; éstos, en cuanto a su espíritu». Si el Señor se compadece de una multitud que tiene hambre, ¿cómo no se va a compadecer de quien padece una enfermedad en el alma o lleva ya en sí la muerte para la vida eterna?
La Iglesia es misericordiosa «cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de la que es depositaria y dispensadora». Especialmente, «en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o reconciliación. La Eucaristía nos acerca siempre a aquel amor que es más fuerte que la muerte». Y es el sacramento de la Penitencia «el que allana el camino a cada uno, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado».
Jesús pasa de nuevo por nuestras calles y ciudades y se compadece de tantos males como padece esta humanidad doliente; sobre todo se compadece de los hombres que cargan con el único mal absoluto que existe, el pecado. A todos nos dice: Venid a Mí… Nos invita a cada uno para quitarnos el pesado fardo del pecado. Ejerce su misericordia sanando y aliviándonos del lastre más pesado, principalmente en la Confesión sacramental, uno de los misterios más gozosos de la misericordia divina. Cuando instituyó este sacramento tenía puestos sus ojos llenos de bondad en cada uno de los que habíamos de venir después, en nuestro errores, en las flaquezas, en las ocasiones en que quizá nos íbamos a mantener alejados de la Casa del Padre. Es éste también el sacramento de la paciencia divina, el sacramento de nuestro Padre Dios avistando cada día a las puertas de la eternidad el regreso de los hijos que se marcharon.
Examinemos hoy nosotros cómo apreciamos este sacramento que Cristo instituyó con tanto amor para dar la Vida si se hubiera muerto por el pecado mortal y para fortalecernos si estuviéramos débiles o enfermos por las faltas y pecados veniales.